Comportamientos de distracción

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♦ ¿SON SIEMPRE CREÍBLES LAS AVES?

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ 31 – 08 – 2019

♦ Aproximándome al nido del atajacaminos tijera

Yo sabía que aquel atajacaminos tijera (Hydropsalis torquata) estaba intentando engañarme. Lo había encontrado por simple casualidad, cuando me acerqué a ver un montecito algo ralo del que dos palomas, que no logré identificar, salieron volando. Entonces, un brusco batir de alas, que explotó a menos de dos metros de mis pies, me sobresaltó enormemente en medio de la total calma del paisaje, y el ave que lo produjo, al salir volando, se acercó tanto hasta mi cara que casi la roza con sus plumas. Sólo atiné a agacharme un poco mientras pasaba junto a mí, y pude ver que su vuelo era desordenado, dificultoso, como si el ave en cuestión estuviese herida o maltrecha por alguna causa desconocida. Se detuvo no muy lejos de allí, sobre la hierba, bien visible y contrastante sobre el manto verde que crecía después del invierno.

Claro, si hubiese sido yo un depredador a la búsqueda de pájaros de los qué alimentarme, tal vez hubiera pensado: “¡Qué buena suerte he tenido hoy! ¡No se sorprende todos los días a un animal en sus últimas horas, esperando la muerte a la sombre de los árboles!” Pero como no era un predador salvaje, y ya otras aves habían querido «mentirme» con anterioridad, deduje que había un nido cerca; huevos o pichones de los que el ave intentaba distraerme con su aparente estado de vulnerabilidad. Busqué detenidamente. No se trataba de una superficie muy grande, apenas unos 4 metros cuadrados con la forma aproximada de un triángulo, a la sombra de unos arbolitos bajos, y flanqueada por algunos arbustos no demasiado tupidos, que solamente dejaban libre el espacio por el que yo había ingresado; pero a pesar de que busqué con absoluta concentración no lograba dar con nada que llamara mi atención. Sabía que, sin quererlo, podía llegar a pisar el tesoro que buscaba, así es que asomándome más bien al sitio, antes que incursionar en él, observé centímetro a centímetro el terreno, y sólo daba un paso luego de estar completamente seguro de que donde asentaba mi pie no había nada para lo que un pisotón pudiera significar el fracaso de la nidada. No obstante, a pesar de todo el empeño que puse en observar el terreno, no encontré nada digno de atención y me retiré del lugar.  Regresé al cabo de una veintena de minutos, creyendo que si el ave se encontraba en el mismo sitio yo sería capaz de verla antes que levantara vuelo, pero grande fue mi sorpresa al sobresaltarme nuevamente cuando, desde el mismo punto en el que fijaba mi vista, salió volando sin que yo antes pudiera haberla descubierto.

Es que asentadas en la hojarasca, estas aves son prácticamente invisibles, y gracias al diseño de su plumaje pueden pasar completamente desapercibidas incluso para el observador más atento. Sin embargo, para entonces, de algo ya estaba seguro: ese punto exacto guardaba el nido de  un atajacaminos. Dividí el sitio en cuadrículas imaginarias de 20 x 20 cm y con la vista las fui estudiando en detalle… ¡hasta que por fin apareció lo que buscaba! En el centro de un pequeño punto donde el ave había quitado la hojarasca, conformando con ello una pequeña concavidad de unos 14 cm de diámetro, se hallaban dos huevos. Por uno de los lados, una ramita seca disimulaba su presencia y, como habría de observar después, también la del ave incubándolos. Hice mediciones, tomé algunas fotos y me alejé rápidamente.

