El contacto con la naturaleza y el lugar del hombre en el planeta

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♦ UN DIÁLOGO ENTRE TITO NAROSKY Y ELIO DANIEL RODRIGUEZ (Parte 2)

♦ (Los textos que seguidamente se reproducen son continuación del dialogo denominado «Cómo nace un naturalista»,publicado también en Noroeste Salvaje)

♦ (Elio Daniel Rodríguez) Querido amigo:

Sus consideraciones sobre la niñez me traen a la memoria algo que pensé y escribí en algún lugar hace poco. Recuerdo que un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando lo anoté: “No sólo estamos perdiendo la naturaleza, también la estamos olvidando”. Esa noche, antes de dormir, me repetía a mi mismo: “¡Dios mío, estamos olvidando la naturaleza!”.

Cuando era niño, no existían demasiados materiales de difusión que llegaran a mis manos, pero ahorraba pesito con pesito para comprar los ejemplares de una colección de libros dirigida al público infantil; llevaba por nombre “La senda de la naturaleza” -Ediciones Plesa-, y contenía títulos tales como “Lagos y arroyos” y “Rocas y fósiles”; una tarde calurosa, en algún verano de la década de 1970, me sentí profundamente emocionado cuando pude por fin tener en mis manos el libro de Carlos Vigil, “Aves argentinas y sudamericanas”, de Editorial Atlántida. Más adelante, veía con fascinación los programas documentales de Félix Rodríguez de la Fuente, o de Jacques Costeau, o los que Francisco Erize presentaba desde Buenos Aires; siendo yo muy chico, recuerdo a mi padre soñando con una casita rodante, y las noches en carpa en cualquier lugar eran infaltables, al menos un par de veces al año.

Pero observo que hoy, aquel contacto que supimos tener con la naturaleza, parece estar desvaneciéndose. Los niños de una ciudad de medianas dimensiones, salvo casos especiales -y excluyo por supuesto a los que viven en ambientes rurales, aunque también este tipo de habitantes está retrocediendo numéricamente en relación a los que habitan la ciudad-, casi no saben lo que es pasar una noche en el reducido habitáculo de una carpa y sentarse a escuchar los sonidos de la noche alrededor de una fogata. En general, se siente temor de acampar en sitios desolados, mil distracciones con adrenalina asegurada están al alcance de todos -incluso en el interior de sus propias casas- y hasta puede suceder que el campo se haya retirado más lejos, empujado, por supuesto, por el avance de lo que llamamos civilización. En los kioscos hay revistas sobre casi cualquier cosa, pero cuesta encontrar algo dedicado a la vida salvaje, a los pájaros y a las plantas que nos rodean. En la TV, los canales de documentales casi no muestran naturaleza en su estado puro o más o menos puro -aunque por supuesto hay notables excepciones- y, desde hace ya bastante tiempo, más bien se embarcaron en la búsqueda de un rating que les permita seguir “al aire” mostrando cosas supuestamente graciosas, escenas superfluas sobre mascotas, o “aventureros” que tratan de sobrevivir en territorios “difíciles”. La belleza, la armonía, el placer espiritual que provoca la naturaleza, el sosiego que nos causa, el aprendizaje profundo que nos puede dar… todo eso queda, en la propuesta de los medios masivos de comunicación, en general, para otra oportunidad, que parece no llegar nunca. Me pregunto si esto fue sucediendo espontáneamente o si alguien -o muchos- quiso apartarnos premeditadamente, por algún motivo inconfesado, de las cosas hermosas de la naturaleza; después de todo, como se dice, “ojos que no ven, corazón que no siente”. Tal vez -reflexiono con cierta paranoia, o no- , el plan fue alejarnos del mundo salvaje para hacer con él toda clase de tropelías sin que lo notáramos y planteásemos objeciones más contundentes… puede ser, pero no lo sé.

