El Crestón

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CERRO TUTELAR DE METÁN

Por Enrique Pantaleón

El Crestón está ubicado en una zona transicional entre la cordillera Oriental y las sierras Subandinas, aunque, en sentido amplio, el bloque montañoso que lo contiene puede considerarse perteneciente a la cordillera Oriental. Está distante a unos 30 kilómetros aproximadamente, en línea recta, de Metán, y es la divisoria entre la sierra de Guanacos y la de Metán. Alcanza casi los 3270 m s. n. m.

La ruta más habitual por la que ascendíamos a esta elevación montañosa, parte desde la finca La Bodega, cercana al dique Cabra Corral y que se encuentra en una zona que administrativamente depende de coronel Moldes. Desde allí se sube hasta un lugar que recibe la denominación de Lomas Coloradas, luego se llega al arroyo Morales, y de ahí a un puesto, que por muchos años estuvo habitado por un hombre que permanecía en soledad durante todo el año; así es que cuando llegaba a ese lugar cualquier persona, él se desquitaba para hablar, dando rienda suelta a sus historias y anécdotas, porque prácticamente no dialogaba nunca con nadie.

Allí se pasaba la primera noche. Al segundo día nos dirigíamos a Aguas Verdes, que era el último lugar donde había agua, y se subía al cuello del Crestón, ya arriba. Ahí se hacía el segundo campamento.

Enrique Pantaleón camino aEl Crestón. Fotografía: Enrique Pantaleón.
Enrique Pantaleón camino a El Crestón. Fotografía: Enrique Pantaleón.

Al día siguiente, es decir, durante la tercera jornada, se hacía cumbre y se bajaba ya en la selva metanense, exuberante, y que no tenía nada que ver con el paisaje por el que habíamos pasado anteriormente, en donde la vegetación se presentaba achaparrada y espinosa. Después bajábamos por el Despeñadero de Felipe hasta Nogal Solo, cuyo paisaje consistía básicamente en un claro grande donde se levantaba un nogal solitario, motivo por el cual había recibido ese nombre. Luego nos dirigíamos a Balderrama, que era un puesto de cría de ganado, y pasábamos por el río de las Conchas, hacia Metán.

Pero hay otras rutas posibles. Algunos ascendían por una ladera que se dirigía al Morro de los Venados, de allí cruzaban en diagonal, llegaban a una cueva en la que pasaban la noche, y al día siguiente hacían cumbre.

Alguna vez yo también subí al Morro de los Venados. Había llegado a Salta gente de Buenos Aires con la intención de instalar una antena repetidora para un canal de TV de la ciudad capital. En aquella oportunidad, fuimos a visitar en Metán a Baltazar Guzmán, que era conocido como el “custodio del Juramento”. Ya lo conocí de viejito y dueño de una tupida barba blanca. Entonces, estaba resfriado. Tenía a los pies de la cama su poncho rojo, unas botas de cuero al lado y, en una silla, la ropa de gaucho. Nos invitó café, pero algunos no estaban seguros de querer tomar aquello, así es que nos ofreció un whisky, de una marca importada.

-¡Eh, don Baltazar! ¿Cómo es que un gaucho como usted ande tomando whisky importado? – le dijo socarronamente uno de los técnicos.

– Mire amigo -le respondió Guzmán-. Habiendo papel higiénico, no me voy a limpiar el trasero con el lomo del cuchillo, ¿no?

Integrantes de una excursión de ascenso al Crestón junto a trabajadores de la construcción del dique Cabra Corral, cuando se efectuaban los trabajos para la realización del mismo. Fotografía: Enrique Pantaleón.
Integrantes de una excursión de ascenso al Crestón junto a trabajadores de la construcción del dique Cabra Corral, cuando se efectuaban los trabajos para la realización del mismo. El segundo parado desde la izquierda es el autor de esta nota. Abajo, el tercero también desde la izquierda es José «Juanito» Fadel. Fotografía: Enrique Pantaleón.

El nombre de Crestón obedece a la forma de sus partes más altas, que, al tener tres cumbres, adquieren la forma de una cresta de gallo. Se ubica una al lado de la otra, si uno las ve de lejos, siendo la del medio la más elevada.

En cuanto a las dificultades que presenta su ascenso, hay que señalar que en sus partes altas existen rocas enormes, a las que hay que superar desarrollando técnicas de escalada, pero libre; no se llega a necesitar cuerda, aunque algunos las utilizan por seguridad. Por debajo de ese sector se presentan pastizales, más abajo todavía están los bosques de aliso y luego la selva.

