♦ Le he pedido a mi amigo Tito Narosky que nos diera la posibilidad de contar con un escrito suyo en este sitio, que quiere mostrar las maravillas naturales del noroeste argentino. No quería presentar esta iniciativa a los entusiastas de la vida salvaje sin contar con su pluma, llena de conocimientos y sensibilidad. La respuesta de Tito no se hizo esperar. A continuación va la misma, y luego el relato de una aventura suya en tierras norteñas. Les recomiendo, amigos lectores, apagar el celular y, café o mate cebado en mano, leer lo que sigue: “Aluvión” es una historia real, que impresiona y conmueve.

♦ Elio Daniel Rodríguez

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♦ Amigo Daniel: Hace ya mucho tiempo que he dejado de hacer notas periodísticas. El tiempo de que dispongo prefiero utilizarlo para obras de largo aliento y no sabría bien el porqué. Diferente es que el pedido provenga de un amigo. Negarse es más arduo. Por eso pensé en algo ya hecho y olvidado pero que muy pronto rehabilitaré en un nuevo libro “Mis cuentos de naturaleza (humana)”. De él extraigo este largo relato verídico acaecido entre Jujuy y Salta, por si te sirve. Abrazos. 

♦ Tito

Tito Narosky. Ilustración: Elio Daniel Rodríguez

♦ ALUVIÓN

♦Texto. Tito Narosky

♦ Ilustración: Elio Daniel Rodríguez

♦ Desde Uquía, donde estábamos alojados en un lujoso hospital sin estrenar, hasta Humahuaca, hay apenas 12 kilómetros que recorrimos bajo un techo salpicado de luciérnagas: el cielo de la Quebrada, otro motivo de dicha en la altura. Tras unos días en la zona, los malestares de la puna eran solo recuerdo. A las 6 de la mañana, mucho antes de que aparecieran por los cerros del este los primeros resplandores, mi Falcon se detuvo para recoger a Rafael. El equipo estaba completo: Juan Carlos Chebez, de 16 años, Javier Beltrán, de 18 -ambos entusiastas y agradables compañeros- y Rafael Cummins, joven médico cuya vocación de servicio lo había llevado a la lejana mina Pirquitas y luego a Humahuaca, lugares que lo acercaban a ese mundo fresco, natural y espontáneo, que necesitaba para vivir de acuerdo con sus principios. De figura atlética, rostro agradable y simpatía natural, se había ganado el afecto de cuantos lo conocían. Sus hazañas eran comentadas con entusiasmo. Desde recorrer el camino de Santiago del Estero a Humahuaca en bicicleta o bucear bajo el hielo de la altoandina laguna de Pululos, escalar cerros o hacer caminatas increíbles para ayudar al prójimo o a sí mismo a comprender lo incomprensible, nada lo había acobardado. Admiraba la naturaleza tratando de develar algunos de sus misterios, siempre que sus descubrimientos no perturbasen el hálito de poesía que debía rodear ese mundo.

Entre los cerros, a 4000 metros, con el aire enrarecido y la soledad casi palpable, cambia la medida de las cosas. Tal vez, el intento de explicarlo choque con barreras infranqueables en la ciudad, entre elegantes celdas de vidrio, hierro y cemento, donde nada hay más arriba del hombre. El hombre es su propia deidad, y no halla oposición; es dueño y señor del mundo y de los actos que se suceden en él. Aquí, donde nos apiñamos para contagiarnos calor y conceptos filosóficos, es probable que así sea, pero la puna está vacía de hombres. Ese extraño mono que camina erecto y se abriga con pieles ajenas, es una circunstancial parte del paisaje, como podrían serlo la chinchilla o la vicuña. El pensamiento se modifica y se agranda mientras su portador se empequeñece. En esa pampa sin cultivo surgen otros valores, más primitivos, más auténticos. Uno se siente cerca del cardón, de la piedra y del indio, antiguo poblador de esas vastedades. Mientras el paisaje se apodera del hombre, minimizándolo, este se apropia del paisaje para incorporarlo al espíritu. Y ya no son ajenos ni el vuelo del jilguero ni el canto del arroyo. Todo esto es lo que Rafael Cummins, un sacerdote frustrado para la Iglesia, pero un misionero ganado para el mundo, ha descubierto en sus montañas, en su bicicleta y en su andar, ya que cada colla le trae el mensaje secreto de la Pachamama, que solo en comunión verdadera con la naturaleza se puede descifrar.

