El jilguero puneño

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♦ “ANDANZAS” EN EL NOROESTE ARGENTINO

♦ Por Martín Rodolfo de la Peña

♦ 23 – 02 – 2019

Nido de jilguero puneño, Sicalis lutea. Fotografía: Gentileza Martín R. de la Peña.

♦ Transcurrían los últimos días del mes de febrero de 1979, cuando con mi hermano Raúl nos fuimos de una “es­capada” hasta Humahuaca. La quebrada del mismo nom­bre toma una dirección norte-sur, surcada por el río Grande, subiendo hasta llegar en la zona de Tres Cruces a los 3.680 metros. Hicimos los 1.300 kilómetros desde Esperanza (Santa Fe) de un solo ti­rón, pasando dentro del auto más de 17 horas, con el fin de estudiar las aves de la montaña y Raúl, además de acom­pañarme, conocer.

Entrando ya en la multicolor quebrada, los grandes macizos montañosos nos iban formando una pasarela, ca­da vez de menor tamaño, hasta desaparecer en la gran meseta de Abra Pampa, donde los ojos gozan de una amplia visión, debido a la escasa o casi nula vegetación. A la dis­tancia surgían, pintadas e imponentes, las montañas. La mo­notonía del paisaje se interrumpía de tanto en tanto, cuando una majada de ovejas o algún grupo de llamas lentamente cruzaban el camino. Representan el sustento y el medio de vida del escaso grupo de pobladores que llevan en sus ros­tros, las marcas de la agresividad del clima. Las llamas semi-domésticas son encerradas en corrales construidos con barro y paja o algunos de piedras, para su esquila. Por el contrario las vicuñas —muy escasas por otra parte— no se domestican y se las tiene que matar para la extracción de su piel o lana, por este motivo la especie está casi extinguida y de ahí las medidas proteccionistas de los gobiernos de las provincias del noroeste.

Cerca del camino y en una laguna con abundante ve­getación, había grupos de patos, de macáes y de gallaretas andinas, y en otras, chorlos y flamencos, todos en bus­ca de sus alimentos, indiferentes a todo el entorno.

El suelo de los alrededores de estas lagunas es areno­so y alberga tal cantidad de cuevas de tuco-tucos que rei­teradas veces al pisar enterrábamos un pie hasta el tobi­llo. Entre las matas de pastos divisé un pájaro muy inquie­to, se trataba de la caminera puneña, relativamente común ahí. Como construye el nido en el suelo, no tardamos con Raúl en abocarnos a la tarea de escarbar cuantas cuevas encontrábamos. Siempre teníamos la misma decepción: eran viejas o de tuco-tuco y nunca llegábamos a su final, porque la forman muchos laberintos. En varias oportuni­dades los moradores asomaban sus cabezas, quizás pregun­tándonos quienes éramos y qué hacíamos. Cansados de dar vuelta tanto suelo arenoso, desistimos de aquel inten­to. Creo que hasta el día de hoy los tuco-tuco se tienen que estar riendo de nosotros.

Bajo un sol muy potente, caminamos lentamente en busca del auto, para volver parte del camino hasta Azul Pampa. Esta es una zona de quebradas y profundos valles, tapizados de pequeños arbustos y bordeados de cardones. Un viento frío comenzó a correr y nos obligó a buscar abri­go; el sol ya no calentaba como hacía unas pocas horas antes. Tomamos un café que nos calentó por dentro y, queriendo aprovechar al máximo las horas de luz, descendi­mos por una quebrada.

Volaban pájaros en distintas direcciones, pero mi aten­ción se centró en uno perteneciente a la familia del hor­nero, que salió de un nido de espinas. Tal observación de­mandó mucho tiempo, debido a la rapidez con que el pája­ro entraba y salía del nido y porque en esta familia se agrupan aves de aspecto similares. Raúl comenzaba a im­pacientarse y el sol a ocultarse, creí quedar con la duda, cuando imprevistamente la pareja se posó muy cerca del lugar donde estábamos ocultos y así pudimos determinar que se trataba del espinero andino.

Regresamos a pernoctar a Humahuaca y, para nues­tra sorpresa, era la época del carnaval. Vimos los conjun­tos musicales que en sus actuaciones demostraban una mezcla de folklore con ritos paganos, actuaciones que con­tinuaban hasta la madrugada del día siguiente.

Las ferias de productos regionales con sus tan varia­dos artículos se ofrecían a la venta en varias calles del poblado. El colorido y la forma típica de las vestimentas de aquellos lugareños, agregaban a nuestro viaje un mo­tivo más de placer y de conocimiento de nuestras costum­bres. Pasada la medianoche, el cansancio nos fue venciendo y con el sonido del bombo, la quena y el charango, con esa música lánguida y monótona, que forma parte indivisible del hombre de la Puna, fuimos en busca del blando lecho.

Al despertar nos dirigimos a unos 70 kilómetros al norte, hasta Chorrillos. El lugar, pedregoso, con arbus­tos y gran cantidad de cactus y cardones, era el Edén de los pájaros. El multicolor comesebo de cabeza negra, pájaro muy parecido al naranjero, había construido su nido muy oculto en un arbusto. Era casi imposible de ver, y solamente la experiencia me indicó donde podía estar. Lo ha­bía construido con claveles del aire en la base y la parte interna estaba íntegramente recubierta con la pelusa de un cardón; de esta manera daba una mejor protección a los huevos.