Algunas leyendas aseguraban que en la cumbre había una laguna y que de esa laguna salía música. Eran, según los relatos de lugareños, melodías que embelesaban, y cuando la persona se acercaba a mirar, veía gente bailando ahí abajo; entonces arrimaba su cara un poco más al agua para ver mejor, y de pronto, contaban, se desataba un fuerte viento, lo tiraba al incauto y lo mataba. De todos modos, la verdad es que cuando se llega a la cumbre no hay agua ni para tomar.

Otra leyenda decía que había un toro con astas de oro, que le aparecía de improviso al caminante, lo atropellaba y lo desbarrancaba. Eso pasaba, según aseguraban, en el lugar que recibe la denominación, en virtud de esa leyenda, de El Filo del Asesino, y que está ubicado a una altitud superior a la del arroyo Morales, constituyendo un paso estrecho por el que se asciende a la montaña.

Ciertamente, El Crestón es misterioso porque, además, entre otras cosas, cerca de la cumbre hay multitud de promontorios rocosos de gran tamaño, y se nota lo que podría interpretarse como un gran desorden; es allí, justamente, en virtud de esto que narro que hay profusión de cuevas y refugios. Y eso ayuda a incrementar su aspecto misterioso.

En una zona cercana se ubica el escenario de lo que se ha dado en llamar “tesoro de Matancillas”, que justamente lleva ese nombre porque se dice que todos los que sabían dónde había sido enterrada la fortuna, fueron asesinados. Hay otra historia que asegura que cierta vez, un hombre entró a una cueva y allí encontró el tesoro, pero cuando salió para avisar, la cueva se cerró y solo quedó una fisura con forma de víbora marcada en la roca. La creencia es que eso indicaba que aquel tesoro no era para él. Observé con mis propios ojos aquella fisura de la que se dice eso; cualquiera puede hacerlo, pero de si hay o no un tesoro escondido allí, nadie podría asegurarlo.

El cerro fue un enigma para muchos durante largo tiempo, porque la gente sentía cierto temor de ascenderlo. Miraban al cerro con recelo y hasta con desconfianza. Era un cerro prohibido. Se pensaba que cuando cualquiera llegaba hasta él y trataba de treparlo, el cerro “se enojaba” y eso se traducía en el hecho de que inmediatamente se nublaba y hacía extraviarse al caminante. Si se pretendía igualmente seguir subiendo, se abatía sobre el incrédulo la tormenta, por cuanto tratar de treparlo era imposible.

Andinistas en la cumbre de El Crestón. Fotografía: Enrique Pantaleón.
Andinistas en la cumbre de El Crestón. Fotografía: Enrique Pantaleón.

Esto siguió siendo así hasta que un personaje llamado Tomás Vizcarra informó a los vecinos de Metán que un día determinado a cierta hora, en la noche, iba a encender fuegos artificiales y haría explotar bombas de estruendo en la cima del Crestón. Y así lo hizo, con lo que todos se enteraron de que llegar a la cumbre era posible. La mezcla de respeto y temor que los lugareños sentían hacia la mole rocosa se extendió hasta principios de la década de 1960, tiempo en el cual hizo su aparición don Tomas y comenzamos también nosotros, los andinistas, a trepar sus laderas para llegar a la cumbre. Antiguamente solamente se recorrían las laderas bajas para cazar y algunas otras actividades, pero nadie intentaba llegar hasta la cumbre, porque se creía que el mismo cerro consideraba a eso una profanación.

En el lugar se cazaban chanchos de monte y venados, y por ello existe aquel sitio, una saliente situada por debajo de las crestas más altas que dan nombre el cerro, que recibe el nombre de Morro de los Venados. También se ven cóndores -que se observan siempre cerca de la cumbre-, iguanas, tucanes, zorros, etc.

Son habituales en las zonas altas, pero no demasiado abundantes, las nevadas. Cambia mucho la temperatura a medida que se asciende el cerro y los vientos de considerable intensidad, a determinadas alturas, son característicos. Por otra parte, no es difícil perderse en el Crestón. Esto obedece a que la vegetación es muy cerrada y hay un gran número de quebradas que desorientan al caminante.