El automóvil hacía de puente, pero, a medida que nos lanzábamos hacia el noreste, trepando los cerros y la soledad, se hacía más pequeño hasta semejar un punto que se desliza, conduciendo en su interior cuatro microorganismos, personajes invisibles. La sensación puede hacerse abrumadora o elevar en un vuelo por sobre la cotidianeidad.

Las luces encendidas a millones de kilómetros por el alba, se reflejaban moradas sobre el cerro Morado. El camino hasta Iturbe no ofreció alternativas, pero el río homónimo planteó la primera. ¿Podría el Falcon transformarse en navío y atravesar la correntada? La lógica, que todavía campeaba en los expedicionarios, señaló un sitio donde la observación de pájaros reduciría a minutos las horas de espera. Allí, cada piedra del pedregal poseía una tela y cada tela, una araña azabache con un bonito dibujo rojo: la temible viuda negra, pequeña asesina a sueldo del infierno. Mientras nos complacíamos en molestar a las holgazanas arañas, el río reducía su ímpetu. Pero Javier, Juan Carlos y Rafael debieron sumarse a los caballos del coche. Después, la subida al Abra Colorada, mientras el médico reemplazaba a Vialidad Provincial en la reparación del camino. Arriba, donde no era posible ascender más, varias perdices con cuello rayado y vientre rojizo cruzaron sin premura mientras sobre el cielo, rodeando al Morado, la majestuosidad negra de los cóndores se sostenía en el aire con su mágico cordel.

El destino era Iruya, a 80 kilómetros de Humahuaca por senderos de cornisa apenas trazados, apenas cuidados, apenas transitables. Y cuando ya alcanzábamos la recta final apareció el elusivo picaflor gigante, más parecido a una golondrina de pico largo que a un delicado colibrí. Verdadera fiesta para espíritus impregnados de paisaje, enriquecidos por gracia de la vida.

Javier y Juan Carlos, “pigafetas” de la expedición, llenaban las páginas del cuaderno de bitácora con frases, dibujos y admiración. El bullicio de la urbe no era siquiera recuerdo. La esencia del existir parecía puesta en el vuelo del águila o en el colorido dorsal de la lagartija.

Hubo que dejar el automóvil cerca del túnel donde concluye el camino. Desde allí hasta Iruya hay tres kilómetros trepando paredes de cerro y vadeando trechos de río. A la distancia, la iglesia, y frente a ella una vereda de cemento con paredón bajo, que en ese poblado de 120 habitantes llaman “la plaza”. En 10 horas habíamos cubierto la distancia entre el punto de partida en Jujuy y la población, cabeza de departamento, en la provincia de Salta. Aunque el camino no es fácil, tal vez constituya un nuevo récord. Sofía, secretaria del intendente-almacenero, contrastaba con este por su dinamismo y simpatía. La joven preparó una mesa con sus posibilidades y las nuestras, para que los expedicionarios saciaran su apetito.

