El gato montés

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BUEN TREPADOR Y CULTOR DE LA OSCURIDAD

Por Jorge Néstor Samaniego

Con notas sobre distribución y estado de conservación por Elio Daniel Rodríguez

Como su nombre lo indica, el gato montés (Oncifelis geoffroyi) sólo vive donde encuentra, al menos, vegetación arbustiva, puesto que en sus hábitos tiene gran predilección por la actividad arborícola. Es allí donde encuentra el refugio adecuado, en los huecos de los árboles, donde también halla gran parte de su alimento.

Nuestro gato montés puede llegar a medir unos 60 cm de longitud, para la sumatoria de cabeza y cuerpo, y unos 40 cm más para el apéndice caudal.

El pelaje es hermoso, lo que, principalmente durante las décadas de 1970 y 1980, ha ocasionado una caza desmedida por la demanda comercial, ya que, como es sabido, con su piel se confeccionan numerosas prendas femeninas. El pelo es algo corto y muy suave, de una coloración baya suave y, a veces, con un tinte anaranjado. Sobre este existen numerosas manchas o lunares de color negro, y en sus extremidades, también se presentan rayas. El área ventral es blanca y con lunares algo mayores que en el resto del cuerpo. La cola, que tiene como fondo un bayo claro, posee además unas doce bandas o anillos, que, al comienzo de la misma son puntos o lunares de color negro. Las orejas son negras, con una mancha blanca del lado externo, típica característica de los félidos manchados. También existen ejemplares melánicos; estos parecen ser más comunes en la zona del delta del río Paraná y en la región pampeana.

Este gato, como la mayoría de los mamíferos, tiene senderos trazados entre la vegetación, que son difíciles en algunos casos de detectar. Es por donde transita para realizar sus actos cotidianos, lo que no quiere decir que jamás se aparte de ellos. Por regla general, las actividades las comienza al atardecer, prosiguiendo durante la noche y hasta el alba.

Así, para cumplir con su función más elemental, que es la de buscar sustento, deambula solitario, cazando pequeños roedores, aves e, incluso, algunos insectos. Cuando ejecuta esta actividad cinegética, sus muy desarrollados sentidos se sincronizan de manera tal que –como a todos los felinos– son dignos de observar y admirar, ya que los movimiento que realiza son sumamente plásticos, armoniosos, sigilosos y contundentes, y muy rara vez fracasa en el intento de capturar sus presas.

Tanto el gato montés, como la mayoría de sus parientes, logran capturar sus presas al acecho. Para concretar esto, suelen apostarse encaramados en los árboles o arbustos, o también llegan a ocultarse entre los pastos. De esa manera, por el color de su piel, es muy difícil que la presa lo descubra, salvo por algún hecho fortuito para la potencial víctima, como un cambio en la dirección del viento, que puede llevar hasta ella el olor del depredador, o por el hecho de que lo aviste algún integrante del grupo atacado, que ocupa el lugar de vigía. Si esto no ocurre, el gato espera que la presa se acerque todo lo posible, de manera que le permita saltar sobre ella en forma fulminante, clavando las garras hirientes hasta matarla. El lugar donde suelen morder a la presa varía de acuerdo al volumen de esta. En el caso de presas pequeñas, asestan un mordisco en la cabeza, triturándola. En el caso de presas grandes, que igualen o sobrepasen su propio tamaño, acostumbran a morderle la garganta, lo que es suficiente. Todo esto acontece en pocos segundos, sin que el gato ceda la presión constante y poderosa que aplica con sus filosas y retráctiles garras. Luego, se dirige con la presa transportándola en su fuerte boca a un lugar tranquilo, donde comienza a arrancarle las plumas o pelos casi en su totalidad, antes de comenzar a comerla.  De igual manera, incluso  cuando la presa es destinada a sus cachorros, realiza la misma operación. También tiene por costumbre cazar al rececho, cuando las víctimas se encuentran alistándose para dormir, momento en que les cae como un rayo.

Durante el día, se encuentra descansando, como solo los gatos saben hacerlo; completamente relajado sobre alguna rama de los grandes árboles, en espacial aquellos que son acariciados por los rayos solares, ya que les agrada en extremo tomar largos baños de sol. Luego, se acicala cuidadosamente y sigue durmiendo o dormitando en las ramas,  o se dirige al hueco que utiliza como guarida y que, por lo general, está en el mismo árbol en que descansa.