Cierta vez un muchacho de 18 años, Billy Fairshurts, fue a cazar con dos amigos. Se perdió. Nos llamaron de la policía para efectuar el rescate, y hacia allí fuimos. Lo encontramos gracias a los pobladores del lugar, que son baquianos extraordinarios. En realidad, debe mencionarse fundamentalmente a un baquiano, don José Sarapura -a quien ya conocíamos, porque todos los años íbamos a esa zona para realizar la clásica salida de la escuela de guías- que estuvo acompañado por dos hermanos que se unieron a la búsqueda. Sarapura vivía en Nogal Solo y me conocía bien, por cuanto yo había llegado hasta ese lugar en numerosas ocasiones; a Fadel, que también formaba parte del grupo de búsqueda, también lo conocía. En seguida determinaron cosas como que “por aquí no han pasado”, “por aquí han hecho la carpa”, “aquí encendieron el fuego”, etcétera. Al día siguiente, encontramos a quien buscábamos, pero muerto.

El trabajo de los rastreadores es singular. Hay que entender primeramente que un habitante del campo se guía en el monte como un habitante de la ciudad se maneja en el barrio que conoce. Saben dónde está cada árbol y cada recodo del sendero. Por otra parte, como rastreadores están capacitados para entender señales muy sutiles que les brinda el medio. Si el pasto está achatado en un área rectangular o cuadrada y hay orificios en las esquinas se deduce que es donde se clavaron las estacas y se armó una carpa. Un palo quemado implica que se encendió un fuego y se permaneció en el sitio. Pero no se trata solo de interpretar las señales y los indicios, primeramente ¡hay que encontrarlos!

Cuando hallaron cosas como esas, comenzaron a ascender la ladera, pero pronto regresaron diciendo que los del grupo que componía el muchacho perdido no habían subido y que había que caminar hacia abajo, siguiendo el arroyo. Y efectivamente, al día siguiente, encontramos el cuerpo con un disparo en la cabeza, a las 8 de la mañana, bajando el arroyo, como decían los rastreadores.

Fue un caso problemático. Después de haber descubierto el cuerpo sin vida del infortunado, nos preguntábamos qué hacer. Si lo dejábamos allí, en poco tiempo los animales salvajes se cebarían en él y solo quedarían despojos, tal vez irreconocibles. Si alguien se dirigía a buscar a la policía, los que nos quedáramos deberíamos esperar días mientras la putrefacción se iba adueñando del muerto. Ante esas opciones, decidimos bajarlo. Lo atamos en una mula y comenzamos el descenso. Cuando llegamos abajo, nos subieron en una camioneta junto con el cuerpo. Llegamos a Metán; estaba todo el pueblo convulsionado. Entonces nos dijeron que la camioneta que nos transportaba iba a pasar muy lentamente por la seccional de policía, y que teníamos que tirarnos y entrar corriendo. Cuando así lo hicimos, sobrevino lo menos esperado.

– ¡Vos para aquí! ¡Vos para allá! ¡Y vos allá! – Nos gritaron dándonos órdenes y separándonos como si fuéramos delincuentes.

Así nos introdujeron a los tres, a «Juanito» Fadel, a Francisco Pintado y a mí, en tres calabozos distintos, y allí permanecimos incomunicados, porque se nos dijo que aquella era una orden del juez, que entendía que el cuerpo no debía haber sido movido del sitio en el que fue hallado. Y esto sucedió así a pesar de que se nos había pedido nuestra colaboración para buscar al desaparecido, que habíamos prestado nuestra ayuda desinteresadamente y que habíamos encontrado al fallecido. Por suerte, después de un tiempo, nos liberaron, pero, no obstante, debimos ir a declarar a Metán en numerosas oportunidades; todas las veces que se les ocurría. Teníamos que pagarnos nosotros el pasaje, perder tiempo del que no disponíamos, esperar ser atendidos… Todo por querer colaborar en la búsqueda de un hombre perdido entre las montañas. Finalmente, tuvimos que decir que nuestro bolsillo ya no aguantaba, y entonces comenzaron a tomarnos declaraciones aquí a Salta.

En Balderrama, un puesto ganadero, vivía el “Pila” Borja. Nos contaba que cierta vez, en medio de la selva, habían encontrado una plataforma que, según él decía, parecía de cemento, y allí estaba incrustada una escopeta, un naranjero; esas armas que terminaban en una boca bien abierta. Había sido introducida allí de manera tal que lo único que se veía era la parte metálica, porque además la madera se había corrompido.

– ¿Y qué hicieron con eso? – le pregunté.

– ¡Y nos hemos ido! – me respondió.

Fuentes consultadas:

– Alonso, R. N. 2011. El cerro Crestón de Metán. Diario El Tribuno. Salta. 5 de septiembre de 2011.

– Fadel, José. 1977. Mi amiga la montaña. Fundación Michel Torino. Salta.

1 COMENTARIO

  1. Buenas tardes. Muy buen artículo. Quería contactar al autor del mismo para solicitarle información para intentar el ascenso. Muchas gracias!

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