La realidad detrás de la leyenda.

¿Habita o habitó el oso de anteojos las selvas del noroeste argentino?

Texto e ilustracion de Elio Daniel Rodríguez.


Escribe José Vicente Solá en su “Diccionario de regionalismos de Salta” que la palabra “ucumar” es un término que se utiliza para designar a un animal, el oso, y que también se trata de un sustantivo masculino que designa a un “hombre-oso, un mono, feo, peludo”, y que “según una leyenda tucumana rapta a mujeres y niños”. Por otra parte indica que la voz corre mucho en Salta, y que dice Honorio Mossi en su “Diccionario quichua-castellano” que “ucumari” significa oso. Por último recuerda que para Jorge A. Lira “ucumari” es el osezno, y “ukuku”, el oso grande, según expresa en la obra “Diccionario Kkechuwa-Español”.

Sin más, podemos establecer de antemano en torno a este asunto que las historias del temido ucumar mezclan, como puede establecerse a partir de lo anteriormente expresado, elementos de la realidad con algunos condimentos que más parecen pura fantasía. Pero analicemos detenidamente el tema.

Dibujo – Oso de anteojos – Elio Daniel Rodriguez

El oso de anteojos, llamado por los científicos Tremarctos ornatus, es el único representante de la familia de los úrsidos – es  decir, de los osos – en  el subcontinente sudamericano. La historia de estos animales como grupo en ésta parte del mundo se remonta a los últimos tres millones de años; pero viajemos un poco más lejos en el tiempo. Durante la mayor parte de la Era Cenozoica, que también es denominada “Edad de los Mamíferos”, Sudamérica fue algo así como una enorme isla. En aquel entonces, lo que hoy es América Central se encontraba bajo las aguas del mar y América del Norte y América del Sur no estaban conectadas. Esta situación de aislamiento geográfico se extendió a lo largo de millones y millones de años, tras lo cual surgieron primero cadenas de islas que permitieron acortar las distancias y por las cuales se desplazaron algunos animales, y luego se estableció un puente de tierra firma, hace unos tres millones de años, que permitió que ejemplares de otras muchas especies viajasen en ambas direcciones, desde el sur hacia el norte y desde el norte hacia el sur. Desde Sudamérica se trasladaron al norte megaterios, toxodontes, armadillos, comadrejas y osos hormigueros, entre otros animales. Desde el norte llegaron, para conquistar los territorios sudamericanos, criaturas como los mastodontes, las ardillas, los ciervos, los pecaríes y los osos; y esa estirpe en particular tiene en tierras sudamericanas hoy un sólo representante.

Su nombre popular más conocido, el de “oso de anteojos”, obedece a las características manchas blancas que en la mayor parte de los casos  adornan su cara, pero que difieren de un individuo a otro en diseño y extensión. Tiene el cuerpo macizo,  la cola muy corta y el pelaje denso y oscuro. Es un animal de tamaño importante, aunque se ve más bien pequeño en relación con otros integrantes de su grupo, y el macho pesa normalmente entre 100 y 175 kg., aunque su peso medio esta ubicado en torno a los 130 kg. Las hembras llegan aproximadamente a la mitad de esa cifra.

Se distribuye a lo largo de una franja situada hacia el oeste de Sudamérica, en una amplia región que incluye territorios de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, si bien de manera ocasional también se han avistado algunos ejemplares en el este de Panamá. Fundamentalmente habita áreas de vegetación densa, en especial selvas, entre los 1900 y los 2400 msnm, pero también puede encontrárselo en sitios sin cobertura arbórea, en las áreas de pastizales de altura y en zonas secas y de matorrales andinos.

Sus hábitos alimenticios son marcadamente herbívoros y en algunos lugares su alimento esta básicamente constituido por plantas bromeliáceas, pero puede complementar su dieta con carne, que de manera ocasional obtiene de la caza de algunos animales salvajes o domésticos, y también de la carroña. Tiene hábitos más bien solitarios, aunque puede observárselo conformando grupos familiares, y se destaca su habilidad para trepar. Una de sus particularidades es que tiene por costumbre construir una especie de plataforma con hojas y ramas rotas sobre la que puede echarse a dormitar o alimentarse.

