Conociendo al pepitero colorado

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♦ EL HALLAZGO DEL NIDO

♦ El nido del pepitero colorado (Pseudosaltator rufiventris) era hasta hace poco un misterio. En 2012 tomé la decisión de buscarlo y lo encontré en marzo de 2013. Aquí la crónica de lo sucedido.

Pepitero colorado, Pseudosaltator rufiventris. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ Sucede algo extraño cuando el entusiasta de la naturaleza sabe que nadie antes, al menos con los ojos de un naturalista, ha observado lo que él está observando.  Y yo sabía en aquel momento que ningún ornitólogo, antes que nosotros, había visto un nido activo de pepitero colorado. Es de verdad difícil el explicar lo que ocurre dentro de nosotros cuando sucede algo así. Podría ser un lugar común decir, por supuesto, que, como le pasa al enamorado, casi se siente como un tiempo detenido, pero de verdad que la sensación creo que se parece mucho a eso.

Hasta hace muy pocos años atrás la reproducción y hasta el mismo nido del pepitero colorado (Pseudosaltator rufiventris) eran un verdadero misterio, y, aunque todavía faltan cosas por conocerse, hemos hallado finalmente el nido de este pájaro. No ha faltado en esta historia algún toque de suspenso y hasta de frustración,  pero el nido de la especie, que yo había buscado durante casi siete  meses, apareció un día ante mis ojos.

El pepitero colorado es un ave poco conocida, frecuente en algunos sitios muy puntuales, pero bastante difícil de ver en otros con características similares, y se tenía de ella, hasta hace muy poco tiempo, escasa información. Su área de dispersión no es grande; se distribuye desde Bolivia (departamentos de La Paz, Cochabamba, Potosí, Chuquisaca y Tarija) hasta el noroeste de Argentina (provincias de Jujuy y Salta), y habita áreas de vegetación arbustiva en bosques de aliso, bosques y matorrales montanos, incluidos los bosques de Polylepis, y en zonas cultivadas adyacentes (Ridgely & Tudor 1989, Canevari et al. 1991).

Uno de los pocos estudios que reportan al Pepitero Colorado es el de Mazar Barnett et al. (1998), quienes dieron a conocer dos avistajes. El primero fue en pastizales de altura de Jujuy en 1996, entre los 3300 y 3400 msnm, en una zona con alta concentración de chilcas (Baccharis sp.), atravesada por un pequeño arroyo y con parches de suelo húmedo. El segundo avistaje fue el de un grupo familiar de al menos tres ejemplares, en Salta en 1997, en una zona con manchones de chilcas y sauces (Salix sp.) también cerca de un arroyo.

El ave de la imagen parece no tener todavía los colores definitivos de un adulto, pero acompañaba a dos que si los tenían: ¿un juvenil de la temporada de cría anterior? Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

En 2013 no solo encontré el hasta entonces esquivo nido del pepitero colorado, al que localicé activo, sino que también pude realizar interesantes observaciones sobre la alimentación de estas aves , sobre algunas pautas del comportamiento de crianza de los pichones, y pude profundizar en aspectos relacionados con la coloración de la especie.

El 22 de septiembre de 2012 el día, con un sol a pleno, parecía prometer algo interesante. Yo me había decidido a buscar para fotografiar, observar y, en lo posible, encontrar nidificando al pepitero colorado. Tuvimos suerte;  en un sector de la Cuesta del Obispo, a más de 2600 msnm, observé un grupo de tres individuos de pepitero colorado. Estos se hallaban en la copa de un sauce que, junto a otros, flanqueaba un pequeño curso de agua para riego. A pocos metros, una notable concentración de chilcas dominaba el paisaje, y sobre las laderas contiguas de los cerros se extendían pastizales de altura. Los tres individuos se mostraron confiados y tranquilos ante mi presencia. Pude verlos alimentarse de las hojas tiernas de los sauces, que cortaban con el pico e ingerían enteras; luego descendieron al suelo y se alimentaron de hojas de trébol blanco o amargo (Trifolium repens).

Un pepitero colorado se alimenta de hojas de sauce (Salix sp.). Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Dos de los individuos presentaban la coloración típica de los ejemplares adultos, mientras que el tercero tenía el aspecto de un ejemplar más joven, todavía sin los colores definitivos. Los adultos presentaban las áreas dorsales, el pecho y la cola gris-azulados, tonalidad que se hacía más intensa cuando se exponían al sol; tenían una conspicua ceja blanca que se extendía a cada lado de la cabeza y que iba afinándose hasta desaparecer en la zona de la nuca. El pico era robusto, de color gris-plomizo en la maxila y córneo en la mandíbula. El pecho y el vientre eran rojizo-anaranjados. El iris era rojizo, tanto más intenso en su coloración mientras en mayor medida incidía sobre él la luz del sol. El ejemplar juvenil tenía coloración gris-olivácea en la cabeza, pecho, dorso y cola; el iris era castaño; el rojizo-anaranjado del vientre era menos intenso, y más difusa la separación entre esta tonalidad y la del pecho, si se tenía en cuenta lo observado en individuos adultos. Estas características coincidían, a grandes rasgos, con lo que observé en volantones recién salidos de los nidos, como se verá más abajo.