En muchas oportunidades, se han detectado sus guaridas, gracias a las heces de estos animales, pues tienen por costumbre excretar en alguna oquedad de las ramas muy cercanas al agujero donde tienen su refugio. En algunas oportunidades, en guaridas abandonadas, se encontraron heces bastante viejas que, al parecer, se conservan muy bien a pesar de las inclemencias del tiempo. El gato montés no solo deposita sus excrementos en los árboles. También lo hace en otros lugares, como en los senderos por los que transita, como una forma de demarcación de territorio.

Es muy evidente el marcado signo de demostrar la posesión de la cueva al excretar en forma casi constante muy cerca de la entrada.

Este gato, a veces comparte los senderos con los zorros, habiéndose encontrado huellas en algunos lugares en donde en la mayoría de los casos, estaban cercanas o colindantes a algún arroyo o aguada.

El celo de estos animales comienza aproximadamente hacia el final del invierno, época en que se los puede ver emparejados.

En cautividad, es muy difícil lograr que se reproduzcan. Regularmente, es la hembra la que no acepta al macho, a pesar de que el espacio que se le brinde sea bastante grande. Incluso, la situación puede llegar un desenlace nefasto, en el que el macho mate a su compañera tras las rencillas por lograr acoplamiento  o por algún bocado muy apetitoso.

La hembra del gato montés puede dar a luz entre dos y cuatro cachorros, aunque por lo general sobreviven solo dos, como en la mayoría de los felinos silvestres.

Los animales que actúan como reguladores poblacionales del gato montés, e inclusive de otros animales, son principalmente los zorros, las lampalaguas, las aves rapaces, etc., que, como en otros casos similares, depredan sobre animales muy jóvenes e inexpertos.

En relación al estado poblacional del gato montés, cabe destacar que el número de individuos fluctúa de acuerdo a la demanda furtiva de los grandes acopiadores de pieles, que, sobre todo en décadas pasadas, por supuesto se ubican entre los más peligrosos depredadores de nuestra fauna.

Existen leyes, que, además del gato montés, protegen a muchas otras especies, pero que, lamentablemente, en muchos casos no se cumplen en absoluto. En algunas áreas de nuestra provincia y también de provincias vecinas, el gato montés y los zorros descendieron hace algunos años a un nivel poblacional tan bajo que estuvieron a punto de desaparecer. La demanda en esos momentos –décadas de 1970 y 1980– fue tan alta que las pieles de esos animales llegaron a tener un valor muy tentador para cualquier campesino, y hubo muchos que hasta desatendieron sus quehaceres rutinarios para abocarse de lleno a la captura ilimitada de los hermosos felinos, tratando de lograr más ingresos que los ayuden a sobrellevar su magra situación económica.

Por otro lado, y gracias a esos humildes campesinos, y, por supuesto, a los gatos, los barranqueros o acopiadores y los revendedores de pieles se enriquecieron, exportando la mayor parte mediante la vía del mercado negro. Por suerte para el gato montés y otros animales, en los últimos años el auge de las pieles fue decayendo, y, por lo tanto, nuestro gato tuvo la posibilidad de recuperarse.

A nivel sudamericano la especie se distribuye desde Bolivia, el oeste de Paraguay, el sur de Brasil y Uruguay hasta el sur de Argentina y Chile. En nuestro país, la especie está presente desde las provincias del norte, a excepción de Misiones, hasta la provincia de Santa Cruz inclusive.

En lo concerniente a su estado de conservación, en Argentina la situación de la especie ha sido categorizada en 2012 como de “preocupación menor”.

Bibliografía:

Barquez R. M., Díaz, M. M. & Ojeda, R. A. 2006. Mamíferos de Argentina, sistemática y distribución. SAREM (Sociedad Argentina para el Estudio de los Mamíferos). Tucumán.

Canevari, M. & Vaccaro, O. 2007. Guía de mamíferos del sur de América del Sur. L.O.L.A. Buenos Aires.

Ojeda, R. A., Chillo, V. & Díaz Isenrath, G. B. 2012. Libro Rojo: Mamíferos amenazados de la Argentina. SAREM (Sociedad Argentina para el Estudio de los Mamíferos). Mendoza.

Parera, Anibal. 2002. Los mamíferos de la Argentina y la región austral de Sudamérica. Editorial El Ateneo. Buenos Aires.

Samaniego, Jorge Néstor. 1989. Mamíferos del noroeste. Comisión Bicameral Examinadora de Obras de Autores Salteños. Salta.

 

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