La realidad que le toca vivir a esta especie no es buena desde el punto de vista de su conservación. Su situación es crítica y sólo hay a lo largo de sus extensos territorios pequeñas poblaciones aisladas que sobreviven en lugares donde la injerencia del hombre todavía no es demasiado importante. Muchos osos han sido abatidos porque la especie es acusada de causar perjuicios a los agricultores o de atacar el ganado, por su piel, por los supuestos beneficios de su grasa, por su carne o por el mero hecho de obtener, con su muerte, un pretendido “trofeo” de caza. En nuestro país, aunque es grande la sospecha de que puede habitar o haber habitado en el pasado alguna porción de la región de las selvas del noroeste, todavía no se han conseguido evidencias, e incluso se indicó que no las hubo por lo menos en los pasados 200 años.

De todas maneras las persistentes historias que se cuentan acerca de una criatura de características “bestiales”, con cierto aspecto semejante al de un hombre-oso, permiten presumir que la presencia en territorio argentino del elusivo oso de anteojos puede -o pudo- ser una realidad. Su figura en el ámbito de la leyenda y el folklore esta muy viva y quizás esto nos permita sospechar que en algún remoto rincón selvático deambulen algunos individuos de esta especie, o lo hayan hecho algún día ya lejano. Se dice en el campo que el aspecto del Ucumar es el de un ser de horribles características, que roba mujeres, niños y hombres, que vive en cuevas perdidas en profundas quebradas y que si se le grita responde con voces humanas. De un oso con particulares señas en la cara nadie sabe mucho en las selvas del noroeste de Argentina, pero de la imagen mítica del temido “ucumar” muchos tienen una idea bastante precisa, que hace sentir temor.

Muy cerca de la frontera con Argentina, en Bolivia, la presencia del oso de anteojos está comprobada,  pero en nuestro país no se han registrado las señales que podrían hacernos pensar que efectivamente habita las yungas salteñas. No obstante, sabido es que la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia, y quizás haya que seguir buscando. Tal vez un día aparezca, o tal vez no aparezca nunca. Podría haber ocurrido que el oso de anteojos, ese hermoso animal en el que se funda la leyenda de una feroz y cruel criatura, haya habitado alguna vez los territorios selváticos de nuestro país y haya desaparecido después de los mismos, que se haya extinguido a nivel local. Y nos encontramos así ente el escenario de que el oso de anteojos, el ucumar, en nuestro país, es al mismo tiempo un animal, una leyenda… y un acertijo.

En Argentina no se lo ha encontrado, pero tampoco es abundante en ningún sitio de su extensa distribución, la persecución de la que han sido objeto los ejemplares de la especie y el tremendo problema que, para la vida de los animales, implica la destrucción y la fragmentación del hábitat han puesto al oso de anteojos en riesgo en todos los países que habita. Que una leyenda basada en su existencia provoque, en muchos, tanto temor no deja de ser  paradójico; para este animal, como para tantos más, es seguramente el hombre la criatura más terrible, y no al revés.

Bibliografía consultada:

  • Canevari, M y O. Vaccaro, 2007. Guía de mamíferos del sur de América del Sur. Buenos Aires: L.O.L.A.
  • Corcuera, Javier, 2006. La selva misteriosa. Baritú y otras áreas naturales de las Yungas argentinas. Buenos Aires. Fundación Vida Silvestre Argentina.
  • Parera, A y F. Erize, 2002. Los mamíferos de la Argentina y la región austral de Sudamérica. Buenos Aires: El Ateneo.
  • Rodríguez de la Fuente, Félix, 1986. Enciclopedia Salvat de la Fauna, Sudamérica. Barcelona: Salvat
  • Solá, José Vicente, 2008. Diccionario de regionalismos de Salta / compilado por Jaime Solá. 8º ed. Salta: La Linda.

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