De regreso a los Andes

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♦ RECORDANDO A WAYRA, EL CÓNDOR LIBERADO NÚMERO 100

♦ Cuando el cóndor vio que las puertas de su encierro se abrían, que frente a sus ojos se levantaban nuevamente las montañas, y que la mágica presencia de ese paisaje parecía volverse nuevamente parte de su existencia, gozoso abandonó su reclusión y se montó en el lomo de un peñasco para, por fin, abrir las alas. Sintió seguramente el latir de los Andes retumbando en su corazón y acariciándole el plumaje, y escrutó el horizonte. Ese era su hogar, y él había regresado. Se volvió hacia la multitud, se concentró un momento en los rostros emocionados de aquellos que lo admiraban en silencio y, como despidiéndose, seguramente para siempre, echó una última mirada a quienes lo habían ayudado a volver a su patria de viento, rocas y cardones. Batió sus alas y partió. Volvía a ser libre; otra vez podía sentirse un cóndor verdadero. En ese breve instante recuperó la inmensidad perdida, aunque la historia de su liberación, no obstante, había comenzado casi un año antes.

Previamente a la liberación del cóndor Wayra se realizó una ceremonia indígena. Fotografía. Elio Daniel Rodríguez.

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ 29 – 04 – 2018

♦ El 18 de julio de 2010 fue hallado herido con un impacto de bala en la localidad de La Caldera, en Salta, un ejemplar macho –que todavía no había alcanzado la adultez– de cóndor andino. En virtud de un convenio que había sido suscripto entre la provincia y la Fundación Bioandina, el animal fue enviado a Buenos Aires para una recuperación que le demandó casi nueve meses en el Zoológico de Buenos Aires, y regresó nuevamente a esta parte del norte argentino, para ser liberado,  el 9 de abril de 2011. Así, el ejemplar, de unos seis años de edad, retornó a su hábitat como otros 99 que le precedieron, ya que Wayra –que significa viento en idioma quechua–, como fue bautizado, es el centésimo cóndor en ser devuelto a sus dominios, gracias al trabajo que desarrolla un grupo de personas y a su amor por la vida salvaje de nuestro continente. “Cien cóndores –me dijo el biólogo y director del Proyecto de Conservación del Cóndor Andino, Luis Jácome– es un número grande de individuos de la especie”; mirándome a los ojos, y con expresión de quien quiere hacer notar que lo que dice es digno de reflexionarse, me contó entonces que en toda Venezuela quedaban  tan sólo 12 cóndores y que en Ecuador había solamente 25. “Poder liberar en 20 años de trabajo estos 100 cóndores en Venezuela, Colombia, Chile y en Argentina es algo fantástico”.

Cóndor, un grande de América

El cóndor andino es una de las aves voladoras más grandes del mundo. Su cabeza carece de plumas y está atravesada por amplias rugosidades, que, en el caso de los machos, adquieren notable desarrollo. El pico es fuerte, curvado, de bordes muy cortantes y de coloración blanquecina en su mitad apical. En el cuello presenta un collar de plumón suave y blanco, y en el cuerpo de los ejemplares adultos domina el negro, con blanco en un importante sector dorsal de las alas. Además, el macho ostenta una gran excrecencia carnosa sobre la base del pico y la frente, que no tiene la hembra, y mientras ésta presenta el iris rojo, el macho lo tiene pardo.

Los quechuas lo llamaron “kúntur” y la ciencia lo denominó Vultur gryphus,  que se traduce como buitre grifo, en directa alusión a ese ser mitológico, mitad águila y mitad león, que oficiaba de temible custodio de tesoros.

Exclusivo de América del Sur, se distribuye por el oeste, desde Venezuela y Colombia hasta la Tierra del Fuego y la Isla de los Estados. En nuestro país, además, es posible observarlo en las zonas serranas de las provincias de Córdoba y San Luis, y hay registros históricos de su presencia en la costa atlántica patagónica, desde la provincia de Río Negro hacia el sur.

