El tigre capiango

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HOMBRES QUE SE HACEN «TIGRES»

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ 23 – 09 – 2019

Ahí empieza a revolcarse

desnudo sobre esa manta

 y de repente –¡cruz diablo!–

hecho tigre se levanta

 

El tigre capiango, Leopoldo Lugones.

 

♦ En sus Memorias póstumas (Emecé Editores, 1945), el general José María Paz cuenta que cuando se preparaba para esperar a Facundo Quiroga, antes del combate de La Tablada, le ordenó al comandante Camilo Isleño que reuniera al ejército los hombres del escuadrón que se hallaba en Ojo de Agua, allí dispuesto porque “por esa parte amagaba el enemigo”. Pero la noche anterior a la incorporación ciento veinte hombres desertaron de él, con lo que al día siguiente sólo se sumaron a las fuerzas de Paz treinta disciplinados combatientes del menguado escuadrón. Entonces, el general preguntó sobre la causa de tan extraña situación, e Isleño atribuyó el hecho al temor que provocaban en los milicianos las tropas de Quiroga. Cuenta Paz que Isleño le dijo que el riojano traía entre sus solados a cuatrocientos capiangos, hombres sobrenaturales que tenían la facultad de convertirse, cuando así lo querían, en tigres feroces.  Paz respondió con muestras de desprecio y ridiculización ante semejante versión, pero isleño permaneció impasible, tal vez –dice Paz– porque él mismo estaba convencido de ello o quizás solamente porque daba algún valor a la especie. No lo supo Paz, y no lo sabremos nosotros.

El general Facundo Quiroga en un excelente retrato al óleo de Alphonse Fermepin.
El general Facundo Quiroga en un excelente retrato al óleo de Alphonse Fermepin.

El general Facundo Quiroga era, siguiendo a Adolfo Saldías (1972), un hombre “valeroso hasta la temeridad, sagaz hasta lo increíble, fecundo en expedientes singulares, tremendo en las victorias, más tremendo todavía en las derrotas, y con chispas de genio para sacar provecho de las dificultades que le suscitasen”. Producto seguramente de la mezcla de una personalidad singular con el momento histórico de los enfrentamientos intestinos y el paisaje agreste de su tierra en los que le tocó actuar, agrega Saldías que se trataba de “un espíritu sacudido por el frenesí de las luchas estupendas, en las cuales se agrandaba como se agranda un turbión cuando más recia es la borrasca que lo levanta”.

Paz era en cambio, según la pluma del mismo autor, un general “rígido y grave”, un hombre culto y correcto sin afectación, dueño de una modestia y timidez que “llegaban al punto  de que se ruborizaba en el trato con las gentes”, “parco en la palabra”, al que le faltaba un brazo, y que no sabía montar a caballo, “lo que era un fenómeno tratándose  de un general argentino” (Sadías, op. cit.).

Los dos generales se enfrentaron en junio de 1829 en La Tablada y en febrero de 1830 en Oncativo; en ambas oportunidades la suerte le fue adversa a Quiroga y los bravos capiangos a los que tanto se temía, como era de prever, nunca aparecieron.

Resulta interesante y necesario mencionar aquí la figura de Gregorio Aráoz de Lamadrid. Las “Memorias” de Paz fueron publicadas por primera vez en 1855 y para entonces Lamadrid ya tenía escritas las suyas, aunque serían publicadas muchos años más tarde; recién en 1895. No obstante, el mismo año de la publicación de las “Memorias” de Paz, salieron editadas las “Observaciones sobre las Memorias Póstumas del brigadier general D. José M. Paz por el general D. Gregorio Aráoz de Lamadrid y otros jefes contemporáneos”, una obra con la que Lamadrid tuvo la declarada intención de referirse a las “Memorias” de Paz para aclarar  “algunas inexactitudes e infundadas inculpaciones que en ellas se hacen”.

En esta obra, dice Lamadrid sobre el tema de los capiangos de Quiroga y refiriéndose a las afirmaciones de Isleño, que el general Paz “no solo lo creyó sino que tiene la necedad de referirlo”, y agrega inmediatamente después: “supongo que con el laudable fin de mostrar que sus paisanos eran unos hombres enteramente ignorantes y estúpidos”. Sobre la deserción de los hombres anteriormente mencionada, Lamadrid brinda una versión distinta, ya que a pie de página indica que el mencionado comandante Isleño  era “el más partidario de Bustos”, al que Paz había sacado del gobierno de Córdoba, “y que por consiguiente era él mismo el que había hecho desertar a sus hombres y no el miedo al inverosímil cuento de los 400 capiangos; pero Paz lo creyó, le admitió esa necia disculpa y la refiere con el mayor candor”.

El gran poeta cordobés Leopoldo Lugones. Retrato aparecido en la revista Caras y Caretas.
El gran poeta cordobés Leopoldo Lugones. Retrato aparecido en la revista Caras y Caretas.

En su poema, “El tigre capiango”, Lepoldo Lugones (2001), pone a los lectores frente a la historia de dos hermanos. Uno de ellos comienza a desconfiar del otro porque observa cosas que le parecen extrañas. Nota que casi nada comía y que, sin embargo, no adelgazaba,  que de día bostezaba como si durmiera poco, que vestigios de sangre seca tenía en las uñas de sus manos, y cierta vez hasta lo observó herido.  Una noche lo vio escabullirse en el monte y decidió seguirlo, y muy grande fue su sorpresa cuando advirtió que, en un descampado, su hermano sacó como una manta de un tronco, la extendió sobre el suelo, se revolcó desnudo en ella y se levantó convertido en tigre.

