Aves de mi barrio y de mi jardín

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♦ UN MUNDO MARAVILLOSO Y CERCANO

♦ A cualquier ser humano lo bastante atento le es dado el placer de observar la vida salvaje. Sólo es  necesario algo de sensibilidad hacia las cosas de la naturaleza y, tal vez, un poco de paciencia. Incluso en el fondo de nuestra propia casa o en la plaza del barrio en que vivimos podemos ser partícipes del ir y venir de los animales y del ciclo vital de las plantas.

A veces llegan hasta mi barrio hermosos cardenales comunes, Paroaria coronata, como el de la fotografía, a comer el maíz molido que le arroja una vecina amiga de los pájaros. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ Vivo en una casa con jardín, al pie de las serranías del este de la ciudad de Salta, integrantes de un sistema mayor, como lo es la sierra de Mojotoro. Ellas pertenecen, desde el punto de vista de su biogeografía al Chaco Serrano, una extensa área que fue asumida por los especialistas como componente de una región mayor, el Chaco Seco. De alguna manera, eso ya nos está hablando de la  variedad de aves que pueden llegar hasta mí, pero a veces, les confieso, tengo algunas pequeñas sorpresas.

Cierta vez, por ejemplo, cuando trascurría la primera quincena de un mes de octubre, estaba yo almorzando cuando vi que unas aves, con alas notoriamente amplias, planeaban a la distancia, perdiéndose tras un lapacho que mostraba sus ramas cargadas de largas vainas.  Me quedé un momento pensando en qué “cosa” podía haber sido eso, pero, cuando estaba a punto de renunciar a encontrar una respuesta, un magnífico milano tijereta, Elanoides forficatus, paso volando, justo arriba de mi jardín. Salí apresurado a contemplar la escena y, junto a mi familia, descubrimos que no se trataba de un solo ejemplar de la especie sino de cinco individuos, cazando parsimoniosos mientras volaban describiendo amplios círculos, elegantes, sobre  un cielo gris.

En vuelo sublime, un milano tijereta, Elanoides forficatus, pasa sobre mi jardín. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Los milanos tijereta son aves sumamente atractivas para el observador y enamorado de las aves. Su plumaje es blanco y negro, tienen alas largas y terminadas en punta,  y una larga cola ahorquillada de la que se deriva su denominación común.  ¿Se imaginan? Sobre mi jardín volaban a baja altura estas aves rapaces que cuentan aproximadamente con 1,30 m de envergadura, en un vuelo grácil, cazando insectos, y desplazándose, mientras lo hacían, con rumbo sur. Todo un espectáculo para la vista y el alma.

Pero estas aves no son las únicas que pueden verse, por supuesto, desde mi hogar o en cercanías de este. A mi jardín también llegan habitualmente, por ejemplo, las curiosas y confiadas monteritas cabeza negra, Poospiza melanoleuca.  Son aves simpáticas e inquietas, que generalmente pueden ser vistas en parejas o muy a menudo en grupos y que no tienen ningún reparo en acercarse a las viviendas adentrándose en los jardines a la búsqueda de comida.  Siempre van emitiendo cortas y muy audibles voces de contacto.

Una de las aves que frecuentan las viviendas de las personas es el chingolo, Zonotrichia capensis. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

El chingolo, Zonotrichia capensis, frecuenta también el ámbito urbano que se encuentra próximo a sus áreas naturales de distribución. Ya lo dijo con bellas palabras el poeta Leopoldo Lugones, que escribió que  “cuando el campo está más solo y la casa en paz, abierta, aparece por la puerta, muy sí señor, el chingolo”. Obviamente, el que los miembros de esta especie sean tan comunes, no los priva de la belleza que les otorga, por ejemplo, su collar color ladrillo y su cabeza gris con líneas negras que se extienden desde el pico hasta la nuca, además de un semicopete que le otorga un aspecto particular. Es una de las aves que gozan en nuestro país de más cariño y simpatía, sin dudas por la confianza que dispensa hacia el ser humano y por alegrarnos con su canto. Moviéndose a saltitos puede confundirse, para quien no presta demasiada atención, con un gorrión, pero, como asegura Carlos Vigil –además de las diferencias en coloración –, es menos audaz, atrevido y peleador.

El pepitero de collar, Saltator aurantiirostris, suele encaramarse en una rama no tan expuesta de un árbol cercano a deleitarnos con su frescas y alegres notas. Es, ciertamente, un ave hermosa, cuyo macho  se destaca por su pico de un naranja intenso, su cara y collar negros, y su larga ceja detrás del ojo, de color blanco al igual que su garganta.