Esta ave pertenece a la familia Cathartidae, representada por siete especies americanas, dos cóndores (el cóndor andino, Vultur gryphus, y el llamado cóndor de California, Gymnogyps californianus, propio de una región ubicada al oeste de América del Norte) y cinco jotes (Coragyps atratus, Cathartes aura, Cathartes burrovianus, Cathartes melambrotus y Sarcoramphus papa), pero el orden que integra ha sido objeto de mucha discusión. En su forma y comportamiento los miembros de la familia se asemejan a los denominados buitres del Viejo Mundo, lo que condujo a que se los incluyera dentro del orden de los Falconiformes; sin embargo, algunos estudios realizados sugirieron  que estas aves podrían tener una relación más estrecha con los miembros del orden Ciconiiformes, que conforman las cigüeñas (Lambertucci 2007), lo que dio como resultado que se las  incluya en él. Por otra parte, también surgieron partidarios de crear para estas especies un orden propio, al que, por supuesto, denominaron Cathartiformes.

Luis Jacome, director del Proyecto de Conservación Cóndor Andino en Fundación Bioandina. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Territorio y nidificación

Los requerimientos territoriales del cóndor andino son amplios y se ha informado de un ejemplar  que realizó desplazamientos de casi 200 km. lineales en un solo día.  Las llamadas “condoreras” son dormideros comunales  que se utilizan tanto para pasar la noche como para descansar durante el día y como refugio. Están ubicadas en roquedales con acantilados, y en ellas puede congregarse un importante número de animales que desarrollan comportamientos jerárquicos. Los sitios de anidación, en tanto, se ubican en cuevas distintas a los dormideros comunales.

Un nido de cóndor es algo difícil de encontrar, lo que de alguna manera explica la escasa información sobre la conducta y la biología reproductiva de esta ave. Se ubican, por lo general, en lugares prácticamente inaccesibles, y es allí donde, al modo del grifo de la mitología, la pareja dedica sus esfuerzos a un tesoro, que consiste, no en el oro que obsesiona a tantos hombres, sino, concretamente, en un huevo; un único huevo blanco que, depositado sobre la roca desnuda, obrará con el tiempo el milagro de otra maravilla alada. De todas maneras, y a pesar de la dedicación y los cuidados, el nacimiento y crianza de un nuevo cóndor es un evento complicado y prolongado, lo que se traduce en el hecho de que los cóndores, idealmente, sólo puedan criar cada dos años a un nuevo pichón.

Alimentación

Los cóndores tienen una notable resistencia al hambre y la sed, y se alimentan esencialmente de carroña. A pesar de la fama de la que gozan en ciertas zonas, en las que se los considera como despiadados consumidores de animales vivos, esta ave grandiosa prefiere la carne de criaturas muertas, aunque se ha mencionado que, esporádicamente, si tiene la oportunidad y la acosa el hambre, puede intentar ataques sobre algún animal desvalido, enfermo o herido.

El admirable vuelo del cóndor

Su vuelo es majestuoso, y contemplarlo constituye un verdadero privilegio. Aprovecha de manera magistral las corrientes de aire y, utilizando las ascendentes, se eleva con absoluta facilidad, básicamente planeando, ya que más allá de los aleteos que le permiten despegarse del suelo o posarse, sólo de cuando en cuando bate sus alas, que extiende o flexiona, para ganar o perder altura, según lo considere oportuno. Impresiona, por otra parte, escuchar, si se tiene la suerte de estar cerca –lo  que, tal vez, pueda hacerse permaneciendo inmóvil, como un cuerpo inanimado, en un lugar alto y expuesto–, el particular sonido que, a manera de un zumbido, producen las largas plumas primarias de un cóndor cuando cortan el aire, y mientras las alas y el cuerpo completo del animal no se mueven y la penetrante mirada se clava en aquello que, para los ojos de una de estas criaturas, podría tal vez constituir su próximo alimento.

Hace algunos años fui testigo de cómo enmudecía un grupo de aficionados a las aves, procedentes de Inglaterra, cuando en el marco de un viaje de siete días por las alturas andinas de Salta y Jujuy, avistamos un cóndor en la sierra de Quichagua. Hasta que desapareció de nuestra vista, nadie atinó a decir palabra. Todos, binoculares en mano, se limitaron a contemplar, completamente absortos, el espectáculo del ave enorme, montada en una corriente ascendente, describiendo grandes círculos mientras se elevaba en el paisaje puneño. Un cóndor, claro esta, es un animal espectacular. Resulta lamentable que en algunos sitios esta especie esté enfrentando duros retos que ponen en peligro su supervivencia a mediano plazo, y que en otros, exista la amenaza de que se transforme de un día para otro sólo en un recuerdo.

