El especismo y nuestro lugar en el mundo

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♦ UN DIÁLOGO ENTRE TITO NAROSKY Y ELIO DANIEL RODRIGUEZ (Parte 3)

♦ (Los textos que seguidamente se reproducen son continuación del dialogo denominado «El contacto con la naturaleza y el lugar del hombre en el planeta», publicado también en Noroeste Salvaje)

♦ (Elio Daniel Rodríguez) Querido amigo Tito:

El tema es muy profundo, y confieso que se me presenta como superior a mis posibilidades, pero intentaré hilvanar algunas ideas. Considero que, aunque por supuesto hayan sido cuestiones contadas así, ni la historia de la evolución es un relato lineal en el que el hombre ocupa la máxima expresión de lo alcanzable, ni tampoco, claro está, que el mundo ha sido creado para nosotros, o, al menos, no para nosotros solamente.  Me cuesta pensar en un Dios que haya dispuesto que una especie en particular se convierta en la administradora de todo lo que existe -menos aún, que haya nombrado administradora a una especie tan irresponsable como nosotros-, y tanto una cosa como la otra sospecho que responden a nuestra flagrante egolatría y a una arrogancia sin límites. Intentando comprender el mundo, la ciencia muchas veces nos presentó, queriéndolo o no, como el súmmum de lo realizable, aquello a lo que estaba predestinada la evolución, la cima de lo existente. Buscando adorar a un Dios en particular, da la sensación en casos como este de que el hombre sólo se adorase a sí mismo, haciéndolo bajo otra forma y con el argumento de que eso es voluntad de un ser superior.

Para comenzar, creo que el misterio del origen y finalidad de las cosas es insondable para los hombres.  Solo podemos acceder a algún grado de convencimiento por la fuerza de la fe, aunque le confieso que a veces, viendo la maravilla que es nuestro mundo y el universo en su conjunto, me digo a mi mismo que nada pudiera ser posible sin la intervención de un Dios, como quiera que sea y se llame. No obstante, concluyo que nada de lo que yo pudiere pensar o argumentar acabarían dándome la respuesta. ¿Si creo en Dios? Sí, creo; mas no tengo la convicción. No puedo acceder a Él con el solo auxilio de mis sentidos ni puedo probarlo con la única herramienta de mi limitada razón. Desde ese punto de vista Dios es para mí una creencia (más no una convicción), tal vez una suposición, y una esperanza. Me digo a mí mismo: “ojalá tenga yo razón y Dios exista”. Veo la naturaleza, la sonrisa de mis hijos, la cola moviéndose de alegría de mi perro, la salida de la luna y pienso: “sí, Dios debe existir”. Veo el odio entre las personas, el sufrimiento, la enfermedad… y me digo: ¿Cómo encaja esto con aquello? Aunque intuyo a Dios, no puedo probarlo.  Soy consciente de que esta agnosis podría trocar mañana en otra cosa. ¿En más fe? No lo sé. Tal vez en mejor entendimiento. No obstante, como comprendo que sus reflexiones no iban al punto exacto de cuáles son mis creencias o convicciones, vuelvo al hilo conductor de nuestro diálogo.

La Biblia dice en el Génesis: “Y les dio Dios su bendición y dijo: Creced y multiplicaos, y llenen la tierra, y gobiernen en ella, y dominen a los peces del mar y a las aves del cielo y a todo animal que se mueve sobre la tierra”. Viendo los desastres que hizo y hace el hombre con su planeta, cualquiera podría volver la mirada a esa frase y pensar que, habiendo creado un mundo tan hermoso, aquella no fue la mejor idea que Dios pudo tener y que no es lo más feliz que pudo ser escrito, pero una persona de fe podría decir que gobernar no es aniquilar, que ser el rey no es ser el tirano, que ser el administrador no es ser el verdugo. Y podrían tener razón.

Pero interpreto que esta concepción del hombre como gobernante -¿amo y señor?- del planeta seguramente produjo a lo largo de los siglos y milenios un enorme efecto sobre el tipo de trato que le dispensamos a nuestro mundo y sus seres vivos. Y creo que es más probable que la Biblia sea una  expresión de nuestra naturaleza que nuestra naturaleza una expresión de la Biblia. Es decir, es muy posible, independientemente que Dios exista o no, que nosotros hayamos desarrollado intelectualmente una idea de divinidad a imagen y semejanza nuestra y no al revés.

No obstante, tiene usted razón: si nos arrogamos el derecho de gobernar sobre el mundo ¿cómo lo haremos sino con nuestras limitaciones, egoísmos, individualismo, mirada cortoplacista, crueldad e irresponsabilidad? No estamos preparados ni intelectual ni espiritualmente para ser los “amos y señores” del mundo; y la prueba está en que lo estamos destruyendo.

Desde el punto de vista científico pasa algo semejante: ha llegado hasta nosotros la idea de que el hombre ocupa el lugar de la cúspide en el proceso de la evolución, el sitio más alto en lo alcanzable por la vida. Inconscientemente, nos repetimos a nosotros mismos: “A nada más perfecto puede aspirar un ser viviente sobre la Tierra”; pero es obvio que no somos perfectos, que recién llegamos al escenario de la vida comparándonos con otros tipos de existencia, y que la vida tal vez no tenga ninguna cúspide, que todos somos seres que se adaptaron a vivir en un mundo con determinadas características; algunos mejor, otros peor; algunos con armas que duraron millones de años, otros con herramientas que podrían llevarlos a la autodestrucción de manera prematura, o al menos rápida. Quizás este último podría ser nuestro caso.