La vida en Iruya, un pueblo hispano-indígena con un par de siglos de antigüedad pero mucho más de tradición, incontaminado y ajeno a las rutas turísticas, iba descubriendo sus encantos en la gracia de Sofía, ciudadana autodesterrada en la búsqueda de equilibrio, de ese equilibrio que pareciera poseer la población, pese a los muchos tragos de chicha que venía sorbiendo, desde el comienzo del carnaval. Las coplas, acompañadas de caja, erquencho y libaciones, eran el marco permanente de las casas sin puerta. A ellas entraban con su triste letanía, como un quejido de la “madre tierra” que preanunciaba, entre sollozos, el fin de la raza, diezmada por las enfermedades, la subalimentación, el trabajo en los ingenios y la ignominia del alcohol. La música lánguida, entonada por el corazón de ese pueblo triste que quería aparecer alegre, los bailes extraños para extraños como nosotros; ocultos en las casas para que la fiesta quedase en la intimidad, y el bambolearse de los “machados”, que no por ello abandonaban su ininterrumpido carnavaleo, transformaron nuestra estada en Iruya en un viaje por el tiempo.

El reloj, porteño por antonomasia, limitó nuestro placer. A las seis de la tarde, cuando las nubes se mostraban todavía indecisas, nos despedimos de Sofía prometiéndonos volver algún día para redescubrir ese pueblo, todavía anclado en la colonia. Cruzamos la plaza frente a la iglesia y bajamos al río para iniciar el camino de retorno.

El automóvil había quedado detrás del túnel. Subidas, bajadas y cruces de corrientes de agua, no muy profundas, amenizaban el recorrido. Los nubarrones, detenidos por los alrededores, echaban sombra a la tarde que desaparecía. De vez en cuando algún resplandor eléctrico mostraba la tensión del cielo. Una calma demasiado activa lo invadía todo. Rafael levantó la cabeza y le pedí que utilizara sus antecedentes de seminarista, mientras yo buscaba dialogar con la Pachamama. Necesitábamos apoyo máximo si es que queríamos detener la tormenta. Javier y Juan Carlos, conversando animada y despreocupadamente, no se daban cuenta de que las aves se habían ocultado, esperando lo que todavía creíamos que podría no suceder.

Las primeras gotas nos hallaron aún lejos.

Pasado por agua me senté al volante y consulté a Cummins si sería prudente ascender a la peligrosa cuesta, en la oscuridad y con el camino resbaladizo. La consigna fue avanzar mientras se pudiera. Cuanto más arriba, menor el riesgo. Pero la lluvia se convirtió en diluvio, con un granizo que golpeaba enardecido. Avanzamos casi sin avanzar. La visibilidad no era mucho mayor que cero. En medio de la granizada, una piedra del cerro, pequeña por suerte, golpeó el parabrisas.

Conducía con inseguridad. Habíamos andado unos dos kilómetros, cuando mi experto amigo indicó un lugar seguro para ubicar el vehículo. Él dirigía la maniobra. Para mí, eran lo mismo camino, cerro o precipicio. Retrocedí en dirección al vacío hasta quedar fuera del sendero limoso, en una pequeña elevación.

Sin alcanzar a detener la marcha oímos un estrépito parecido al de un avión a baja altura, que invadía la solitaria comarca. La naturaleza enardecida estaba a punto de estallar. Frente a nosotros, se desarrollaba la escena más extraña que haya presenciado en mis largas andanzas de naturalista. Era como el principio de los tiempos o tal vez el apocalipsis. Los cerros, de constitución aluvional, se desplomaban en una catarata líquida de barro y piedras, arrastrando en su furia cuanto se les opusiera. Trémulos y admirados bajamos del automóvil. Nada podíamos hacer. Solo vivir intensamente ese instante catastrófico que arrasaba todo con saña asesina. La Pachamama demostraba su enojo y poder.

En la soledad de un camino sin huella, con aquel anticipado terciopelo en el cielo, entre el estrépito ensordecedor de los elementos, cuatro pequeñas criaturas, con un ridículo aparato de metal sobre ruedas, eran la cabal prueba de la insignificancia del hombre frente a los designios de la naturaleza. El aluvión, como una masa que todo lo derriba, cruzó a pasos de nosotros, pero no quiso encontrarnos en su camino. Simplemente no quiso.