Wayra es conducido al sitio de su liberación. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Liberen a Wayra

La liberación de Wayra en las serranías cercanas a la ciudad de Cafayate, en el valle Calchaquí de la provincia de Salta, se enmarcó en un trabajo verdaderamente importante que desarrollan expertos del Zoológico de Buenos Aires y la Fundación Bioandina. Este trabajo incluyó un relevamiento de los ejemplares que permanecían cautivos en el país, para apuntalar los esfuerzos encaminados a lograr su reproducción en estas condiciones, la recuperación de ejemplares heridos, e incluso la liberación de individuos aptos en sus entornos naturales característicos.

Amenazado en vastas áreas de su distribución, en el noroeste argentino todavía es posible avistar cóndores en muchas zonas, y en lo personal, entre otras observaciones de la especie que he realizado, pude ver, en lo que ahora constituye el Parque Nacional Los Cardones, a un grupo aproximado a la decena de ejemplares reunidos a muy tempranas horas de la mañana,  y aviste y fotografié a un cóndor, sobrevolando prácticamente la zona de Tres Cerritos, en el Valle de Lerma, con dirección norte, directamente encima de la ladera oeste de la Sierra de Mojotoro, y otro ejemplar bastante cerca, sobrevolando el área de La Lagunilla, muy próxima a la ciudad de Salta.

Para ser testigos de la liberación del cóndor andino número 100 habíamos partido desde la ciudad de Salta, mi familia y yo, el día anterior. La idea era llegar a Cafayate con tiempo, pasar allí una noche tranquila, y despertarnos temprano para no perder detalle del retorno de Wayra a la inmensidad andina.

Al partir de Salta, el cielo se mostraba gris y una persistente llovizna hacía temer que el viaje fuera en vano. No obstante, sabíamos que había muchas posibilidades de que al ir acercándonos a los valles Calchaquíes las cosas cambiaran, y, alimentados por nuestras esperanzas, emprendimos la marcha. Llovía menos pasando El Carril y aún menos después de Talapampa, pero igualmente el agua no se rendía, y algunas gotas nos acompañaron durante todo el trayecto, incluso hasta Cafayate ¡donde vive el sol! De todas maneras, no había que alarmarse; lloviznaba tan poco allí, que el suelo no alcanzaba a mojarse y el cielo, por lo que podía observarse, se iba abriendo, alentando nuestros sueños de ver volar aquel cóndor devuelto a sus pagos.

La mañana de la liberación de Wayra nos dirigimos primero al lugar de concentración desde donde partirían, en vehículos especialmente dispuestos y en otros que acompañaban la comitiva, las personas que participarían del acto. Tomamos rumbo sur, en dirección a Tolombón, y en un punto del camino viramos hacia el este. Debíamos cruzar el río Santa María, lo que se suponía que no representaría demasiados inconvenientes, pero el agua caída en las pasadas horas había provocado un considerable aumento del caudal y, a pesar de que algunas máquinas trabajaban tratando de disminuir la profundidad del lecho, pasaban los minutos y las horas y no había forma de trasponer el río.

Además, se había presentado otro inconveniente. A Lucas, por entonces mi hijo más pequeño, de repente, mientras aguardábamos que concluyera el trabajo de las máquinas, se le había declarado un fuerte estado febril y era inevitable que retornáramos a Cafayate a buscar la medicación pertinente. No teníamos nuestro automóvil, ya que habíamos partido con el grupo en uno preparado para la ocasión, pero afortunadamente un móvil de la policía nos devolvió gentilmente a Cafayate donde mi hijo pudo tomar una medicina que disminuyera su temperatura; esperamos un poco y, pasado no demasiado tiempo, comenzó  a sentirse mejor.

No obstante, todo parecía indicar que nos quedaríamos sin ver aquella extraordinaria ave volver a volar; y yo pensaba las diferentes alternativas. Si volvíamos a dónde debía trasponerse el río era muy probable que no pudiéramos atravesarlo en nuestro vehículo, y que el conjunto de personas que participarían de la ceremonia ya hubiera abandonado el lugar, atravesando el curso de agua después del trabajo exitoso de las máquinas, dejándonos definitivamente atrás. Decidimos entonces intentar otra solución. Íbamos a llegar solos al lugar, transitando un viejo camino medio olvidado al que llaman el “camino de Chimpa”.