Este atajacaminos tijera, Hydropsalis torquata, confía en su muy desarrollado poder mimético para que tanto él como el nido que cubre pasen totalmente desapercibidos; pero si un peligro se aproxima demasiado, apelará a otras herramientas. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
Este atajacaminos tijera, Hydropsalis torquata, confía en su muy desarrollado poder mimético para que tanto él como el nido que cubre pasen totalmente desapercibidos; pero si un peligro se aproxima demasiado, apelará a otras herramientas. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Cuando regresé nuevamente, ya casi estaba seguro de que sería capaz de detectar al animal incubando; me situé a cierta distancia, apunté el teleobjetivo de la cámara fotográfica y escruté la zona. Pensé que no podía ser posible: ¡nuevamente no veía nada! Pero insistí, y de tanto revisar la zona apareció, en el visor de la cámara, un pequeño ojo oscuro apenas abierto. Traté de acercarme un poco, pero el animal otra vez levantó vuelo. Me dispuse a esperar, algo apartado, para ver llegar nuevamente el ave al nido, pero no lo hizo por un largo rato y decidí alejarme de nuevo. Cuando volví, observé de lejos, pero el ave no estaba y me acerqué a intentar mejores tomas de los huevos. Y entonces, cuando estaba observando detenidamente, acuclillado, advertí que el atajacaminos se dirigía en vuelo hacía donde yo estaba. Ya a un metro y medio de mi cabeza, bruscamente cambio de dirección y se dirigió a un sendero despejado donde era fácilmente visible. Noté que el vuelo era potente, pero nuevamente se mostraba errático, dificultoso, aunque se las arreglaba para maniobrar entre la vegetación. Aunque es muy difícil, pudo haber sucedido que el ave se dirigió en vuelo hacia el lugar en el que me encontraba porque no me había visto, sorprendiéndose ante mi presencia y retrocediendo en vuelo también, pero pienso más bien que, viéndome muy cerca de su nido, trató de acercarse para distraerme y conducirme a un sitio más alejado. Me retiré del lugar momentáneamente, y cuando volví, el ave permitió que me acercara un poco más antes de salir volando.

La siguiente vez que visité el nido, los pichones ya habían nacido y el atajacaminos adulto tardó más en alejarse de su descendencia. Estaba cubriendo a sus pequeños y era un día de lluvia no muy intensa.  En esta oportunidad me acompañaba Nicolás López, un camarógrafo con el que intentamos registrar la escena. Me costó mucho esfuerzo convencer a mi ocasional colaborador, estando nosotros a sólo dos metros de la nidada, de que nuestra visita al sitio no era una broma de mal gusto y de que efectivamente delante nuestro había un ave echada en su nido. Es que gracias al extraordinario poder mimético de su plumaje ¡no la podía ver! Sólo pude persuadirlo de que allí, a pocos pasos de donde nos encontrábamos, había un ave, cuando al darle algunas referencias le pedí que tomara una foto, y en la pantalla de la cámara amplié la zona donde aparecía el ojo del animal. Alcanzamos a hacer una toma muy breve, porque intempestivamente el ave extendió sus alas a la velocidad de un destello y se fue volando, pero se alejó muchos menos metros que en anteriores ocasiones y en el lugar en que se posó desarrolló un muy bien logrado despliegue de ala rota. Al acercarnos un poco, voló nuevamente y la perdimos de vista. En el nido, los pichones esperaban inmóviles.

Un par de días más tarde regresé al lugar. Hallé nuevamente el nido, pero no sin cierta dificultad, ya que había sido desplazado unos 60 o 70 cm hacia el lado del sendero. Al ave adulta, que seguramente en ese momento cubría a los pichones, no pude verla sino hasta que voló muy cerca de mí, y nuevamente realizó un extraordinario despliegue de ala rota, a unos 15 metros del nido. Sobre la gramínea corta el animal abrió sus altas apoyándolas en el suelo, comenzó a moverse esforzadamente y mientras emitía algunos chillidos me observaba disimuladamente.  Cuando nos acercamos un poco emprendió el vuelo, pero nuevamente se posó unos diez metros más allá, otra vez sobre el pasto, y bien visible. Me fui acercando a ella; quería saber qué hacía, y ya a 25 metros del nido tal vez pensó que era suficiente y que había salvado a sus polluelos, así es que súbitamente recobró la “salud” y se fue volando, perdiéndose de mi vista. Los pichones ya se iban cubriendo de un plumaje más críptico que el plumón de sus primeras horas.

Cerca de un potencial depredador, este atajacaminos tijera, Hydropsalis torquata, con el pico abierto y agitando las alas contra el suelo, intenta llamar la atención sobre si mismo para alejar del nido lo que considera una amenaza. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
Bastante cerca de un potencial depredador, este atajacaminos tijera, Hydropsalis torquata, con el pico abierto y agitando las alas contra el suelo, intenta llamar la atención sobre si mismo para alejar del nido lo que considera una amenaza. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Comportamientos de distracción

Puede definirse a un comportamiento de distracción como una acción o conjunto de acciones  que tiene por finalidad atraer a un depredador o desviar su atención, apartándolo de este modo de algo que el animal que lleva adelante tal acción quiere proteger. Generalmente este tipo de comportamiento se ejecuta con el objeto de alejar al depredador de huevos o pichones.

