¿Cómo nace un naturalista?

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♦ UN DIÁLOGO ENTRE TITO NAROSKY Y ELIO DANIEL RODRÍGUEZ (Parte 1)

♦ A partir de ahora invitamos a los lectores de Noroeste Salvaje a acompañarnos en esta aventura de descubrimiento asomándonos regularmente a la reflexión sobre temas que pueden formar parte de las inquietudes de quienes se acercan a la vida salvaje por placer o por estudio, y de cuestiones que guardan relación directa con su conservación en el tiempo, amenazada por el accionar de la humanidad. Esperamos que disfruten este dialogo entre dos amigos, Tito Narosky y Elio Daniel Rodríguez.

♦ 27 – 07 – 2019

♦ (Elio Daniel Rodríguez) Querido amigo Tito:

Quiero conversar con usted sobre algunas cosas. Me gustaría que intercambiáramos opiniones y experiencias, que, tal vez, nos permitirán acercarnos un poco más a una mejor comprensión de cómo es que suceden ciertos hechos, de dónde venimos y a dónde vamos, qué futuro les espera a los hombres y a los pájaros, a la naturaleza en su conjunto, y qué podemos hacer para corregir ciertos rumbos que no son los mejores.

Antes que cualquier otra cosa, sin embargo, me parecería interesante que charláramos un poco acerca de la vocación naturalista, de la manera en que se forja, del momento en que surge y de la forma en que los adultos podemos ayudar a los más niños a descubrirla, ¿le parece?

Escuché decir alguna vez que toda vocación es un misterio, y al pensar, al principio apenas un poco y luego en mayor profundidad sobre el asunto, no encontré objeción alguna. ¿Por qué la atracción por la naturaleza echó raíces en usted o en mí y no en otros que, como nosotros, debieron tener experiencias semejantes? ¿Por qué toda vez que me encuentro en el campo, ascendiendo la montaña o abstraído en el vuelo de una mariposa me siento indefiniblemente íntegro, total y dueño de una experiencia profunda, feliz e irrefrenable, y por qué presiento que a otros –a tantos– apenas les parecen agradables cosas como esas y  no dedicarían a ellas demasiado tiempo ni atención ni esmero? Es cierto, por supuesto, que no a todos nos placen las mismas cosas; esa es una verdad de Perogrullo. Pero seguramente quedará para nosotros en la órbita de los misterios insondables el que a unos les resulte apasionante sumergirse en la naturaleza y que para otros sea más agradable una carrera de autos o sentarse a jugar a los naipes.

¿Toda vocación es un misterio? Creo que en gran medida esto es cierto, pero seguramente con una aclaración especial. Pienso que para que el misterio que es toda vocación se manifieste necesita su oportunidad, su caldo de cultivo, la cuna que lo vea nacer. Es decir que, aunque me parece que a pesar de todo, se haga lo que se haga, se eduque como se eduque y se oriente como se oriente no necesariamente todas las personas desarrollarán las mismas vocaciones, si no existe el mínimo aliento en conocer determinado camino, el casual o buscado encuentro con alguna cosa que produzca una marca o la conversación inspiradora con el maestro que nos permita la entrada a ciertos mundos, difícilmente en alguno podrá aflorar el cariño por algo; porque me imagino que no obligatoriamente se quiere lo que se conoce, pero también intuyo que si no se conoce, definitivamente nunca se querrá.

Considero que lo anterior nos lleva a una próxima pregunta: ¿estamos haciendo como sociedad, como padres, como sistema educativo, el esfuerzo razonable para que los más niños se acerquen a la magia del mundo natural, dándoles así la oportunidad de descubrir su vocación naturalista? Es penoso saber que muchos chicos, en algunas grandes ciudades,  en toda su infancia tal vez  no hayan recorrido un rincón de naturaleza que pueda ofrecerles la posibilidad de abrir algunas puertas de su sensibilidad a las maravillas de lo salvaje.

Hace poco tiempo atrás, dando yo una charla sobre observación de aves a alumnos de 6to grado de una escuela pública de Salta, sucedió algo simple pero relevante desde mi punto de vista. En una pequeña pausa durante la exposición un niño no aprovechó el tiempo para comprar golosinas en el quisco ni para ir al baño o revisar los mensajes de su teléfono, sino que, dirigiéndose a mí, me mostró unas fotos, que había logrado con su celular, de un pájaro carpintero en el tronco de un árbol. Muy respetuoso, me preguntó si yo podía decirle de qué especie de ave  se trataba, y ante mi respuesta y el dibujo del ave que le enseñé en una guía de campo, al niño aquel se le dibujó en la cara una sonrisa de alegría y especulo que de fascinación también. Posteriormente, al concluir la exposición, rápidamente se me acercó y me preguntó el nombre del libro del que le había mostrado el dibujo del ave fotografiada por él, porque me dijo que pensaba comprarlo. Ese libro era una edición de 1989 de su “Guía para la identificación de las aves de Argentina y Uruguay” y casi estoy seguro de que, yo con mi charla y usted y el recordado Darío Yzurieta con su guía, dimos un lindo empujón a la vocación de alguien.