Emprendimos la marcha sin más dilaciones animados por la pronta recuperación de Lucas y después de recorrer un largo camino de tierra comenzamos a ascender hacia el sitio indicado. Había algunas personas ya en el lugar, que habían podido cruzar el río en camionetas 4 x 4, pero el grueso de la comitiva y el mismo Wayra no habían llegado aún. Cuando por fin lo hicieron comenzaron los preparativos para soltarlo, pero desafortunadamente una ceremonia indígena que se había preparado para la ocasión comenzó a extenderse por un tiempo más prolongado que el deseado –ya que el ave aún se encontraba cautiva en un reducido espacio– y muchos comenzamos a inquietarnos por el bienestar del animal. La ceremonia indígena por fin concluyo y el cóndor fue conducido al lugar desde el que debía ser liberado. En semicírculo todos esperábamos el momento.

Los barrotes de la pequeña jaula al fin se abrieron y Wayra se apresuró a salir, emitiendo un llamativo sonido, mezcla de resoplo y rugido afónico, para inmediatamente después encaramarse en la roca que dominaba el paisaje en aquel lugar. Dio varias veces media vuelta y observó a los presentes en una actitud que semejaba una despedida. Abrió sus alas por un instante, las batió otro poco y en un determinado momento, que solo él sabía cuál sería y por qué sería, se arrojó al vacío. Llegó hasta una roca distante, del otro lado de la quebrada, y, tras una pausa, volvió a levantar vuelo. De pronto, aparecieron en el cielo – ¿para “recibirlo”? –  otros dos cóndores que antes no habíamos visto; se trataba de una hembra adulta y una hembra juvenil, que volaron compartiendo junto al joven cóndor liberado aquel pedazo de cielo calchaquí. Luego Wayra nos sobrevoló una cuantas veces y desapareció.

Esta ave es un símbolo de nuestra tierra, y hasta podría decirse que la cadena montañosa que bordea por el oeste nuestro subcontinente está en ella definitivamente impresa, tanto en su morfología como en su espíritu. Si alguna vez desaparece esta voladora extraordinaria, esta efectiva limpiadora de los ecosistemas andinos, el animal que ha servido de inspiración a los poetas, el ser de la leyenda, el ave cuya significación mítica se hunde en la bruma de los tiempos, el morador de las alturas, este prodigio de la evolución… Si alguna vez desaparece el cóndor andino habremos hecho del mundo un lugar mucho más pobre, y nosotros sufriremos – aunque seguramente algunos más que otros– la desdicha de sentirnos más solos en esta aventura hermosa de la vida sobre el planeta.

Antes de partir en su magnifico vuelo el cóndor Wayra observa a los concurrentes a la ceremonia de liberación. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Bibliografía:

  • AA. VV. – 1983 – El cóndor. Fauna Argentina Nº 23. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires.
  • Carman, Raúl Leonardo – 1995 – Apuntes sobre fauna argentina – VAZQUEZ MAZZINI EDITORES – Buenos Aires.
  • Chebez, Juan Carlos – 2009 – Otros que se van – Editorial Albatros – Buenos Aires.
  • Contino, Francisco N. – 1980 – Aves del Noroeste Argentino – Universidad Nacional de Salta.
  • Hendrickson, S. L., Bleiweiss, R., Matheus, J. C., Silva de Matheus, L., Jácome,N. L., y E. Pavez. – 2003 – Reseña ornitológica – El cóndor andino tiene poca variabilidad genética. Nuestras aves Nº 45 – Aves Argentinas / Asociación Ornitológica del Plata, Buenos Aires.
  • Kovacs, Carlos; Kovacs, Ors; Kovacs, Zsolt y Kovacs, Carlos Mariano – 2005 – Manual ilustrado de aves de la Patagonia, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Museo Ornitológico Patagónico. El Bolsón, Río Negro.
  • Lambertucci, Sergio A. – 2007 – Biología y conservación del cóndor andino (Vultur gryphus) en Argentina. El Hornero. Revista de ornitología neotropical / Aves Argentinas – Asociación ornitológica del Plata Volumen 22 Número 2 – Buenos Aires.
  • Rodríguez de la Fuente, Félix – 1983 – La Aventura de la Vida – Crónica de viajes de Félix Rodríguez de la fuente – Ediciones Urbión – Madrid.

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