El anta o tapir americano

93

♦ LA GRAN BESTIA

♦ El anta o tapir americano habita una gran porción de los territorios salvajes de América del Sur y llega en su distribución al norte de Argentina. Con un peso que alcanza los 300 kg y una longitud que supera los dos metros, su corpulencia ha dado pie a que se lo considere la “gran bestia”. A continuación nos adentramos en la vida, los hábitos y las características de un mamífero singular.

Un anta adulto y su cría se refrescan en las aguas de una laguna selvática. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

♦ Por Jorge Néstor Samaniego.

♦ Notas sobre distribución y situación poblacional por Elio Daniel Rodríguez.

♦ Fotografías por Elio Daniel Rodríguez y Finca Las Lauras.

♦ 22 – 04 – 2018

♦ Denominado “la gran bestia” con justas razones, el anta o tapir americano (Tapirus terrestres) es el mayor de los herbívoros que habitan nuestra región.

El gran anta alcanza, entre cabeza y cuerpo, una longitud de más de 2 m, más una modesta cola de 10 cm, teniendo una alzada aproximada de unos 110 cm. El peso de este voluminoso animal oscila entre los 250 y los 300 kg.

En su coloración predomina un marrón oscuro por el dorso, aclarándose por los flancos y hacia la zona ventral, como así también en el rostro. Las grandes orejas poseen, en el borde superior, una franja angosta blanquecina.

EL perfil de la cabeza es marcadamente triangular, con ojos bastante pequeños y algo hundidos.  Los pabellones auriculares y sus nasales son bastante desarrollados; de hecho, el oído y el olfato son sentidos con un agudo desarrollo en este animal. Por el contrario, no dispone de una buena visión, aunque de todos modos, esto no reviste gran importancia, ya que en el hábitat en que vive –la selva o el monte muy tupido- no necesita que sea muy desarrollada.

Los movimientos más apreciables que realiza el anta comienzan, al menos en el norte argentino, en horas crepusculares y nocturnas, y muy pocas veces diurnas. Fotografía: Gentileza Finca Las Lauras, JUjuy.

La nariz es comparable a una pequeña trompa, que se une al labio superior y está dotada de una gran movilidad. Cuando se mantiene en actitud de reposo, se dirige hacia abajo; razón por la cual, los primeros colonizadores lo consideraron como un animal extraño, recomposición de varios otros, entre los que se encontraba el elefante. Por cierto, las trompas de uno y otro son muy diferentes; el anta, sólo la utiliza como una nariz común, por supuesto, con un olfato muy notable. Por lo que hace a su supuesta propiedad prensil ha de aclararse que esta corresponde a los músculos del labio, que actúan como tales en la acción de alimentarse.

A los lados  del rostro posee unas cerdas sensitivas, al igual que casi todos los animales selváticos, que le permiten detectar obstáculos y esquivarlos.

Partiendo desde la frente hasta la nuca presenta un abovedamiento formado por una especie de crin equina corta, la que cubre también todo el cogote.

A pesar de la robustez que posee, el cuerpo es aplanado lateralmente, incluyendo la cabeza. Las cuatro extremidades son muy robustas y posee una agilidad sorprendente, una dentadura muy fornida y una fuerza hercúlea, lo que contribuye a conformar la fuerza defensiva de este notable mamífero.

La defensa que utiliza ante cualquier agresor es, en primera instancia, la escapatoria, arremetiendo contra cualquier obstáculo que le impida el paso. Si el atacante persiste en su cometido, buscará algún pozo con agua, bastante hondo, donde presentará batalla utilizando su poderosa dentadura y sus patas.

En el caso de que sean perros (utilizados, por ejemplo, por los cazadores), los sumergirá y aplastará con sus patas mordiéndolos hasta descuartizarlos para luego escapar.

Otra de las formas defensivas que intenta el anta, cuando el atacante es el jaguar, es la de arremeter a máxima velocidad por lo más denso del bosque, hasta poder quitárselo del lomo. Para su desgracia, no siempre puede huir así de las poderosas garras y dientes del máximo carnívoro de este continente.

El espesor de la piel del anta, actúa también como defensa. En la zona cervical tiene entre dos y tres cm de espesor y, además, dispone de una capa cartilaginosa en el sector de la cresta o crin, lo que la hace bastante resistente. La piel del anta es muy codiciada por los lugareños, para confeccionar cimbados y cabezales, los que son utilizados para someter a animales baguales, ya que se dice que estos elementos confeccionados con piel de anta son insuperables en fortaleza.