¿Qué resultará de toda esta alquimia? Es difícil saberlo con certeza, pero sospecho que nada demasiado grato y edificador del alma humana. En los mayores, la ausencia de contacto con la naturaleza se traduce en nerviosismo, violencia, depresión… enfermedades físicas y psíquicas; cada vez hay mayor evidencia que lo demuestra. En los más chicos, la lejanía con el universo natural implica una disminución de las oportunidades de encontrarse con ellos mismos al descubrir y conocer la maravilla del mundo que los rodea. Incluso como padres nos equivocamos en eso, porque creemos que un niño crecerá más seguro entre las cuatro paredes de la habitación o del living, mirando televisión o jugando a “la play”. No queremos que se ensucien ni que se lastimen ni que se mojen ni que se resfríen. Pensamos, no obstante, que hacerlos cenar o almorzar viendo las noticias no les hará ningún daño. Somos fáciles de convencer: nos convencieron de ello como también de que dejarlos en el colegio en doble jornada, sin ver a sus padres más que por la noche, un rato, todos agotados, los ayudara para su futuro. El problema es que, querámoslo o no, somos parte del mundo natural y necesitamos a la naturaleza… como a nuestros padres.

Si el habernos alejado de la vida silvestre tiene lamentables consecuencias para el ser humano, también las tiene para la naturaleza. Siempre digo que si los niños del presente no conocen y, por tanto, no disfrutan de ella, para qué desearían protegerla cuando se conviertan en adultos. De alguna manera, presiento que hemos caído en una trampa; porque, quizás, cuando hemos sido lo bastante nobles como para transmitir el mensaje, solamente -o al menos mayoritariamente- nos hemos concentrado en la “utilidad” que podemos obtener de la naturaleza. Si enseñamos que a las cosas hay que preservarlas, protegerlas o conservarlas -no entremos en diferenciaciones difíciles, al menos por ahora- solo por la utilidad que nos pueden brindar tropezamos con la dura verdad de que para muchos las cosas son solo lo que valen y si no valen,  no son o pueden no ser. Y ese es un problema grave.

¡Fuerte abrazo Tito!

♦ (Tito Narosky) Querido amigo:

Tus reflexiones acerca de la distancia, cada día mayor, que nos separa del mundo silvestre, me llevan muy lejos en esta aventura del pensamiento y conducen hasta lejanías inconcebibles para nuestra mente, recordándome un cuento que leí, según el cual, hace unos 5000 millones de años -día más, día menos- el planeta Tierra era una piedra incandescente y los tiempos se medían en… pero dejemos eso pues nadie los medía. Esa roca, que giraba vertiginosamente en derredor de la estrella que la expulsara, se iba enfriando con pasmosa lentitud para la dimensión humana, aunque a nadie le importara, pues ninguna traza de vida fue posible en un planeta yermo, ardiente y sin oxígeno. Pero cierta vez, con fecha perdida en la madrugada de los tiempos, las condiciones magnéticas, químicas, climáticas y otras, que llamaremos mágicas por no saber cómo denominarlas, hicieron que surgieran los mares, que imagino de agua dulce. ¡Bah, no tan dulce, pues el azúcar todavía no lo producían cañas ni remolachas! Y, según ese cuento, hace unos 3500 millones de años, en el mar, aparecieron los primeros unicelulares, o sea seres vivos que, como nosotros, se reproducían. Lamentablemente no conocemos el día exacto, que debiera ser celebrado en todo el universo. La evolución, que es indiscutible y aún funciona fue, durante incontables siglos, transformando sus criaturas hasta esos enormes seres llamados dinosaurios, que por largo tiempo dominaron el mundo, hasta que el choque de un enorme meteorito enturbió la atmósfera, produciendo su extinción. O quizá fue de otra manera, pero permítaseme continuar el relato. Los esqueletos petrificados de esos grandes monstruos se suelen hallar en la Patagonia y en otros lugares del mundo.

Siguen trascurriendo los millones de años sin que la evolución se detenga. Animales y vegetales cubren la corteza ya enfriada de nuestro planeta. Aves, peces, reptiles, batracios y mamíferos, entre los animales cordados, desarrollan su competencia evolutiva y se van diversificando. A nosotros, particularmente, nos interesan los monos que en las copas de los árboles se alimentan de frutos, hojas y a veces, de pequeños animalitos. Luego de catástrofes que distinguen las épocas, entramos en la era cuaternaria. Digamos en los últimos minutos de la historia evolutiva, hace apenas unos dos millones y medio de años.