Un fuerte abrazo.

Elio.

(Tito Narosky) Querido Elio:

¡El misterio de la vocación! o bien podría denominárselo, en nuestros casos, el don de percibir lo imperceptible. Una cualidad que permite gozar de un sonido, un color, un vuelo, pero que conlleva angustia por su posible desaparición. Misterio es también el que una realidad luminosa aparezca apagada para el compañero, al que se le encienden luces de neón ante una música sublime, que apenas escucho, o ante la patada triunfal del héroe nacional de turno. Descubro en esta frase que existen vocaciones diferentes para ejecutar y para sentir. Es un hallazgo menor pero valioso en el plano personal. Para mí, vivenciar y trasmitir han sido siempre caras de la misma moneda. Lo descubierto -y fue siempre en mi contacto con el mundo natural- debí contarlo a mis amigos, la gran mayoría desconocidos, a través de libros, revistas y medios audiovisuales. No descarto lo íntimamente placentero de ser el descubridor de algo -un Colón en América-, pero primó con fuerza incontenible el deseo de señalar un camino sencillo que, a mí al menos, me conducía por áreas de insospechada dicha. La ninfa descubierta en el bosque -nunca la pude fotografiar, ¿sería ilusoria?- debían conocerla también mis hermanos, específicamente hablando. Y aunque no aporté nada a la elucidación del misterio vocacional, me acerqué a un tema, que espero consideremos en nuestros próximos contactos y que es el lugar del hombre en el planeta, que se me ocurre central en todo lo que se refiera a la conservación del medio.

Pero respetando la agenda que plantea tu escrito, aportaré primero una anécdota con relación a lo que podemos hacer por los niños. En 1967, por insistencia de un amigo, di una charla sobre aves en 7º grado de una escuela privada. Antes de hacerlo, para medir el nivel de mis oyentes, pregunté qué pájaros de la zona conocían. Silencio. Ante mi insistencia, una chica levantó la mano y contestó: el ruiseñor, ave europea de la que habría leído algo quien, como la vaca de la canción de María Elena Walsh, era la única sabia.

Hace poco, de paso por Tandil, fui invitado a visitar una escuela de una línea educativa denominada «Custodios del Territorio». La maestra los impulsó: “Ustedes conocen a Tito, pregúntenle lo que deseen”. Un varoncito me interrogó: “¿Viste en el campo al Macá Tobiano?”; otro: “¿Qué guía usabas antes de escribir la tuya?” Entre medio, habían trascurrido cincuenta años, muchas charlas, libros infantiles sobre la naturaleza argentina, muchos documentales… ¿Un cambio cultural es posible? Es evidente que sí. ¿Es suficiente? Dejemos la respuesta para una próxima.

Todavía hay historias, algunas que ya he contado, que iluminan solo el origen de «mi» vocación. El por qué seguirá entre interrogantes, entre los sinuosos pliegues del inconsciente, o tal vez en las vueltas helicoidales del ADN, cuya capacidad de arrastrar tendencias parentales se halla aún en discusión. En 5º grado, con nueve años, tenía un libro de ciencias heredado de mis hermanos. En él brillaba con luz propia una lámina a doble página, con huevos de aves del mundo. Por qué esa lámina atraía magnéticamente mi mirada, cuando otros se sentían interesados por las que mostraban edificios o estatuas. Por qué la mayoría de mis compañeros ignoró lo que para mí estaba en relieve. Y cuando, niño todavía, en un pueblo de campaña descubrí el realismo de gemas que había supuesto imaginadas, sentí que, como Alicia, paseaba por el país de las maravillas. Había descubierto un universo. Los chicos del pueblo caminaban conmigo, yo volaba con los pájaros que iba descubriendo.

Todavía hay otra instancia que vincula la vocación con el destino, sin explicarlos. Tenía treinta y tres años y muchas metas cumplidas. Hogar, familia, posición económica, y una actividad lúdica en la que descollaba. Cartón lleno. Sabía acaso, cuando Roberto Kiesling -hoy cactólogo de relevancia mundial- me detuvo en la calle para invitarme a una salida naturalística, que aceptarla implicaba un brusco golpe de timón en mi ruta. Jugué con el reto sin comprender que mi vocación, oculta entre las sombras, era quien realmente estaba tomando la decisión.

Los niños son el futuro pero no se podrán apartar de las grandes reglas que pautan la conducta humana. Y que cumplimos a rajatabla porque no las cuestionamos. Toda nuestra formación se asienta en pilares inamovibles que me gustaría analizar contigo, porque hacen a la esencia del comportamiento de este mono inteligente, ante el mundo natural.

Y lo entiendo, Elio, como la suprema responsabilidad de nuestro diálogo.

Tito

 

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