El nevado de Castilla

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HISTORIAS SINGULARES DE UNA CUMBRE

Por Enrique Pantaleón (Montañista)

Enrique Pantaleón, montañista. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
Enrique Pantaleón, montañista. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

El nombre más antiguo del que se tienen noticias comprobadas de esta elevación andina es el de “Piedra Sonada”. Luego recibió también los nombres de “nevado de Castilla” y últimamente el de “cumbre General Martín Miguel de Güemes”.

El nombre de Piedra Sonada obedece a las lajas que hay en la parte cumbrera, que al pisarlas producen un ruido especial y diferente al que produce una piedra corriente. Otro dato llamativo acerca de las rocas de la cumbre es que contienen conchillas marinas fosilizadas, algo que nos habla de la fuerza e intensidad de la elevación andina, ya que estamos hablando de una altura por encima de los 5000 msnm.

La denominación de nevado de Castilla aparentemente guarda relación con el otorgamiento de una merced a cierto hombre apellidado Castillo en los tiempos de la colonia. De ese apellido derivan entonces los nombres del nevado y también el del paraje conocido como Potrero de Castilla.

El autor de este artículo junto a otras personas acomodando la carga en la mula en Potrero de Castilla, en 1971. Fotografía: Enrique Pantaleón.
El autor de este artículo junto a otras personas acomodando la carga en la mula en Potrero de Castilla, en 1971. Fotografía: Enrique Pantaleón.

En tiempos ya recientes, socios del Club Andino del Norte le impusieron a esta cumbre, que es de mayor altitud que se observa desde la ciudad de Salta, el nombre de “General Martín Miguel de Güemes”.

En tiempos pasados era muy común verlo nevado; casi siempre lo estaba, y hasta esa zona concurrían con sus mulas los hieleros en tiempos no demasiado lejanos. Llegaban hasta el pie del nevado, un poco más arriba de Potrero de Castilla –donde ya se encontraba el hielo– cargaban en las arganas el hielo que ya habían cortado otros y lo traían envuelto en sal y paja, de noche, para que no se derrita el hielo.  Ellos vendían el hielo aquí en la ciudad y eso ha cambiado rotundamente, no solo por la aparición de modernos aparatos de refrigeración, que hacen inútil el esfuerzo de traer hielo de lejos sino porque ya no hay hielo allí. Ahora, cualquiera que llegue hasta esos lugares no va a encontrar el hielo que alimentó esa pequeña industria de tiempos idos. Hay que decir a propósito de esto, que esta actividad no solo daba trabajo a los denominados hieleros, que eran los que finalmente comerciaban el producto en Salta, sino también a los que cortaban las piezas que luego eran transportadas, y también a aquellos que habían montado pequeños comercios en el trayecto, o los que ofrecían comida o alojamiento para estos trabajadores.

Para su ascenso, esta elevación no tiene dificultad técnica, pero presenta complicaciones para su aproximación por la puna. El hecho de que sea perfectamente visible desde el valle de Lerma hace que se presente muy tentador para los andinistas locales. Cerca del punto más alto, hay una cuesta de escasa inclinación y luego la pendiente se hace más pronunciada hasta el ascenso final a la cumbre.

Casa en Potrero de Castilla. Fotografía: Enrique Pantaleón.
Casa en Potrero de Castilla. Fotografía: Enrique Pantaleón.

Aquella cuesta que se ubica justo antes de la cumbre se denomina “cuesta del Matadero”. Hay dos versiones sobre el origen de esta denominación. Una asegura que tal nombre tiene que ver con el hecho de que a esa altura, a más de 5000 msnm la cuesta recubierta de grandes y pequeñas piedras constituye un escollo bastante importante para los agotados físicos de los andinistas que se aprestan a alcanzar la máxima elevación y que tal cosa de alguna manera “mata” de cansancio a los intrépidos. La otra versión cuenta que el origen del nombre tiene que ver con la infausta historia de un grupo de hombres que, por esas inmensidades, andaban en cierta oportunidad cazando vicuñas y fueron sorprendidos por una feroz tempestad que les causo la muerte a varios de ellos.