Desde aquí -y sigo contando de memoria la historia que leí alguna vez-, presuntamente por una gravísima sequía que asoló al África, algunos de esos antepasados bajaron de los árboles para probar fortuna en la llanura. Muchos murieron en el intento de adaptación, porque eran débiles frente a temibles competidores, pero tenían un arma que los demás no poseían: su particular inteligencia, capacidad que estos primates, como se los llamó después, desarrollaron espectacularmente. La evolución, por selectiva,  favoreció las ventajas de un cerebro especializado, y el resto de su organismo -no olvidemos que la evolución no tiene apuro- fue alterándose -existen pruebas fósiles de ello- favoreciendo la postura erecta. Esto les resultaba útil para distinguir presas y enemigos a distancia; también al erguir su cabeza les permitió un aumento de la capacidad craneana y procuró muchas adaptaciones más. Así, de ellos derivaron por un lado los monos antropoides, nuestros primos hermanos, y por otro, diversos representantes del género Homo, hasta llegar al Homo sapiens. ¡Pero cuidado!, falta mucho para este final de fiesta, según nuestra propia y modesta opinión.

Los monos que bajaron de los árboles, los homínidos –por llamar de algún modo a estos seres intermedios- y los Homo habilis, Homo erectus y los demás eslabones no perdidos fueron ampliando su distribución y su débil vocabulario hasta que surgió el “hombre sabio”, Homo sapiens, como con extrema humildad y delicadeza nos apodamos. Y por centenares de miles de años recorrimos, según el relato que leí, llanuras, valles, y bosques, recolectando lo que podíamos, cazando lo que teníamos cerca, con armas, al comienzo de piedra pero cada vez más sofisticadas. Por entonces en armonía con la naturaleza, como los demás animales depredadores, sin capacidad para aniquilar especies ni dañar al ambiente.

Pero nuestro singular intelecto nos reservaba otro rol en la Tierra: la aparición del Homo terrificus que, según el cuento que relato, fabricó edificios, máquinas rodantes, aparatos voladores y miles de muestras de su capacidad  y arrogancia unidas. De sus brazos endebles surgió una ametralladora, se las ingenió para ocultar en su cuerpo desnudo una granada, cargó sus extraños sumergibles con misiles atómicos, y como cualquier animal eliminó a sus contrincantes, esclavizó a sus presas para no tener que buscarlas, encerró frutales y plantas apetecibles en sus dominios, redujo la vida silvestre a mínimos letales y, con el sobrante de contenida agresividad, organizó sangrientas guerras de exterminio, hombres contra hombres. Además, como lo harían otros seres vivos, si pudieran, expandió su número y dominio hasta donde pudo, convirtiéndose en plaga para el ecosistema terrestre y peligro latente para la vida en el planeta.

Pero hay otra historia más corta, que también leí, para explicar los mismos fenómenos y, que entiendo, arriba al mismo resultado. Es un cuento según el cual todo lo que existe, estrellas, mares, montañas, animales y plantas están hechos para solaz o alimento del hombre civilizado, nacido el séptimo día a partir de la creación del Universo. Así se acorta el cuento, simplificándolo y haciéndolo por lógica más popular. Entiendo que ambos relatos fueron escritos por hombres, pero eso es más evidente en la última historia, pues en ella, dado nuestro carácter de semidioses -a imagen y semejanza del Creador- en un libro que consideramos sagrado, nos otorgamos el derecho de matar, esclavizar, despellejar o lo que se nos ocurra, a todos los seres salvo a nosotros -con excepciones-. Además trasmite la idea de que la historia en la Tierra comienza con el hombre. Que nada existió antes. ¡Quién nos lo va a discutir si ningún otro ser escribe libros!

¿No pensás, Daniel, que la esencia de ambos relatos procura alejarnos del mundo silvestre, y peor aún tiende a destruirlo?

¿Podrán unas voces aisladas torcer un rumbo que parece inamovible y que sin duda está en la esencia de nuestra especie? Tal vez sí.

Si no lo creyese posible no escribiría más.

Un abrazo y hasta pron…    Tito

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