En la base de un rosal esta charrasca, Troglodytes aedon, busca insectos para comer. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

La charrasca, como la llamamos en Salta, ratona común en las guías de aves, y Troglodytes aedon para los expertos en ornitología, es un ave que ha encontrado en las viviendas humanas algo amigables con la naturaleza un entorno muy ameno para desarrollar su vida, encontrar alimento y hasta criar a su descendencia, lo que siempre hace en un sitio que le ofrezca algo de reparo contra los intrusos y las inclemencias, en algún rincón apartado u olvidado.  Siempre se la ve recorriendo ágilmente los rincones más pequeños a la búsqueda de invertebrados, de los cuales se alimenta. Todo sitio es revisado por esta experta cazadora de pequeñas presas, y  habitualmente se la puede escuchar entonando su canto fuerte y agradable.

El hornero, Furnarius rufus, por supuesto, es un amigo alado infaltable en los lugares en que puede conseguir alimento y materiales para la construcción de su nido. Con su paso señorial y sus colores sencillos, esta ave conocida por todos ha sido designada como “ave de la patria”. La historia se remonta al año 1928, cuando el diario La Razón realizó una encuesta entre alumnos de escuelas primarias para consultarles acerca de a qué especie preferirían distinguir con “título” tan importante. Y el elegido fue el Hornero. A pesar de todo, a veces no son fáciles las cosas para esta querida especie, y cierta vez me encontré con la tan lamentable imagen de un nido dañado sin remedio por una piedra arrojada seguramente por algún desaprensivo en la plaza de la zona en la que vivo. La pareja, tal vez confiando todavía en las personas, volvió a su trabajo y en poco tiempo, obviamente que no sin esfuerzo, levantó otro hogar, pero los desalmados volvieron a la carga y a este nido directamente lo voltearon de la rama en la que se encontraba; prueba fehaciente de cuánto, a veces, nos falta en educación y sensibilidad, y nos sobra en altanería e ignorancia.

Recuerdo que una mañana, saliendo al amanecer para llevar a mis hijos a la escuela, me quedé contemplando un grupo de pavas de monte, Penelope obscura, que, bullangueras, comían los frutos de la morera de una vecina. Afortunadamente esta ave no sufre tanta persecución cinegética como hace tan sólo unas décadas atrás y hoy por hoy es muy posible, sobre todo en las tempranas horas de la mañana, avistarla en muchos sitios de las serranías del este, e incluso, como queda demostrado con mi avistaje, en ciertos sitios y jardines amplios de viviendas no muy alejadas de sus áreas de vida, no tanto dentro de la misma ciudad, pero sí, por lo menos, en sus lindes.

Los tordos músicos, Agelaioides badius, con su tono pardusco dominante, las alas rufas y el lorum, es decir el espacio entre el pico y los ojos, negruzco, se mueven en bandadas, pero su presencia se hace notoria en mi barrio fundamentalmente al atardecer, cuando sobre todo suelen dar rienda suelta a sus instintos musicales, interpretando a  “toda orquesta” sus magníficos cantos, muy variados, que llenan de sonidos preciosos el vecindario.

No muy lejos de mi casa, en el canal de calle Yrigoyen  pude fotografiar hace algún tiempo atrás una viudita de río, Sayornis nigricans, que bajo el puente de calle Acevedo tenía su hogar. En realidad se trata de un ave insectívora fundamentalmente asociada a los ríos y arroyos que bajan de las montañas en la ecorregión de las selvas, por lo que me extraño encontrarla en este sitio.

Allí mismo, no es imposible hallar a veces, alguna garcita blanca, Egretta thula, vadeando en las aguas impuras y siempre bajas del canal.

La monterita cabeza negra, Poospiza melanoleuca es otra de las aves que llegan hata las viviendas de los seres humanos. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

El picaflor comúnChlorostilbon aureoventris, llega a mi jardín para darse el gusto con las “salvias” y las flores del “farolito”, o a refrescarse, las veces que coloco el regador de la manguera; los infaltables gorriones, Passer domesticus, simpáticos, desconfiados y oportunistas, encuentran miguitas allí donde sólo se ve piso desnudo y roban los pelos, que mi  perro Ameghino desprende con el cambio de estación, para hacer más confortables sus nidos; el  benteveo, Pitangus sulphuratus, se lleva algunas bolitas del alimento del can de la casa y es muy característico el sonido que produce al tratar de romperlas golpeándolas en el caño del agua que llega hasta el tanque. Las palomas domésticas, Columba livia, y las torcazas comunes, Zenaida auriculata, se reúnen en gran número agradecidas de la generosidad de una vecina que arroja especialmente para ellas maíz molido prácticamente todos los días, lo que a veces aprovechan también los hermosos cardenales comunes, Paroaria coronata, que ocasionalmente incursionan por el barrio.

Por eso, viva dónde viva, si está atento y cuenta con algo de tiempo, dispóngase a contemplar las aves que frecuentan su jardín y su barrio. Tendrá agradables sorpresas y creo que podría sentirse incluso más alegre, sabiéndose acompañado por el canto, los colores, y el peculiar modo de vivir de muchas aves, seres siempre particulares y maravillosos.

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