Otros sitios de la zona, subiendo por Yacones, son el “Realero de los Pastores”, “Azul Azul”, “Las Cuevas” y “Las Lagunas”. Eso está arriba del Potrero de Castilla. La denominación de “realero”, deriva del hecho de que allí “sentaban sus reales”, es decir, hacían campamento; y hay restos de construcciones circulares y también se encuentran restos de cerámica. “Azul-Azul” es otro lugar de acampe. También “Las Cuevas”, donde, como el nombre lo indica, hay cuevas para protegerse de los temporales. Todos estos sitios tienen que ver con la vida o las andanzas de antiguos pastores indígenas o de cazadores de vicuñas o de guanacos, animales que antiguamente se encontraban con cierta abundancia en la zona y de los cuales se comerciaban la lana o la piel. “Las Lagunas” es el nombre de un sitio donde hay algunos cuerpos lacustres de reducidas dimensiones.

Además de la ruta por Yacones, existe otra ruta de ascenso al nevado que parte desde San Bernardo de las Zorras. Y hay otra más, que es la que usaban los andinistas del Club Andino de Jujuy, que ascendían al nevado desde San Antonio por un camino de altura que se dirigía a una mina y del que alguna vez cayó un camión de esa mina muriendo el propietario y finalizando así las actividades del emprendimiento minero. Para hacer la ruta por Yacones, se llega hasta este lugar, se emprende viaje caminando o en mulas hasta Potero de Castilla y luego se emprende el viaje a la cumbre. Esas, la de Yacones, la de San Bernardo de las Zorras y la de San Antonio, son las tres rutas de ascenso al nevado.

En las juntas del río Huayco Hondo y Potrero se conforma una laguna de aguas color esmeralda. Fotografía: Enrique Pantaleón.
En las juntas del río Huayco Hondo y Potrero se conforma una laguna de aguas color esmeralda. Fotografía: Enrique Pantaleón.

Además, en el libro de Antenor Sánchez, Apuntalando la tradición (edición del autor, Buenos Aires, 1957) hay un relato relacionado con experiencias de cacería de guanacos y vicuñas en el nevado de Castilla –que en la obra solo se nombra como Piedra Sonada–, al cual ascendieron entrando por El Gólgota.

En lo relacionado a los tiempos para llegar a la cumbre del nevado, todo depende de la ruta que se tome y también del entrenamiento de los andinistas que lo intenten. Saliendo desde San Bernardo de las Zorras, se puede hacer un campamente intermedio y al día siguiente se hace cumbre. Por Yacones es más largo; hay un día hasta Potrero de Castilla; otro día hasta Realero de los Pastores o Azul Azul, y al tercer día recién se puede llegar a la cumbre. Y eso, sin parar, sin tiempos de aclimatación ni nada que se le parezca.

Desde la cima del nevado se ven los restos de un camino. Se trataría de uno que hizo en 1930 el sargento Carabajal, que llegó hasta el lugar a cargo de una comisión militar para hacer un relevamiento cartográfico.

Antiguamente, cuando se llegaba a la cumbre, el visitante se encontraba con un pircado circular, donde se dejaban los testimonios. Se trataba de restos indígenas, que abundan en las laderas de la montaña. Cuando yo lo conocí, ese pircado circular tenía más de un metro de altura; ahora ya no queda nada. También existía una piedra triangular, que apuntaba al cielo y que seguramente había sido colocada por alguien con alguna intención. Esa piedra también fue removida del sitio, lamentablemente.

Camino del Inca y ruinas de Yacones o de Potrero de Castilla. Fotografía: Enrique Pantaleón.
Camino del Inca y ruinas de Yacones o de Potrero de Castilla. Fotografía: Enrique Pantaleón.

La cumbre es una planicie, y fuera de ese pircado que mencioné se veían restos de piedras colocadas de tal manera que se apreciaba a simple vista que habían sido dispuestas allí por algún motivo; a veces, formando pircados y a veces constituyendo aparentemente apachetas o simples mojones. Todo eso desapareció.

Había allí una cruz que tenía inscripta la leyenda “paz y bien”, de los franciscanos, que había sido llevada por Sergio Benavente en 1956, el mismo que dos años antes, en 1954, fue uno de los primeros en tiempos recientes en subir hasta la cumbre junto a Miguel Ángel Feixes y Elio Torres, que era el árbitro de boxeo de Salta. Ellos habían llegado hasta el nevado, guiados por Cayo, que era el guía de la zona.