En unos instantes, logrado su propósito destructor, la tormenta se alejó. Antes de cerrarse por completo la noche, los pájaros salieron de sus escondrijos para evaluar las pérdidas sufridas. Muchos nidos y pichones quedaron sepultados bajo el alud. Los arbustos habían sido arrancados de cuajo. Miles de toneladas de lodo y piedras desplazados, rompieron, taparon y hundieron, aquí y allá. Todo debía recomenzar.

Todavía con las pupilas dilatadas de admiración, con el corazón henchido de gozo al habérsenos permitido participar en un fenómeno semejante y estar con vida, hicimos un análisis de la situación. Por el momento convenía ahorrar energías. La temperatura había bajado 10 o 15 grados en una hora y seguía descendiendo. Encerrarse en el coche era lo único posible. Las revistas, deshojadas, sirvieron para cubrir nuestros húmedos pies dentro de las botas. Castigados por la helada, comenzamos el intento de pasar la noche. Rafael y yo estábamos de muy buen ánimo y los chicos necesitaban esa fe. Cambiamos algunas bromas, encendimos la calefacción sin ningún resultado pues el motor estaba frío, y nos amodorramos a medias. La noche, cortada por tramos de vigilia, pasó como una ráfaga de nieve.

El plan de emergencia sugerido por Cummins incluía, para él, el papel más sacrificado: lanzarse a pie, atravesando los cerros, hacia Humahuaca, distante 79 kilómetros por el camino de cornisa. La intención era obtener cabalgaduras en Chaupi Rodeo. Si no lo lograba, aún quedaría Iturbe, a 20 kilómetros del punto final, donde con bastante probabilidad conseguiría un vehículo.

Varias motivaciones movían a Rafael a intentar ese raid, a casi 4000 metros de altura, entre aluviones que habían invadido de lodo grandes zonas del sendero, cortándolo en muchos puntos, sin provisiones, agua ni caballos y tras una noche de incomodidad y frío. El hombre de familia procuraba llevar tranquilidad a su esposa y a su pequeña. También obraba el deber frente a su hospital y sus enfermos. Además existía otro problema que convirtió aquella apacible jornada en un poblado colla, en el día más largo que recuerde.


Javier ya había empezado a inquietarse la noche anterior. Su diabetes juvenil exigía una diaria dosis de insulina que él mismo se aplicaba sin inconvenientes. Hasta ese día al menos, porque su maletín con todos los elementos que incluían el indispensable medicamento, había quedado a buen recaudo en Humahuaca, casi 80 kilómetros al oeste. La idea había sido regresar en el día, de modo que no se consideró necesaria la precaución. El drama recién se iniciaba.

Rafael recomendó caminar hasta Iruya, de la que nos habíamos alejado unos kilómetros, y verificar la existencia de insulina en el puesto sanitario. Dejamos allí el inútil automóvil, quizá para siempre, y emprendimos la marcha.

Sofía nos vio llegar con sorpresa y alegría. Nuestra presencia modificaba la rutina de una joven que debía vegetar obligatoriamente, si aspiraba a la paz del aislamiento, pero no lograba armonizar sus inquietudes con el medio. De inmediato se inició el operativo. El hospitalito se conmovió a instancias de la decidida secretaria municipal. Pero por allí nadie es diabético, o casi nadie, ya que el intendente-almacenero, aplastado por su constitución adiposa, hablaba con orgullo de su alto porcentaje glucémico, que combatía eficazmente -según él-, con un té de yuyos.