Muchas aves pertenecientes a diferentes familias desarrollaron llamativos comportamientos de distracción, que desvían la atención de los depredadores, dirigiéndola hacia nidos que no existen o supuestas “presas fáciles”. Aunque este tipo de comportamientos presenta variaciones, lo más usual es que los individuos finjan estar heridos, efectuando para ello un despliegue de simulación más o menos desarrollado. Muchas especies que anidan en el suelo, como aves anátidas, caprimúlgidos y carádridos, al estar sus huevos y pichones al alcance de una amplia gama de depredadores, han desarrollado comportamientos de este tipo para proteger a su descendencia y ponen de manifiesto en ellos una gran dosis de realismo.

Por lo que se sabe, algunos depredadores, tal vez por casualidad o quizás por astucia, descubren la treta. De hecho, Slater (2000) cuenta que los zorros a veces no persiguen a las aves que fingen estar heridas y en cambio buscan lo que ellas intentan proteger, por lo que especula que la presa podría haber estado fingiendo “más de lo debido”.

Los comportamientos de distracción se presentan bajo diferentes formas. Las estratagemas utilizadas pueden estar constituidas por maniobras de atracción, amenazas, demostraciones y ataques desviados (Campbell y Lack, eds. 1985). En las exhibiciones distractoras de atracción, el ave muestra estímulos al depredador que provocan y dirigen su respuesta de captura de presas. En las exhibiciones distractoras de amenaza, el ave que defiende su nido busca alarmar al depredador e inducir su retirada. Estos comportamientos pueden confundirse en algunas especies, pero se distinguen básicamente en que unos buscan atraer y otros espantar.

El lechuzón orejudo, Asio clamator, de la imagen, intenta, desde las ramas de un árbol cercano, amedrentar a un observador que se aproximó "más de lo debido" al nido en el que crece su pichón; intenta hacerlo erizando su plumaje , abriendo sus alas y poniéndolas de plano hacia lo que considera un potencial depredador, con el objeto de parecer más grande y corpulento de lo que es en realidad. Fotografía: Juan José Rodríguez.
El lechuzón orejudo, Asio clamator, de la imagen, intenta, desde las ramas de un árbol cercano, amedrentar a un observador que se aproximó «más de lo debido» al nido en el que crece su pichón; intenta hacerlo erizando su plumaje , abriendo sus alas y poniéndolas de plano hacia lo que considera un potencial depredador, con el objeto de parecer más grande y corpulento de lo que es en realidad. Fotografía: Juan José Rodríguez.

En lo concerniente a las exhibiciones distractoras de atracción, las tácticas elegidas para atraer a los depredadores suelen ir acompañadas de llamadas, que ayudan a captar la atención. Esta categoría de comportamiento de distracción incluye varios tipos. Uno de ellos es el tipo mamífero pequeño -también denominado “truco de la rata” o “corrida de roedor”- en el que el ave se desplaza a la manera de un mamífero pequeño. Esta estratagema puede incluir, como en el notable caso de Calidris marítima, que anida en la tundra, arrastrar las alas creando la ilusión de un segundo par de patas, erizar las plumas dando la impresión de algo parecido a un pelaje y «chillar» mientras el ave esquiva barreras inexistentes (Ehrlich, Dobkin y Wheye, 1988). Otro tipo de exhibición distractora de atracción es el tipo inerme o incapacitado. En este tipo se incluye el denominado “despliegue de ala rota» o «truco de ala rota” -que tan bien desarrollaba mi atajacaminos tijera- y la “postura de pájaro exhausto”. Aquí el  ave se expone como un ser vulnerable, que puede parecer mortalmente herido, o como un polluelo indefenso. Otra estratagema distractora de atracción diferente es la de fingir una nidada que no existe, llamada “despliegue del falso nido”, en la que el ave sale de su nido de manera cautelosa para llegar a otro lugar, alejado del verdadero nido, donde simula cubrir la postura, para, en cierto momento, levantarse raudamente como si hubiera sido sorprendida en su nido verdadero, logrando así confundir y despistar al depredador. Una variante de esta estratagema es mostrarse de manera conspicua hasta sentarse en algún momento, como cubriendo un nido que no resulta ser tal. Algunas aves desarrollan vuelos especiales alrededor o a cierta distancia del depredador, a menudo en forma de “vuelo impedido” con aleteos lentos o rápidos; esto puede servir al ave  para llamar la atención sobre ella y sobre el comportamiento posterior, que luego desarrollará en el suelo. De hecho, eso es lo que también hacía el atajacaminos tijera al que me refiero más arriba antes de posarse y fingir estar herido.