El pequeño grupo mostraba cohesión, alimentándose en los arboles los tres al mismo tiempo, como luego en el suelo y, según observé, era uno de los individuos el que tomaba la iniciativa, siendo seguido después por los otros.

El pepitero colorado de la fotografía come una flor de diente de león (Taraxacum officinales). Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Un par de semanas más tarde, regresé al lugar. El 8 de octubre de 2012 el grupo seguía unido y en el mismo sitio. Observé que continuaban alimentándose de hojas de sauce, pero en el suelo también los vi consumir con avidez flores de diente de león (Taraxacum officinale). El individuo juvenil mantenía las mismas características en lo referente a la coloración. En la oportunidad observé en el sitio a un pepitero de collar (Saltator aurantiirostris), que apareció en el bosquete de sauces y poco después se alejó de mi vista, siendo seguido entonces por uno de los pepiteros colorados, posiblemente el que considera que podría ser un juvenil.

El 29 de diciembre los esperé en el mismo lugar. En la Cuesta del Obispo el cielo se mostraba gris y la temperatura había descendido bastante en comparación con la que habíamos dejado atrás, al salir del valle de Lerma; en el mismo sector en que los habíamos observado en otras ocasiones, uno de mis hijos detectó a los pájaros moverse en las altas ramas de un sauce, pero pude observar únicamente dos individuos adultos. Posados en lo alto de la copa, descendieron con cautela, mucho más recelosos de mi presencia que en ocasiones anteriores. Se mantuvieron en el área unos cinco minutos y luego se alejaron, pero no pude localizar esta vez al tercero, que había observado interactuando con ellos en otras oportunidades.

Había visto que las aves descendieron hasta un barranco que caía casi a pique hasta un río que bajaba de las montañas, y decidí acercarme a inspeccionar el sitio.  Allí, en un arbusto cubierto de espinas y de hojas verdes, un nido con forma de taza se apoyaba en las ramas. Estaba construido primorosamente con pequeñas ramitas, raicillas y pequeñas briznas de pajas entrelazadas, conformando una estructura sólida y resistente. Dudé acerca de si debía tratarse del nido de los pepiteros. Tenía que ver mejor y eso traté de hacer, pero la posición en la que me encontraba no era la más óptima. Haciendo mi mejor esfuerzo apenas podía llegar con la mano y una pequeña cámara fotográfica hasta situarme algo más cerca de la estructura y comencé a tomar fotos sin ver en el visor los resultados. Las ramas espinosas y fuertes me dificultaban la visión y un mejor acercamiento, la pendiente en ese sector ya era peligrosa y el suelo, para empeorar las cosas, estaba mojado. No lograba ver lo que había dentro del nido, pero estirando como pude el brazo, tomé algunas fotos de su interior. Me alejé del lugar y espere todo el tiempo que pude a los pepiteros, pero no regresaron. Al legar a casa, analicé las fotos y advertí que en el nido encontrado había dos pichones lamentablemente muertos, ambos con el pecho y el vientre vueltos hacia arriba.

Pero, cuál podía haber sido la causa de la muerte de esos pichones. Lo primero que llegó a mi cabeza fue la imagen de un evento climático violento. Recordé que el día de Navidad, en el valle de Lerma se había producido un intenso temporal, con lluvia, vientos muy intensos y caída de granizo. Yo había medido las piedras de granizo caídas ese día en la zona de Salta en la que vivo, y tenían un diámetro de 1 cm en promedio; pero en la zona de Campo Quijano el temporal había sido más intenso y, según se informó en diario El Tribuno en su edición on-line, las piedras de granizo allí, llegaron a tener el tamaño “de un limón”, y dejaron heridos y daños materiales. No sé si este temporal afectó también la zona de la Cuesta del Obispo, pero el domingo 9 de diciembre el mismo medio gráfico informó que dos días antes un alud se había producido en la zona de Escoipe y la Cuesta del Obispo. En el artículo correspondiente se afirmaba que “según el testimonio de uno de los evacuados de la zona de Escoipe, Eriberto Colque, una nube gris, cargada de agua y granizo estacionó en las altas cumbres de la Cuesta del Obispo. Por las alturas de los cerros la tormenta se asentó y no pudo seguir hacia el norte. Descargó con furia toda el agua”. Es de suponer que alguno de los dos eventos climáticos acabó con la existencia de aquella nidada. Imaginé que podía haber sucedido que, golpeada por las piedras de hielo, la hembra se había visto obligada a dejar el nido, el hielo pudo entonces golpear directamente a los pequeños, y, si no fue la fuerza de los impactos, la hipotermia pronto acabó con ellos. Aunque no podía confirmar ni descartar que aquel nido sea el del pepitero colorado, el tiempo pasaba, ya comenzaba un nuevo año y, según pensaba, las oportunidades para encontrar  lo que buscaba se estaban terminando, al menos por esa temporada. Poco a poco iba perdiendo las esperanzas.