Ni él ni ninguno de los estantes guardaban nada que tuvieran relación con la insulina. El refuerzo de la enfermera de la tarde, que abandonó su actividad hogareña para sumarse a la búsqueda, no reportó beneficios adicionales. La banda, a la que a veces algún comedido no alcoholizado se incorporaba, era contraparte de las comparsas con las que de continuo se cruzaba, en ese poblado de unas pocas manzanas. Un buen director cinematográfico podía haber logrado una joya, con esa sola oposición; pero uno de nosotros no estaba para simbolismos. Su vida misma pendía de circunstancias que se presentaban inmanejables. Decididamente, tras intensas e infructuosas búsquedas, se determinó que el medicamento no existía en Iruya. ¿Qué nos quedaba? Pues algunos caminos que analizamos con mesura: intentar el regreso, buscar un reemplazo para la insulina o procurar un contacto con Rafael, médico y amigo.

Mi diálogo con el intendente para que dispusiera medidas que nos permitieran salir, no resultó más útil que haberle hablado a los aluviones para que revirtieran su dirección y volvieran las toneladas de piedra y barro a su lugar de origen.

-Quizá la semana que viene -recién era martes- intentemos formar una cuadrilla para arreglar ese camino.

-¿Cómo, una semana para juntar un grupo de hombres con pico y pala?

-Pero claro, ¿no ve que aquí todo el mundo anda machado? ¿No sabe que estamos en carnaval? Nadie trabaja.

No existiendo camino que comunique a ese pueblo con el resto del mundo, debimos pensar en la otra alternativa, algún medicamento supletorio. Para ello se requería la opinión de un médico inexistente. ¿Y si preguntásemos por radio?

El aburrido diálogo sobre sueldos atrasados o mercaderías no enviadas, que alguien le reclamaba a Salta desde los confines de esa larga e incomunicada provincia, eran cortados por una decidida voz femenina que decía: “Aquí Iruya, urgente… aquí Iruya”. Al fin, el operador salteño se conmovió y escuchamos: “Aquí Salta, hable Iruya”.

La suerte quiso que Javier hubiera salido en ese momento. Su estado anímico se deterioraba y de poco valían nuestros esfuerzos para alentarlo. En realidad, a esa hora yo conservaba todavía un alto grado de optimismo que procuré contagiar a mi compañero. Sin probar bocado y viendo cómo cada intento fallaba, Javier decaía; por eso fue providencial que no escuchase a un médico de algún pueblo remoto, que intervino en el diálogo: “Estoy escuchando a Iruya. Si no hay insulina el enfermo no tiene chance de sobrevivir”. Era otro golpe a mi aparente calma. Quedaba la última posibilidad: enviar un mensaje a Cummins a través de Salta. Probaríamos después de las tres de la tarde, cuando este aislado pueblito tuviera vía libre por el éter.

¿Qué haría Rafael mientras tanto? Había partido casi de madrugada pero la distancia era mucha. Por mejor suerte que pudiese tener, por más que cortase camino a través de los cerros sin perder el rumbo, por mayor resistencia que mostrase, la etapa hasta Chaupi Rodeo en busca de cabalgaduras, era larga en exceso. Y nosotros ignorábamos que no las había conseguido. De cualquier modo, aun con la probabilidad de hallar un vehículo en Iturbe, que tampoco obtuvo, no podía llegar a destino temprano. Si habíamos demorado diez horas viajando en automóvil, ¿qué posibilidad había de que recibiera el mensaje y regresara en ese mismo día?

El almuerzo se desarrolló en silencio, con un observador de ojos humedecidos y nervios crispados. ¡No era para menos!

Sofía actuaba de maternal anfitriona. Mientras esperábamos el horario de la comunicación fuimos hasta la plaza. Juan Carlos y Javier conversaban más animados cerca de la iglesia. Eso indujo a la muchacha a invitarme hasta una humilde casa de adobe -como todas- donde se carnavaleaba. El aroma dulzón de la chicha invadía la calle junto con el lamento cadencioso de la copla, que un borracho solitario acompañaba rítmicamente con la caja y el erquencho a un tiempo. Los hombres, incapaces de sostenerse en pie, estaban sentados en el patio descubierto, y dentro de la habitación en semipenumbra, una hilera de viejas ataviadas con colorido ropaje se contorsionaba al son de la música. El espectáculo era para ellos, no para exhibir, y me produjo cierto pudor, cual si cometiese una irreverencia al participar como espía en la ceremonia de un mundo al cual no pertenecía. La joven bebió lo que le ofrecieron. Creo que hubiera sido muy enojosa la situación si me hubiese negado a ingerir la bebida, preparada tras mascar largamente el maíz. Pero no hubo convite para mí. Me sentí realmente incómodo, y cuando uno de los hombres me señaló, murmurando con voz aguardentosa algo referente al “porteño”, Sofía me tomó del brazo y partimos diligentemente.

