El hallazgo de una pasión

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♦ MIS PRIMEROS PASOS

♦ Por Martín R. de la Peña

♦ 07 – 04 – 2019

Martín Rodolfo de la Peña junto a su padre y su hermano Héctor, en 1956, durante su visita a la Estancia Los Molles. Fotografía: Gentileza Martín R. de la Peña.

♦ Quiero a la naturaleza, y la afirmación no es declamatoria. Mal comenzaría este relato engañándome y engañando. ¡La amo!, y estoy alistado como voluntario desde muy niño para defenderla.

¿Cuál es mi puesto de lucha? Me definí por el estudio de todo su generoso despliegue y por la divulgación de gran parte de sus maravillas. No se aprende solamente leyendo libros ajenos, por calificados que ellos sean. La propia experiencia es fuente indispensable del saber.

Por eso recorrí palmo a palmo mi país. Casi todas las excursiones realizadas, fueron sensacionales, pero la mayoría de ellas me obligó a solucionar con sacrificio muchas dificultades, según fui contando en muchas narraciones.

Siempre fui acompañado de una útil y -también diría maravillosa- carga: lápiz y cuaderno de apuntes, filmadora, máquina fotográfica y muchos metros de película. Tenía que documentar infinidad de cosas, para mí y para los demás.

Los kilómetros recorridos escapan al recuerdo y voluntariamente olvidé los grandes costos. El reiterado balance daba siempre el mismo resultado: plena satisfacción e inquebrantable decisión de seguir  en la brecha de conocer más y mejor, trazándome el propósito de utilizar todos los medios posibles para definir lo que quedó en mi mente, en el grabador y en las películas fotográficas.

Me pregunté siempre, y me han preguntado, el porqué de este hermoso camino que vengo recorriendo por años, abrazado a la naturaleza. Pienso que es difícil determinar un incentivo excluyente; más bien creo que es un conjunto de razones las que orientan a las personas hacia determinadas actividades.

¿Vocación? ¿Influencia de mis mayores o amigos? ¿Espíritu de aventura? ¿Inquietud por cultivarme? ¿Deseo de sentirme útil a la sociedad?

Quizás un poco o mucho  de cada cosa, pero lo cierto es que desde mi pubertad me sentí, primero atraído y luego atrapado por la Naturaleza.

Un “peludo”. Fotografía: Gentileza Martín R. de la Peña.

Quiero contar mi primera aventura. Data de muchos años.

Mi padre, amante de la flora y la fauna -después compañero inseparable y aliento constante para continuar la lucha- despertó y alimentó mi imaginación, al hablarme de un campo que  describía como verdadero paraíso, por la cantidad y variedad de animales que habitaban. Pertenecía a un amigo de su  juventud, el establecimiento se llama “Los Molles” y está ubicado a unos 20 kilómetros al norte de Aguará Grande (aguará significa zorro en guaraní) en el departamento San Cristóbal, Santa Fe.

Me habló de pumas, peludos, nutrias, yacarés, mulitas, guazunchos, vizcachas, iguanas, zorros y aves de todas las especies, formas, cantos y colores. Me pintó el lugar como el hábitat ideal para todos, con frondosos montes, grandes lagunas y hermosos esteros.

Más de una vez, ante estas descripciones, imaginé ambientes similares a los paisajes africanos o amazónicos de mis lecturas infantiles, aquellos que habían encendido mi deseo de vivir fantásticas aventuras.

Un “guazuncho”. Fotografía: Gentileza Martín R. de la Peña.

El viaje programado se fue postergando, lo que aumentó considerablemente mi impaciencia. Hasta San Justo había asfalto, pero después todo era tierra. Resultaba entonces problemático trasladarnos de un lado a otro con nuestro antiguo Ford “A”. Había que adoptar muchas previsiones. Cada viaje era entonces una verdadera odisea, aunque terminara en apetecible alimento para nuestro entusiasmo, espíritu y alegría.

Llegó el momento de partir; lo hicimos con papá y mi hermano Héctor. A poco de andar, con más ingenio que conocimientos, superamos los primeros problemas en el motor de nuestros viejo y querido compañero.

Más adelante, ya salidos del asfalto, debimos avanzar entre charcos, en varios de los cuales quedamos empantanados. Cerca de la meta nos esperaba lo peor, pero nuestro coche siguió en la lucha, vacilante, zigzagueante, casi a los tumbos, magníficamente solidario con el propósito de sus ocupantes de llegar a toda costa.

No nos desanimó el atraso. La ansiedad había crecido en proporción directa con los kilómetros recorridos y con la observación permanente del cruzar de patos “crestones” y “siriacos”, del rápido desplazamiento de los “ñandúes” y del alegre nadar de las aves acuáticas en los esteros. Estos se formaban en las márgenes de algunos caminos, que por poco utilizados, el monte invadía en partes. En todo se adivinaba la visita frecuente de las lluvias de verano.

Por fin, llegamos al casco de la estancia. Me pareció haber alcanzado el cielo con las manos. Las aventuras empezarían, pero yo las vivía anticipadamente, a toda marcha, con la imaginación. El esfuerzo había quedado atrás y nos proponíamos vivir el futuro.

El viejo Ford A de las primeras aventuras, en 1956. Fotografía: Gentileza Martín R. de la Peña.

Lo esperado comenzó  muy temprano, listos los caballos y presto el encargado de la estancia para acompañarnos. Gozamos, ya en marcha, de un escenario ideal: la mitad del terreno era monte y el resto estaba ocupado por grandes lagunas y extensos esteros. Al paso del caballo sentíamos olor a tierra virgen, mientras una gran cantidad de aves se alejaba ante nuestro sorpresivo paso.

El paisano que nos guiaba reunía todo lo bueno que había leído sobre el gaucho, y lo demostraba: seguridad en su paso y conocimiento del terreno.

De tanto en tanto, hacíamos un alto, siempre con matices: una huidiza nutria o el cruzar de un  “ipacaá”. En algún momento los ladridos de los perros indicaban la presencia de un peludo o el movimiento de la cola de una iguana.

No era el paisaje africano ni el amazónico que soñaba, pero resultaba una realidad que entusiasmaba, un espectáculo que quedó impreso, indeleble, en mis retinas.

Sobre el caballo, acompañado, pero de alguna manera también solo conmigo mismo, me hice la promesa de volver, la que después cumpliría religiosamente. En el conocimiento de ese lugar, había iniciado mi verdadero aprendizaje naturalista. Y lo que es más, había encontrado mi norte.

Martín R. de la Peña en 1949, con solo 8 años de edad. Fotografía: Gentileza Martín Rodolfo de la Peña.

 

 

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