No pude volver durante el mes de enero, ni tampoco en febrero. Pensé que para entonces se habían terminado definitivamente las posibilidades de hallar el nido durante esa temporada, pero una corazonada me motivó a regresar a principios de marzo. El día 2 de ese mes la jornada se presentó soleada en el valle de Lerma, pero una persistente capa de nubes cubría le cuesta del Obispo. Esta vez me acompañaban mi hermano y su hijo. Habiendo llegado al pie de la cuesta encontramos a un grupo de observadores de aves guiados por Mario Mosqueira, de “Clark Expediciones”, al que saludamos desde el auto, siguiendo nuestro viaje. Queríamos llegar a los 2630 msnm y recién detenernos; después de todo ese al que íbamos era el lugar en donde se habían producido la mayor parte de nuestros avistajes de pepitero colorado y pensábamos que allí cerca las aves podrían haber tenido su nido. No obstante, antes de llegar a nuestro objetivo, detuvimos la marcha para apreciar la belleza floral de este paraje, que verdaderamente es un espectáculo digno de contemplar. Tomamos algunas fotografías y seguimos.

Una de las primeras imágenes captadas del pepitero colorado en su nido. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Llegando al lugar preestablecido, descendimos del vehículo, caminamos unos metros y, casualidad o no, encontramos nuevamente a Mario subiendo la cuesta junto a los turistas. Detuvo la marcha un momento para hablar con nosotros y, como estaba en conocimiento de que mis investigaciones sobre el pepitero colorado, nos indicó que había localizado a los animales más abajo, donde antes lo habíamos encontrado a él. Según nos confió en aquel momento, los había observado atrapando pequeñas langostas. “Me parece –nos dijo– que por ahí pueden tener el nido”. Y eso sonó como “canto de pepitero” para nuestros oídos. Después de explorar, no obstante, un momento al menos el sitio de los 2630 msnm, descendimos en el vehículo lentamente, y en una curva del camino, entre las ramas de un arbusto detectamos la presencia de un individuo de la especie. Voló siguiendo el curso del camino, cuesta abajo, y lo seguimos. Descendimos del auto y observamos que otro pepitero se aproximó al lugar; ambos parecían rondar las inmediaciones de una hilera de álamos que bordea el camino. Un pepitero colorado se aproximó a uno de los árboles, recorrió algunas ramas del lado opuesto al que nos encontrábamos nosotros, “desapareció” un momento, y luego voló. El otro individuo hizo un recorrido similar, pero al “desaparecer” de nuestra vista, ya no pudimos volver a verlo salir de la copa, para ese entonces cubierta de hojas. Habíamos estado muy atentos  a todos los movimientos del animal, por lo que me pareció muy intrigante que en aquel momento no pudiéramos localizarlo. Estuve viendo hacia el árbol un tiempo prolongado, pero no podía divisar nada de interés, hasta que mi sobrino, que había decidido rodear una vez más al viejo álamo, aseguró, con euforia contenida, que el pepitero ¡estaba en el nido! Y fue allí cuando el tiempo pareció detenerse.

La pera de monte (Iochroma australe) para cumplir una función importante en la alimentación de los adultos y de los pichones. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

A unos 7 metros de altura, en un nido bastante tosco y construido con ramitas, algo desprolijo, con forma de taza, bastante oculto entre el follaje del árbol y asentado sobre la horqueta múltiple de un álamo (Populus sp.), un pepitero adulto se asentaba como incubando o protegiendo a su cría.  El lugar de emplazamiento del nido estaba altitudinalmente apenas más abajo que el sitio donde había realizado las observaciones anteriores y a unos 600 metros de distancia en línea recta. Pudimos determinar fehacientemente que el o los pichones ya habían nacido, hecho reafirmado por los dichos de Mario Mosqueira acerca de los invertebrados que vio atrapando a los adultos y por el modo  en que un adulto aproximaba su pico al nido, en clara actitud de alimentar a una muy pequeña cría. Pero no podíamos confirmar de cuántos pichones se trataba.