Somos limitados, vulnerables, menos “inteligentes” de lo que pensamos, seguramente menos parecidos a Dios de lo que imaginamos. Nuestros errores de percepción y acción son la expresión de nuestras limitaciones. Tenemos una mirada sesgada, parcial y subjetiva de la realidad, pero ¿podríamos culparnos hasta el tormento por esa mirada? ¿No estamos pidiendo más de nosotros mismos de lo que podemos realmente dar? Si es así, el futuro es oscuro, pero si podemos cambiar, quizás tengamos esperanza.

Por ahora, la pregunta es: ¿qué hacer con todo esto? ¿Cómo conciliar nuestra especial apreciación sobre nuestro lugar en el universo con una convivencia viable con las demás criaturas de nuestro mundo? Una posible respuesta podría ser parar. Parar y pensar. Pero “parar” no es cosa fácil en estos tiempos. Menos aún si se considera que nuestra especie desde hace mucho que se cree imparable.

♦ (Tito Narosky) Amigo Elio:

Tus dudas sobre el destino del hombre en su conflictiva relación con la naturaleza, al mismo tiempo que denotan profundidad de análisis, marcan, con la dureza del escalpelo, una incisión en el pensamiento tradicional, ese pensamiento que nos señala un camino del que difícilmente podamos apartarnos, aunque ambos lo intentemos.

Me refiero simplemente a los mandatos, al conocimiento ancestral, al saber heredado tras milenios de trasmisión oral y luego escrita. Nada sencillo es separarse de lo que es nuestra sabiduría específica y razonar como si fuésemos otra especie, o mejor aún, como si fuésemos una abstracción que representa a todos los animales y vegetales, es decir a la vida. Es posible que no logre apartarme de mi condición de integrante del grupo que constituimos y, sin embargo, aquella es mi intención en esta charla. Ver al hombre desde alguna distancia.

Entiendo tu deísmo como parte de la herencia, pero, al tiempo veo que tu capacidad intelectual te permite la duda científica. La ciencia que supone haber alcanzado un conocimiento inamovible resulta ramplonamente dogmática y no es verdadera ciencia. Las religiones son por naturaleza dogmáticas y deben serlo, pues no resisten un análisis crítico  –o sea científico- de sus creencias. Si a menudo desviamos nuestro debate –amistoso intercambio de suposiciones– hacia la existencia o no de Dios y su legado bíblico, es porque esta fase de nuestra cultura tiene enorme injerencia en las decisiones sobre el destino del mundo natural. No influye sobre el enorme poder humano, que deriva de un intelecto súper desarrollado, sino sobre su actitud hacia el entorno. Este mono lampiño es el más inteligente de los seres que habitan el planeta, pero las demás características  que nos atribuimos –administrador de los recursos, rey entre los seres vivos, semidiós, cúspide de la evolución y demás- son claramente producto de nuestra megalomanía. Tampoco creo en maldades intrínsecas. Supongo que cualquier otro animal con el mismo poder, actuaría del mismo modo. Para comprobarlo, tan solo confiramos poder al último personaje en la escala social y veamos cómo actúa. Por otro lado, la mejor prueba de que la Biblia fue escrita por hombres y que nadie ajeno a nuestros intereses la dictó, es ese mandato al que hacés referencia   “Y les dio Dios su bendición y dijo: Creced y multiplicaos, y llenen la tierra, y gobiernen en ella, y dominen a los peces del mar y a las aves del cielo y a todo animal que se mueve sobre la tierra”.

Solo un integrante de nuestro grupo animal pudo escribir tamaño absurdo, tal injusticia. Nadie más. ¿Cómo compatibilizar sino la existencia de vida, millones de años antes de que, por evolución, apareciera el hombre sobre la Tierra, con la cosmogonía judeo-cristiana donde este hecho aconteció apenas unos días después de la creación del universo? ¿Y el Homo erectus, el Homo habilis, el Homo neardentalensis  y demás hombres que convivieron con el Homo sapiens tuvieron los mismos derechos que este a devastar el planeta? La ciencia, o sea el equivalente del conocimiento actual va descubriendo, sin proponérselo, la falacia de nuestro origen divino. Geología, Paleontología, Arqueología y demás, van hallando verdades que, aunque siempre parciales, desalojan de sus posesiones a las supersticiones y demás creencias mágicas.

Mientras no nos despojemos de nuestro “especismo”, el proceso de aniquilación del entorno natural –nuestro supuesto derecho divino- seguirá creciendo. No descubro otra salida.

Dedicaré  el último párrafo a razonar sobre especismo,  neologismo creado por mi necesidad, en la década de 1970. Término sencillo, lógico si se quiere, pero que para comprenderlo se necesita desprendernos un tanto de nuestro egocentrismo y observar a cierta distancia la condición humana.

Especista es quien cree que nuestra especie es superior a todas las otras. Para nuestra formación, el hecho de que seamos superiores no es una creencia sino una realidad indiscutida. De allí la dificultad, pues la palabra pone en duda esa realidad. Decirle a un humano, que cree firmemente que el hombre constituye la cumbre de la evolución, que todas las especies –una cucaracha, por ejemplo- comparte esa distinción, le suena ofensivo. Y sin embargo así es. Tampoco resulta sencillo convencer a un racista acérrimo, de que las que supone razas inferiores, no se diferencian evolutivamente de su grupo de pertenencia; de su “raza superior”. Pero quizá, razonando, lleguemos a comprender el sentido del término. Lo realmente difícil es desprendernos de su mochila. Dejar de ser especistas. Pedirle al hombre que abandone su condición de noble y baje al llano de la vida.

Pero mientras este mono inteligente, se siga sintiendo rey de la creación gracias al poder criminal de sus armas, sus súbditos –en realidad sus iguales- corren peligro de muerte.

 

 

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