Miguel Cayo, habitante de Potrero de Castilla, era todo un personaje y se había auto-erigido como la autoridad en esos lugares; constituía todo un personaje salido de una novela o de una película del Viejo Oeste. Con un trozo de cobre que había conseguido se había hecho una estrella de sheriff. Cuando había problemas entre dos personas porque algún vecino se había pasado con el alcohol y se había tomado a trompadas, por ejemplo, con otro, Cayo los detenía en una pieza de su casa que había transformado en celda; pero antes que tenerlos allí por mucho tiempo, los hacía trabajar para cumplir la “condena”, que consistía en la confección de algún alambrado o pircado o lo que a Cayo le pareciese que había que hacer. Además de guía y vocacional sheriff, también era curandero y hasta se ganaba unos pesos alquilando mulas, tanto propias como ajenas; lo que se dice un hombre polifacético. Las aventuras de la singular “autoridad” de la zona terminaron cuando la policía, por las denuncias que le habían llegado, fue a buscarlo y lo trajo a la ciudad en calidad de detenido.

En la cumbre del nevado, Pantaleón sostiene el pergamino en homenaje a Leal acompañado por Soto. Fotografía: Enrique Pantaleón.
En la cumbre del nevado, Pantaleón sostiene el pergamino en homenaje a Leal acompañado por Soto. Fotografía: Enrique Pantaleón.

Los socios del Club Ateneo Estrada, que conformaban un club de beisbol y luego siguieron con el montañismo, hicieron hacer en cierta oportunidad un busto de bronce. En ese club estaban los hermanos Alcalá y Ramos, que fueron los que encargaron en la fundición de Camacho, de Salta, el busto de Güemes. Ese busto fue colocado, sobre un pedestal, en la cumbre. Pero con el tiempo, por los rayos que le caían, se fue deteriorando, o directamente fundiendo, y se le podían ver las gotas de bronce que le caían de sufrir la furia de las tormentas eléctricas de las alturas. Entonces, no hace mucho, se hizo un busto de madera, que había sido encargado a Ponce Peñalva, un escultor de Salta. Se lo colocó también en la cumbre y entonces quedaron los dos bustos del General en las alturas del nevado.

Entre los animales que históricamente habitaron estos lugares, pueden mencionarse, como  los más notorios a los guanacos y las vicuñas, que se encontraban en algunos sectores bajos del nevado. Por ello, antiguamente se organizaban grandes cacerías que partían desde la ciudad para cazar estos animales. También es posible avistar especímenes de taruca o huemul del norte.

Restos de un pircado en la cumbre del nevado de Castilla, que actualmente ya no puede observarse por haber sido destruido. Fotografía: Enrique Pantaleón.
Restos de un pircado en la cumbre del nevado de Castilla, que actualmente ya no puede observarse por haber sido destruido. Fotografía: Enrique Pantaleón.

Como historia relacionada con esta elevación andina, cabe mencionar la que da cuenta de que hace varios decenios atrás, llegó hasta la cumbre un grupo de andinistas entre los que se encontraban Emilio Canova, Mariano Araujo y un guía de apellido Lacsi. Habían llevado con ellos un pergamino que homenajeaba la hazaña de Jorge E. Leal, ese intrépido salteño que, al mando de un grupo de expedicionarios, logró llegar en 1965 al Polo Sur. Y en ese papel estamparon su testimonio de una manera muy particular, ya que, como no les funcionaba la lapicera que transportaron, marcaron las palabras que debían dar cuenta de su llegada hasta esas soledades utilizando el plomo de una bala, acompañando además sus escritos con una tirita con los colores de Argentina. Cuando algún tiempo después, en 1967, subí junto a otros montañistas, bajamos todo eso y se lo entregué a Canova, que se mostró muy sorprendido y agradecido al recibir esos objetos, porque además el nombre de una de sus hijas aparecía allí mencionado. Por otra parte, este hombre era tío de Ana Mará Canova, una montañista cuyas cenizas, al fallecer, fueron llevadas por sus descendientes hasta la cumbre del nevado y esparcidas en esas alturas, entre la tierra y el cielo.

Enrique Pantaleón, autor de este artículo, en la cumbre del nevado de Castilla, en 1967. Fotografía: Enrique Pantaleón.
Enrique Pantaleón, autor de este artículo, en la cumbre del nevado de Castilla, en 1967. Fotografía: Enrique Pantaleón.

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