Amir, el tapir

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♦ FUE PRESENTADO EL NUEVO LIBRO DE MARIANA RAPOSO

♦ El pasado 13 de octubre de 2017 se presentó en la ciudad de Salta el nuevo libro de Mariana Raposo, “Amir, el tapir”. La obra está destinada al público infantil y forma parte de la colección “Amar lo nuestro” que también integra la publicación “Nina, la flamenco andina”. En la oportunidad, Elio Daniel Rodríguez, creador y director de NOROESTE SALVAJE, estuvo a cargo de la presentación en sociedad de este libro, que ayuda a crear conciencia acerca de la necesidad de proteger una especie valiosa, hermosa y emblemática de nuestra naturaleza norteña.

Sobre “Amir, el tapir”

Amir  es  un  macho  de  la  especie  TAPIR  SUDAMERICANO (Tapirus  terrestris), que,  a  través  de  sus  relatos,  irá  haciendo  conocer  al  lector  la  vida  de  esta  especie  (características,  hábitats,  dieta,  reproducción,  amenazas,  etc.).  Está  dirigido  al público infantil,  para  que los chicos se  familiaricen de manera divertida y desde pequeños con este  maravilloso animal, que habita nuestro territorio y que muchas veces  es desconocido hasta por los adultos.

El  tapir  es  considerado  una  especie  clave  para  los  ambiente en los que habita,  ya que, por  el  importante  papel  que desempeña en  el  funcionamiento  y la estructura  de  los  ecosistemas, actúa  como  “arquitecto  o  jardinero  de  los  paisajes  naturales”  ,  especialmente  al servir como  agente  dispersor de semillas de hierbas, arbustos y árboles.

Esta especie figura en el Apéndice II de la Convención Internacional para  el Tráfico de Especies de Flora y Fauna Silvestres (CITES), por lo tanto  su  comercio  internacional  no  está  permitido.  Es  catalogada  por  la  unión internacional para la conservación de la naturaleza (UICN) como  “vulnerable” y en Argentina es considerada una especie  “en peligro”, siendo las mayores amenazas que sufre la reducción, fragmentación y empobrecimiento del hábitat, y la cacería.  En  la  provincia  de  Salta  fue  declarada  “Monumento  Natural Provincial”.

A este tapir le gustaba que Elio Daniel Rodríguez le rascara el cuello. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Palabras de Elio Daniel Rodríguez en la presentación de “Amir, el tapir”

Comencé juntando renacuajos y llevándolos a escondidas al techo de mi casa cuando tenía, supongo, unos ocho años, y desde entonces no paré. Claro que ya desde antes incluso me fascinaba la naturaleza, pero mi contacto con ella se reducía a contemplarla, permanecer “encantado” por un rato y llenarme de cadillos cada vez que podía, persiguiendo el canto de algún pájaro. Esto, podemos estar de acuerdo, no es algo muy trascendental porque verdaderamente creo que deben ser pocos los niños de corta edad que no están interesados en la naturaleza. Si, puede ser que eso sea más difícil hoy de creer, pero fervientemente considero que si a un niño de corta edad le damos a elegir entre quedarse en su casa a manipular aparatitos o salir de excursión a la laguna más cercana, en un alto porcentaje de los casos elegirá lo segundo. El problema es que no les estamos dando oportunidad. No les mostramos la naturaleza y cuando lo hacemos nos equivocamos. Yo mismo he incurrido en muchos errores en esta cuestión.

Preferimos tenerlos quietos, seguros, escondidos del mundo real y expuestos a los mil peligros del mundo virtual. No queremos que se ensucien con barro porque eso va a hacer que el piso de la casa se estropee un momento, y no queremos que recorran el campo porque se pueden pinchar con alguna espina. No queremos que se suban a los árboles porque se pueden caer y a veces ni queremos acompañarlos al río porque, mojados, se pueden resfriar. En vez de aprovechar algunos maravillosos programas sobre fauna, de la TV, preferimos ver con ellos otras cosas, llenándonos la vida de noticias que no necesitamos o, lo que es peor, de insignificantes detalles de la vida privada de supuestas estrellas. 

Pero hay un problema. Somos parte de la naturaleza y estamos alejando a nuestros hijos de ella. Eso tiene consecuencias. En su libro “El Último Niño en los Bosques” Richard Louv llamó a este fenómeno de carencia de contacto con la vida salvaje, “trastorno por déficit de naturaleza”. Millones de niños pasan más tiempo mirando televisión y jugando en soledad frente a monitores de computadoras que haciendo actividad física en espacios abiertos, y esto tiene, desde la óptica de Louv un impacto directo en su salud. De hecho, él relaciona esta circunstancia  con el aumento de los casos de obesidad infantil, trastornos de atención y depresión.

Si este fenómeno tiene efectos adversos sobre los niños también los tiene sobre la naturaleza. Si los niños no conocen y, por tanto, no disfrutan de la naturaleza, para qué desearían protegerla cuando se conviertan en adultos.

Si no se disfrutó alguna vez del canto de los pájaros, si no se subió al maravilloso misterio de la copa de un árbol, si no se adivinaron formas en las nubes, si no dormimos nunca en nuestra vida a la intemperie y escuchamos los fantásticos latidos de la noche, por qué tendríamos que gastar tiempo o dinero en cuidar cosas como esas.

Estamos transmitiendo a nuestros niños solo la idea de compasión para cuidar de las especies, y eso no está mal. Pero tenemos el deber de demostrarles que, además de depositaria de nuestra compasión, la naturaleza es también grandiosa, que es bella, y que es trascendental. Que va más allá de nuestras cortas existencias. Que vale la pena protegerla para que otros en el futuro puedan disfrutarla. Porque, ¿saben?: también es “divertida”.

Ese es el valor del libro de Mariana Raposo. Creo que ella un día se reveló. Como lo hice yo y tantos otros hace muchos años. Me imagino que pensó: “Vamos  a mostrarles a las personas y sobre todo a los niños, que nuestros animales son fantásticos, que merecen ser conocidos y desde luego cuidados”. Dejo el “paper” científico y se metió en el barro del tratar de convencer a otros de lo que ella quiere. De nada nos sirve predicar en las catedrales. Si les hablamos de la necesidad de preservar el mundo a gente que ya está convencida de ello, estamos perdiendo el tiempo. Para decirlo de alguna manera: debemos pelear detrás de las líneas enemigas. Y por supuesto en el campo en el que pelea Mariana, tratando de devolver a los niños una imagen de la naturaleza que se les ha quitado, que se nos ha quitado a todos. Gracias Mariana por tu contribución.

 

 

 

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