Nos sentamos sobre unas piedras, a la sombra de un arbusto y comenzaron a desfilar frente a nuestros ojos va­rios pájaros. Esta es una buena manera de observar a los animales, sobre todo a los pájaros: sentarse un poco oculto y esperar. Ellos a veces son más curiosos que nosotros, y así comienzan a salir, a andar, y de esa manera se los ve mejor. Este desfile comenzó con la calandria castaña, luego vimos cómo en un cardón se posó un carpintero, que trepaba y se deslizaba sin que las espinas lo lastimaran. Un coludito de cola negra llevaba plumitas al nido que estaba construyendo en una cueva en la barranca de un río seco.

En cierto momento un fuerte zumbido nos hizo girar las cabezas y vimos una joya alada: el picaflor cometa. Este picaflor de larga cola se movía de un lado a otro libando las flores del palán-palán. Esta costumbre ha dado origen a una le­yenda que, según José María Obregón, dice así: “Dos jó­venes, Ibotig y Mainombuig, pertenecientes a dos tribus enemigas, estaban unidos por un intenso amor. Dada esa circunstancia, los amantes solo podían verse a escondidas. Y es así que todas las tardes, cuando el sol se ocultaba, ambos se encontraban en un monte cuyos árboles eran mudos testigos de sus confidencias y amoríos. Estos en­cuentros eran muy breves para no despertar las sospechas de los padres de la indiecita, que ignoraban sus amores. Pero sucedió que una joven de la misma tribu, envi­diosa de la belleza y bondad de Ibotig, enterada del secreto de los enamorados, se lo contó al padre de ésta y desde entonces, ya no les fue posible verse. Desesperado Mainombuig, consultó a Yasig (la luna), abogada de los enamorados, y ella le contó a su amigo Igbbuitug (el viento), aliado y confidente de aquellos des­venturados, que la hermosa Ibotig, lloraba sin consuelo noche y día, no sólo porque no podía ver a su amado, sino porque su padre la iba a casar con otro joven de su raza al que ella no quería, y que desesperada pedía a la reina Puigj-haré (la noche) que le quitara la vida para librarla de tan­tas penas y que ésta, condolida de su triste suerte y no que­riendo tronchar su hermosa y joven existencia en cambio la había transformado en una flor. Y como aquél le pre­guntara en qué flor se habría encarnado su amada, Yasig le contestó que ello era un secreto que solo Nadeyara (Dios), podía revelárselo. Entonces Mainombuig, en un trance de dolor sin límite, invocó a Tupa, su Dios: ¡Tupa, Tupa mío! le dijo, solo yo puedo conocer a mi adorada Ibotig, por su perfume, solo yo podría encontrarla, ayúda­me, Tupa. Tupa se condolió del desdichado y ante el asombro de Yasig, el esbelto y bien proporcionado cuerpo de Mainom­buig se fue achicando, achicando y cubriéndose de plumas brillantes hasta quedar reducido a una pequeña avecilla. Y desde entonces, según la leyenda, el enamorado Mai­nombuig, tan inquieto y hermoso que todos lo quieren y admi­ran, pasa los días y las noches, incansable, besando ávida­mente las flores como lo hacía con los labios de su amada, en el afán constante e inútil de encontrarla…”

“Pajarito Mainombuig,

que se llama picaflor,

quisiera que me dijeses

en donde nace el amor”.

En cierto momento Raúl me tocó el brazo, indicándo­me que mirara a lo alto de una barranca. Ahí sobre las raíces de un arbusto que estaba a punto de caer se veía algo parecido a un limón maduro. Con los prismáticos lo miré y comprobé que se trataba de un jilguero, pero la duda era ¿cuál? De estos hay varios parecidos, por lo que mientras yo miraba, Raúl fue hasta el auto a traer una guía de aves para determinar cuál era. Así llegamos a la conclusión de que se trataba del jilguero puneño.

Muchas especies de aves suelen ser muy parecidas en­tre sí y a veces por mucho que uno sepa del tema, es di­fícil identificarlas en el campo, sobre todo aquellas a las cuales no se está acostumbrado a ver en forma cotidiana. Por eso las guías son muy útiles y se las lleva permanen­temente.

No sé bien cuanto tiempo transcurrió observando aquel jilguero, al cual se le sumaron otros y otros hasta formar un pequeño grupo, lo cierto es que decidimos ca­minar. A los pocos metros Raúl emitió un fuerte grito de dolor: había pisado un cactus y una de las rígidas espinas atravesó la suela de su zapatilla, clavándosele en el pie. Entonces nos acordamos de otra de las precauciones que hay que tener en estos terrenos, cuál es el caminar con calzado de base gruesa, porque muchas de estas plantas están a ras del suelo o semi-ocultas en la tierra, dejando sus peligrosas espinas afuera. Además en nuestro trabajo casi siempre miramos hacia arriba en busca de los pájaros y no pres­tamos mayor atención a lo que está debajo.

La soledad y aridez del paisaje eran amortiguados por dos motivos: los variados tonos de los colores de las flores de los cactus y cardones —amarillos, rojos, blan­cos— y por la variedad de pájaros. En Humahuaca, previa asepsia y cura de la herida de Raúl, emprendimos el re­greso poniendo fin a nuestra excursión.

Álbum de viaje

Fotografía: Gentileza Martín R. de la Peña.
Fotografía: Gentileza Martín R. de la Peña.
Fotografía: Gentileza Martín R. de la Peña.
Fotografía: Gentileza Martín R. de la Peña.

 

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