Las exhibiciones distractorias  de amenaza pueden consistir en la apertura de las alas, la cola o ambas de una manera ostensible. En ciertas ocasiones, esta estrategia se manifiesta bajo la forma de un exhibición de choque o de impacto (“flash” o “shock-display”), para reforzar sus posibilidades de efecto. La postura típica incluye colocar la cabeza en una posición baja, como agachándose, erizar las plumas, y abrir y al mismo tiempo bajar las alas, de plano hacia el intruso. Tanto el hecho de erizar las plumas como el de abrir las alas y mostrarlas de plano hacia el intruso persiguen una intención obvia, que no es otra que la de engañar, porque lo que el ave busca es intimidar pareciendo más grande de lo que en realidad es. Este tipo de conducta está extendida entre los estrígidos, como ocurre en los casos, por ejemplo, de la lechucita vizcachera, Athene cunicularia, y del lechuzón orejudo, Asio clamator. En las exhibiciones distractoras de amenaza el ave puede avanzar hacia el depredador hasta situarse tan cerca como se atreva, o puede permanecer en  una posición defensiva estacionaria sobre huevos o crías. Este tipo de exhibiciones puede conducir además a un ataque o una exhibición distractora de atracción.

En las áreas rurales de gran parte de Sudamérica son bien conocidos los comportamientos de distracción que realiza esta especie, el tero, Vanellus chilensis. En esta fotografía se aprecia a un espécimen en una típica postura de amenaza, con el cuerpo recto enfrentado al observador, el cuello estirado y los espolones alares bien visibles. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
En las áreas rurales de gran parte de Sudamérica son bien conocidos los comportamientos de distracción que realiza esta especie, el tero, Vanellus chilensis. En esta fotografía se aprecia a un espécimen en una típica postura de amenaza, con el cuerpo recto enfrentado al observador, el cuello estirado y los espolones alares bien visibles. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Además de las exhibiciones distractoras de atracción y de amenaza, existen otras estrategias, como aquellas en las que el ave básicamente emite llamadas fuertes desde una percha, en el suelo o en el aire. Estas se conocen con el nombre de demostraciones, y en ellas el ave se muestra como “regañando” al depredador o manifestando la irritación producida por su acercamiento. En una demostración el ave también puede acercarse agresivamente por el suelo o, más habitualmente, en simulacro de vuelo de ataque, desviándose generalmente sin golpear (Campbell y Lack, eds. 1985). Por otra parte, los ataques de desvío siguen a veces a una demostración, y en ellos el ave golpea al depredador con alas, patas o pico.

Las exhibiciones de distracción son más llamativas y muestran  mayor grado de osadía cuando la inversión parental es mayor y cuando en mayor medida los depredadores se aproximan a la descendencia (Gómez-Serrano y López-López, 2017); pero el tiempo de mayor inversión parental no es uniforme para todas las aves.  Para las que son altriciales -cuyas crías nacen ciegas, prácticamente desnudas y con una movilidad muy reducida- las exhibiciones de distracción son más llamativas y riesgosas justo antes del momento en el que las crías abandonan el nido. A diferencia de esto, en las aves precociales -que tienen crías precoces, que nacen bastante desarrolladas y no tan dependientes del cuidado de los padres- las exhibiciones son más llamativas y arriesgadas en la eclosión, cuando los adultos han invertido su máximo esfuerzo en las crías (Ehrlich, Dobkin y Wheye, 1988).

La chuña patas rojas, Cariama cristata, es un ave de aspecto delgado y estilizado, pero a veces, ante la presencia de lo que puede considerar una amenaza, expande su plumaje para aparentar un tamaño y corpulencia que no tiene. El padre Guevara, en su "Historia del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán", cuenta que "cuando se irrita, encrespa las plumas y se lanza a los ojos del muchacho, perro y animal que la provoca". Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

La chuña patas rojas, Cariama cristata, es un ave de aspecto delgado y estilizado, pero a veces, ante la presencia de lo que puede considerar una amenaza, expande su plumaje para aparentar un tamaño y corpulencia que no tiene. El padre Guevara, en su "Historia del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán", cuenta que "cuando se irrita, encrespa las plumas y se lanza a los ojos del muchacho, perro y animal que la provoca". Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
La chuña patas rojas, Cariama cristata, es un ave de aspecto delgado y estilizado, pero a veces, ante la presencia de lo que puede considerar una amenaza, expande su plumaje para aparentar un tamaño y corpulencia que no tiene. El padre Guevara, en su «Historia del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán», cuenta que «cuando se irrita, encrespa las plumas y se lanza a los ojos del muchacho, perro y animal que la provoca». Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Sobre el comportamiento del pato barcino

Como ya se mencionó, entre las anátidas, los comportamientos de distracción, a la manera más usual de un ave que se finge herida, son bastante comunes, y observé a distintas especies efectuarlos; pero el caso más espectacular con el que me encontré aconteció a la orilla de una laguna situada a más de 3000 metros de altitud.