Flor de pera de monte (Iochroma australe). Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Un adulto se encontraba en el nido, mientras que el otro llegó luego con pequeños invertebrados en su pico y alimentó a un pichón recién nacido, del que apenas podía verse la punta del pico sobresaliendo de la estructura de palitos. Los dos padres colaboraban activamente en el cuidado de la cría; mientras uno de ellos llegaba al nido a intervalos de tiempo variable con alimentación para la cría, el otro adulto permanecía en él, y sólo esporádicamente se ausentaba por escasos minutos. Por otra parte, los adultos comían con fruición frutos de pera del monte (Iochroma australe), un arbusto perenne frecuente en el lugar, cuyas flores son azul-liláceas.

Volví al lugar el 7 de marzo de 2013.  Observé que el pichón –podíamos ver solo uno desde nuestra posición– presentaba las comisuras del pico bien desarrolladas y amarillas, el interior del pico anaranjado y el cuello casi desprovisto de plumas. Uno de los adultos –¿la hembra?– seguía permaneciendo gran parte del tiempo en el nido cubriendo al pichón de la fuerte irradiación solar, y tenía este adulto constantemente el pico entreabierto, muestra de que el calor lo afectaba. En una hora y media de observación, el otro adulto llegó al nido 9 veces con comida para la cría, fundamentalmente invertebrados. Aunque el adulto que había permanecido en el nido efectuaba movimientos y abría el pico en actitud de solicitar alimento, no vi que la pareja satisfaga más que el apetito del pichón.

Un volantón de pepitero colorado (a la izquierda) reclama alimento a un adulto. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez

El 16 de marzo de 2013 el paisaje en la Cuesta del Obispo estaba cubierto por una densa niebla, y el nido estaba aún ocupado por el único pichón que pude observar. Estaba ya bastante cubierto por plumas y podía distinguirse una prolongada ceja clara encima de cada ojo. El pico se veía amarillo-anaranjado al menos en la mandíbula, y ya se insinuaban en el pecho y en el vientre tonos difusos grises y rufo-anaranjados. En esta etapa percibí un cambio en la alimentación de la cría, ya que pasó a estar conformada por productos vegetales, fundamentalmente frutos de pera de monte.

El 28 de marzo de 2013 el día se presentó soleado por la mañana, pero por la tarde el cielo se cubrió de gruesas nubes, y una tenue llovizna amenazaba a veces convertirse en tormenta. El nido ya no registraba actividad. En las inmediaciones del nido observé a un grupo de cuatro pepiteros colorados, dos adultos y dos juveniles.

No pude establecer fehacientemente que se haya tratado de la misma familia observada en el nido, pero el hecho de que se hayan registrado ahora dos crías y no una, como había visto, tal vez tenga su explicación en las dificultades planteadas por el ángulo de observación del nido, que posiblemente permitía ver un solo pichón cuando en realidad habría habido dos. Ambos adultos tenían iris rojizo, mientras que en los juveniles la tonalidad era pardo-castaña. Los juveniles presentaban la ceja blanquecina, aunque sin llegar al blanco puro de los adultos. El pico era en gran medida anaranjado-pálido, pero iba adquiriendo una tonalidad gris en la base de la maxila y en zonas dispersas de la mandíbula; se notaban todavía las comisuras del pico anaranjado-pálidas. El pecho era gris y el vientre anaranjado-pálido con manchones de plumas grises; el dorso, las alas y la cola eran grises con cierta tonalidad olivácea. Volaban perfectamente y se alimentaban tanto en el suelo, de brotes de hierbas, como en las ramas de algunos arbustos, principalmente de la pera de monte. Seguían constantemente a los padres reclamando comida.

AGRADECIMIENTOS:

A Lázaro Juan Novara, por su ayuda en las determinaciones de las especies vegetales citadas en este trabajo, a Juan José Rodríguez, por su acompañamiento en el campo, y a Elio Gabriel Rodríguez, quien encontró el nido,  por su inestimable colaboración y el registro en video de muchas de las observaciones aquí detalladas.

BIBLIOGRAFÍA:

Canevari M, Canevari P, Carrizo GR, Harris G, Rodriguez Mata J & Straneck RJ. (1991) nueva guía de las aves argentinas. Tomo II. Fundación Acindar, Buenos Aires.

Mazar Barnett J, Clark R, Bodrati A, Bpdrati G, Pugnali G, & Della Seta M. (1998) Natural history notes on some little-known birds in north-west Argentina. Cotinga, 9:64–75.

Ridgely, R. & G. Tudor. 1989. The birds of South America. Volume 1. The oscine       passerines. Ubiversity of Texas Press, Austin.

 

 

 

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