El estudio de las cactáceas

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♦ UNA FAMILIA DIFÍCIL

♦ Por Lázaro Juan Novara

♦ 30 – 03 – 2019

♦ Las cactáceas, al igual que los claveles del aire, el ananá y sus aliados (bromeliáceas), son plantas exclusivamente americanas. Siendo muy modernas, han evolucionado durante el Terciario, después que la tectónica de placas separó África y Europa de América, formando el océano Atlántico.

Durante todo su desarrollo evolutivo, fueron adquiriendo y sumando caracteres relacionados con la economía del agua, esto es, estrategias tendientes a evitar la pérdida de ese elemento. De esta manera fue que adoptaron formas muy peculiares e inconfundibles, las que hoy llamamos como de “aspecto cactiforme”.

El tipo de nicho ecológico tan particular, que fue ocupado en América por las cactáceas, en otros continentes ha sido cubierto por diversas familias de plantas, casi nunca relacionadas entre sí y que parecen verdaderos cactus. Uno de los ejemplos más notorios son las euforbiáceas y las asclepiadáceas cactiformes, de África y Madagascar. Mientras los individuos se hallan estériles, resultan imposibles de distinguir de los verdaderos cactus, porque son idénticos  a ellos. Solamente cuando se encuentran en flor y/o fruto, se observa que los mismos no tienen nada que ver con los que corresponden a esta familia.

Rhipsalis lorentziana, en las selvas de Jujuy. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Es por estos motivos que en Europa los cactus se consideran como “plantas exóticas”; allí realmente lo son. Llaman muy especialmente la atención de la gente, razón por la cual en todos los países se han fundado muchísimos clubes o asociaciones de amigos que promueven el cultivo ornamental y la colección de estas plantas. Cabe destacar que se fomentan además los viajes de recolección a América y se estimulan los estudios taxonómicos científicos, otorgando becas y subsidios para la investigación, o bien publicando revistas especializadas en cactáceas y plantas suculentas.

Lamentablemente estos nobles ideales no siempre cumplieron con eficiencia sus objetivos. Muchos horticultores o simples aficionados sin entrenamiento científico en botánica sistemática cometieron la imprudencia de escribir defectuosamente sobre estas plantas, creando una situación caótica en la taxonomía de la familia, que hoy se presenta como muy difícil de solucionar.

Otra situación desfavorable que atenta contra el estudio y conocimiento taxonómico de estas plantas es la extrema dificultad de procesar y secar, o bien conservar el material de herbario. Son, a veces, muy difíciles de recolectar por sus espinas, y casi imposibles de herborizar, prensar y secar por sus suculencia. La forma tradicional de conservarlas es en grandes recipientes de boca ancha con tapa hermética. Se las sumerge en líquido conservador compuesto por grandes cantidades de reactivos químicos para nada económicos (formol, ácido acético, alcohol etílico y glicerina líquida). Cuesta una pequeña fortuna formar colecciones más o menos completas de cactus conservados para estudios taxonómicos.

Existen géneros integrados por arboles muy vigorosos, que solamente podrían cultivarse y crecer en invernaderos (tal el caso de Opuntia, que agrupa las “tunas”, y de muchas cereóideas, como los cardones de la Puna y de la Sierra). Formar colecciones vivas para estudio, requiere de costosísimas instalaciones en los centros europeos de investigación, que nunca estuvieron muy dispuestos a pagar. Lo mismo pasa en Argentina. Los principales cactólogos científicos trabajan en instituciones de Buenos Aires, plena pampa húmeda, donde debido al exceso de agua requieren de las mismas instalaciones que en Europa para trabajar.

Otro hecho que complica enormemente los estudios de las cactáceas es la inestabilidad genética de sus especies, unido esto a la uniformidad morfológica de sus flores y frutos. Por tratarse de una familia tan joven y de reciente origen carece aún de estabilidad en  sus cromosomas, por lo que los cruzamientos entre especies e incluso géneros diferentes son muy normales y frecuentes.

Por estos motivos los cactus son uno de los grupos más confusos y mal estudiados de plantas en América. Un hecho demuestra: la disparidad de criterios en cuanto al número de géneros que consideraron los principales cactólogos para esta familia. Así Schumann solamente considera 21 géneros, Vaupel acepta 26 y Berger 41, mientras que Britton y Rose creen ver 84 géneros, Bauxbam 160 y Bekeberg nada menos que 220. Algo similar, pero no tan acentuado, ocurre con el número de especies, con cifras que varían entre 1200 y 2000 para toda América.

Trichocereus atacamensis en la Recta de Tin-Tin, Salta. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

 

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