Había estado observando el cortejo de una pareja de guayatas, Chloephaga melanoptera, y volvía por el borde de un pequeño cuerpo de agua, a unos tres metros de la línea de ribera, cuando de pronto, en medio de la soledad y el silencio reinantes, una explosión de movimiento me dejó prácticamente estupefacto y me detuvo en el acto. Sólo atiné, con el reflejo de varias décadas de andar tomando fotos en la naturaleza, a llevar mi cámara a los ojos y tratar de captar la llamativa escena.

De la hierba, sin que lo hubiera advertido antes, emergió un pato barcino, Anas flavirostris. Salió moviéndose muy enérgicamente. Al principio pensé que el espécimen se estaba dirigiendo al agua, en donde se hallaría más seguro, para alejarse de mí nadando; pero inmediatamente después tuve la sensación de que el ave estaba herida, y caí en la cuenta de que no se alejaba sino que me rodeaba, en un desesperado intento de llamar mi atención, lo que estaba logrando muy exitosamente. Estaba realizando un muy histriónico “despliegue de ala rota”. Permanecí absolutamente quieto mientras el ave dio varias vueltas a mi alrededor. Creo que me rodeó tres veces; yo nunca había visto algo así. Comencé entonces a buscar con la vista por los alrededores, mientras el pato barcino, impaciente, observaba disimuladamente a unos metros y continuaba con su lograda actuación, pero ya no girando en torno mío. De repente, salieron corriendo tres patitos muy pequeños hacia el sector opuesto por el que yo me desplazaba y otro pato adulto voló hacia unos roquedales cercanos. Como el primer adulto que había visto seguía tratando, a pesar de todo, de llamar mi atención, retrocedí un poco y decidí seguirlo, para ver qué sucedía. De hecho, me fue alejando y yo lo fui siguiendo. En un momento, ya apenado por el esfuerzo denodado del “actor”, cambé de rumbo para dejarlo regresar tranquilo junto a su familia, pero entonces el pato se me acercó mientras seguía mostrándose  como herido, a alguna prudente distancia, para que volviera a seguirlo en sus movimientos. Y así siguió el juego, hasta haberme alejado unos 150 metros del lugar en el que había visto a los pichones huir. Aquel pato barcino podía estar orgulloso de su valiente y esmerado trabajo: aunque yo no fuera justamente una amenaza, él seguramente quedó plenamente convencido de que había salvado a su familia con su casi increíble trabajo.

El pato barcino, Anas flavirostris, de esta fotografía, desarrolló un impresionante comportamiento de distracción. Fingiéndose herido, rodeó al autor de este artículo varias veces para alejarlo de sus pichones. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
El pato barcino, Anas flavirostris, de esta fotografía, desarrolló un impresionante comportamiento de distracción. Fingiéndose herido, rodeó al autor de este artículo varias veces para alejarlo de sus pichones. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Bibliografía:

Campbell, Bruce y Lack, Elizabeth, eds. 1985. A DICTIONARY OF BIRDS. T. & A. D. Poyser. Londres.

Darwin, Charles R. 1997. DIARIO DE VIAJE DE UN NATURALISTA ALREDEDOR DEL MUNDO. El Elefante Blanco. Buenos Aires.

Ehrlich, Paul R.; David S. Dobkin, David S. &, Wheye, Darryl. 1988. THE BIRDER’S HANDBOOK: A FIELD GUIDE TO THE NATURAL HISTORY OF NORTH AMERICAN BIRDS. INCLUDING ALL SPECIES THAT REGULARLY BREED NORTH OF MEXICO. Simon & Schuster. Nueva York.

Gómez-Serrano y López-López. 2017. DECEIVING PREDATORS: LINKING DISTRACTION BEHAVIOR WITH NEST SURVIVAL IN A GROUND-NESTING BIRD. Behavioral Ecology. Volumen 28 (1), p. 260–269.

Slater, P. J. B. 2000. EL COMPORTAMIENTO ANIMAL. Cambridge University Press. Madrid.

Wilson, Edward O. 1980. SOCIOBIOLOGÍA, LA NUEVA SÍNTESIS. Ediciones OMEGA. Barcelona.

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