El mensaje a Cummins, vía Salta, Jujuy, policía de Humahuaca y hospital, tenía pocas probabilidades de llegar sano y salvo a destino. Cualquier distorsión cambiaría el curso de los acontecimientos. Además, si se recibía un radio diciendo: “Iruya no tiene insulina”, el director se hubiese encogido de hombros. Solo para Rafael la frase tenía sentido.

Las horas parecían inacabables. Ni la disposición de Sofía, ni mis veleidades pseudopsicológicas lograban paliar la desazón de Javier. Su vida estaba en tangible peligro. El médico de la familia le había recomendado no saltear jamás la dosis. La probabilidad de subsistir sin ella era mínima y él lo sabía. El ayuno resultaba por el momento el único paliativo. De vez en cuando, en busca de apoyo, me consultaba: “¿Te parece que Rafael va a poder llegar a Humahuaca y volver?”. Su angustiada mirada esperaba mi seguridad. “¡Pero claro, qué duda cabe! Cummins sabe lo que sucede gracias al mensaje y regresará”. Pero mi propio optimismo iba flaqueando.

La tarde comenzó a alejarse junto con el sol, mientras las sombras avanzaban desde el este. El anochecer suele acompañarse con tormenta en esas latitudes. Miraba el cielo con disimulo. Por entonces la tensión de Javier comenzó a hacer crisis, y yo tuve, por primera vez, la visión de mi presencia, ante los padres del muchacho, explicándoles lo inexplicable. Entregándole mis condolencias en lugar del hijo querido.

Eran casi las ocho y media. El poblado ya no tenía fuerza para la danza. Todo se había aquietado cuando, en la oscuridad de una noche encapotada, avanzamos como tres fantasmas capitaneados por la muchacha.

La cena, que se preparó en instantes, fue nada más que una obligada ceremonia para ocupar tiempo. Ya se escuchaba el resonar de la lluvia sobre los ranchos. Javier, aprisionado en un pueblucho moribundo, sentía el tic tac del reloj como un pequeño puñal que se le incrustaba en el cuerpo. Lejos de todo medio de defensa, inerme, infinitamente solo en la noche puneña, entregaba las últimas reservas para no sucumbir. En la puerta de la cercana comisaría, un guardia era al parecer el único ser viviente en muchas leguas a la redonda. Javier quedó pensando en lo que había dejado, en su madre, su padre, sus hermanos, en todos los que confiaban en él, que soñaban verlo un día convertido en el biólogo Javier Beltrán, volando tras sus pájaros, ascendiendo con las alas del saber. Y otra vez en la mesa, con los silenciosos compañeros, la cabeza oculta entre sus manos. El destino le había tendido una trampa mortal.

Un grito ahogó los sollozos. Un grito profundo salido al unísono de nuestras gargantas enronquecidas. Un grito que se estrelló contra la oscuridad en la que la figura esbelta, noble y valiente de Rafael Cummins, se había dibujado sobre la callejuela. Con la bicicleta en la mano, a las 9 de la noche del 28 de febrero de 1979, el modesto médico de Humahuaca, un ser heroico de esas heroicidades que jamás salen de la intimidad, traía en su mochila mojada por el cielo, el salvador medicamento.

Recién entonces, cuando todo el pueblo dormía, nosotros pudimos festejar nuestro carnaval.

 

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