Lugones era cordobés y había nacido en Villa de María del Río Seco, al norte de la provincia, un 13 de junio de 1874, por lo que es de suponer que había escuchado las historias sobre los hombres-tigre de boca de los lugareños de la zona. Fue justamente Lugones quien puso en conocimiento a Juan Bautista Ambrosetti de la leyenda sobre el tigre capiango (Ambrosetti, 1896), de la que éste último cuenta “que es común en el norte de Córdoba, Tucumán y Santiago del Estero”.

Juan Bautista Ambrosetti es considerado el padre de la ciencia folclórica argentina. Fotografía: The American Museum Journal.
Juan Bautista Ambrosetti es considerado el padre de la ciencia folclórica argentina. Fotografía: The American Museum Journal.

Ambrosetti, quien es considerado el padre de la ciencia folclórica argentina y que nació el 22 de agosto de 1865, en su trabajo titulado La leyenda del yaguareté-abá (el indio tigre) y sus proyecciones entre los guaraníes, quíchuas, etc. (1896) le asignó a esta historia un valor especial, ya que señaló que dos leyendas, “la de los Hechiceros Uturuncos de Catamarca y la del Yaguareté-Abá del Paraguay etc., tan iguales y a tanta distancia una de otra y creídas por gentes de tan diverso origen, hacen una vez más creer y con razón, en la existencia de invasiones prehistóricas, seguramente hacia el Oeste, por el pueblo Guaraní”, y más adelante afirma que la leyenda del tigre capiango “llena satisfactoriamente la laguna que hasta ahora se habrá notado entre la región Quichua-Calchaqui y Guaraní”. De esta manera, explica que las historias del yaguareté-abá (el indio tigre), propias de la región guaranítica, y las de los uturuncos, del ámbito  quichua-calchaquí, con muchos elementos semejantes entré sí, encuentran un puente de unión en la leyenda del tigre capiango, propia del área central de Argentina.

Pero volvamos a Lugones. Dice en su poema el escritor cordobés que es bien sabido que el hombre-tigre se ceba con carne humana, que sólo lo ataja el fuego, que tiene la frente pelada, el rabo más corto y el pelo al revés volcado; que, cuando a contrapelo se encrespa, no hay bala que le entre. Pero, ¿por qué capiango? Lugones dice en su poema que así llaman “a los ladrones malvados en la lengua del Brasil”.

Colombres (2009) cuenta que también suele caracterizarse al capiango como “un animal imaginario de terrible aspecto, que toma a veces la forma de un tigre para depredar”, y que en otros relatos capiango parece ser “un estado sobrenatural que un hombre puede obtener cultivando la ferocidad en la lucha”, usando “un pedazo de piel de tigre en su indumentaria” y comiendo el corazón del felino, lo que le dará el poder de convertirse en la fiera.

Según una versión recogida en Entre Ríos por Berta Elena Vidal de Battini (1984) “el capiango es hombre que se hace tigre con palabras secretas”. Según el relato que recopiló, el ser humano, para transformarse, se revuelca en un cuerito del animal y dice palabras secretas, saliendo de allí hecho tigre. En su cita de los dichos de un anciano de 86 años, antiguo tropera y oriundo de Victoria, cuenta de un indio que se transformaba en el temido felino, que no tenía cola y que era más feroz que los tigres.

Bibliografía:

Ambrosetti, Juan Bautista. 1896. LA LEYENDA DEL YAGUARETÉ-ABÁ (EL INDIO TIGRE) Y SUS PROYECCIONES ENTRE LOS GUARANÍES, QUÍCHUAS, ETC. Anales de la Sociedad Científica Argentina. Tomo 41-6. Imprenta de P. E. Coni. Buenos Aires.

Colombres, Adolfo. 2009. SERES SOBRENATURALES DE LA CULTURA POPULAR ARGENTINA. Ediciones del Sol. Buenos Aires.

Lamadrid, Gregorio Aráoz de. 1855. OBSERVACIONES SOBRE LAS MEMORIAS PÓSTUMAS DEL BRIGADIER GENERAL D. JOSÉ M. PAZ POR EL GENERAL D. GREGORIO ARÁOZ DE LAMADRID Y OTROS JEFES CONTEMPORÁNEOS. Imprenta de La Revista. Buenos Aires.

Lugones, Leopoldo. 2001. ROMANCES DEL RÍO SECO. La Biblioteca Argentina / Serie Clásicos. Clarín. Buenos Aires.

Montiveros de Mollo, Perla (Selección, prólogo y notas). 2005. LEYENDAS DE NUESTRA TIERRA. Biblioteca de Cultura Popular. Ediciones del Sol. Buenos Aires.

Paz, José María. 1945. MEMORIAS PÓSTUMAS (Una selección). Emecé Editores. Buenos Aires.

Saldías, Adolfo. 1972. HISTORIA DE LA CONFEDEREACIÓN ARGENTINA. Tomo 1. Ediciones CLIO. Buenos Aires.

Vidal de Battini, Berta Elena. 1984. CUENTOS Y LEYENDAS POPULARES DE LA ARGENTINA. Tomo VIII. Ediciones Culturales Argentinas. Ministerio de Educación y Justicia. Secretaria de Cultura. Buenos Aires.

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