Una cría ya crecida acompaña a su madre en una recorrida nocturna. Fotografía: Gentileza Finca Las Lauras.

Algo muy curioso en la vida del anta es que tendría manías de bombero. Se dice que cuando percibe una fogata cerca de sus dominios, arremete furiosamente pisoteándola hasta apagarla. Sería interesante comprobar esta curiosísima actitud, ya que todos los animales temen al fuego con excepción del rinoceronte africano (del que es pariente), que también tiene esos hábitos y que, en su caso, están plenamente comprobados.

El anta vive una vida bastante pasiva y es un animal muy tranquilo. Los movimientos más apreciables que realiza comienzan, al menos en el norte argentino, en horas crepusculares y nocturnas, y muy pocas veces diurnas. A pesar de su volumen, es un animal difícil de ver, salvo que esté atravesando algún lugar descampado. Lo que es más fácil de encontrar, son sus profundas huellas en el suelo de la selva, con la marca de tres dedos correspondientes a  las extremidades traseras y tres a las delanteras, aunque a veces estas últimas dejan la marca de un pequeño cuarto dedo, hacia atrás y hacia afuera del rastro.

Prefiere vivir en lugares tranquilos, junto a cursos de agua y con abundante vegetación.

En el diario trajín suelen andar ejemplares solos, salvo en épocas de celo y en las que las hembras acompañan a su crías.

El celo comienza hacia el verano. Luego de una gestación de trece meses y medio, aproximadamente, paren una sola cría, muy raramente dos, a la que casi al año de vida  desplazan para que busque un nuevo territorio. Como todos los tapires, la cría tiene una librea muy marcada de color marrón rojizo con una seria de manchas blanco-amarillentas, en posición longitudinal, algo inclinadas en los flancos y dorso, tan cerca una de otra que parecen cadenas, y otras más pequeñas que alcanzan las extremidades y la cabeza. Estas manchas le ayudan a los pequeños increíblemente para pasar desapercibidos entre el follaje, como ocurre con muchos animales.

Aunque se diga que en cautiverio consume hasta carne en estado natural tiene una dieta fitófaga en un 99 %. A pesar de ello, su dentadura es muy similar a la de los queromorfos (cerdos y pecaríes), los que sí tienen una dieta omnívora. En nuestras selvas, el anta consume hierbas, hojas, incluso ramas delgadas, brotes tiernos y frutos silvestres, sin que se cuente con pruebas firmes de que consuma algún tipo de carne.

Ya que se ha mencionado la cautividad, ha de decirse que el anta se adapta plenamente a ella, no solamente desde pequeño, sino también si se lo atrapa ya casi adulto. Ya que es un animal muy tranquilo, no tiene problemas una vez instalado en un recinto con suficiente espacio, sobre todo si se le brinda un estanque donde pueda refrescarse, activar los intestinos para defecar, y para que se sienta protegido si se asusta. En cuanto a la alimentación, no tiene pretensiones.

El anta se alimenta de hierbas, hojas, ramas delgadas, brotes tiernos y frutos silvestres. Fotografía: Finca Las Lauras, Jujuy.

Los depredadores silvestres que lo acosan son, principalmente, el puma y el jaguar, siendo este último el que más ataca ejemplares de cualquier edad. A los cachorros de pocos días pueden atacarlos zorros, el hurón mayor y la lampalagua.

En lo que respecta a la situación poblacional, el anta se ha extinguido en el 46 % del área de distribución que poseía hace 100 años en Argentina, siendo actualmente las poblaciones que se encuentran en el Chaco Semiárido, una de las subregiones del Chaco Seco, las más amenazadas. Fue categorizado en 2012 como una especie “en peligro”.

En lo que se refiere a la caza que le da el hombre, esta no es muy acuciante, ya que los lugareños prefieren consumir la carne del pecarí y de la corzuela, y los cazadores deportivos, por lo general, buscan otras piezas.

Los antiguos abipones, imitaban la voz del anta, que es un silbido muy penetrante, para atraerlo, tras lo cual le daban caza con sus flechas.

Se distribuye desde Venezuela hasta el norte de Argentina, al este de los Andes y hasta la costa Atlántica.

El anta o tapir americano. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Bibliografía:

-Ojeda RA, Chillo V y Díaz Isenrath GB. 2012. Libro Rojo: Mamíferos amenazados de la Argentina. SAREM (Sociedad Argentina para el Estudio de los Mamíferos). Mendoza.

-Samaniego JN. 1997. Mamíferos del noroeste II. Comisión Bicameral Examinadora de Obras de Autores Salteños. Salta.

DEJAR UN COMENTARIO