El zorro mendicante de la Cuesta del Obispo

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ASTUCIA QUE PUEDE COSTAR CARA

Por Elio Daniel Rodríguez

Todos saben que la astucia que ponen de manifiesto los zorros en la obtención de su alimento es proverbial. Muy conocido, por ejemplo, es el modo en el que a veces roban algún ave del gallinero, cuando, por lo general de noche pero a veces también de día, un zorro y  su “cómplice” –ya que casi siempre cometen este tipo de tropelías de a dos–, se dirigen hacia el lugar donde obtendrán su botín. Como en las casas de campo nunca falta algún perro que custodie las preciadas gallinas, uno de los zorros se encargará de distraerlo mientras el otro se llevará la presa, que disfrutarán luego los dos en lugar seguro reunidos nuevamente.

Esta marcada inteligencia de los zorros les hace posible en gran medida la supervivencia, pero es posible también que se convierta en una amenaza para sus propias vidas, cuando, por razones que sería temerario expresar, algún zorro descubre que puede conseguir alimento simplemente pidiéndolo de algunos benévolos turistas o viajantes que, recorriendo algún camino rodeado de hermosos paisajes y en gran medida inmersos en ese tipo de vinculación emocional que produce la naturaleza, encuentran a un “pobre animal”, al costado del camino, mendigando algún bocado al paso de los incesantes vehículos que transitan. Puede parecer más fácil y, en apariencia, menos peligroso que andar distrayendo perros cerca de los gallineros o atrapando liebres a campo abierto, pero tal argucia también puede terminar en incidentes no deseados para las personas y hasta en la muerte de los mismos zorros que recurren a esta estrategia de supervivencia.

Hace algunas semanas atrás, en el tramo superior de la Cuesta del Obispo, cerca ya de Piedra del Molino, en el marco de un viaje en familia, vimos que un zorro colorado caminaba por la banquina, en dirección opuesta a la que nosotros llevábamos en ese momento. Me detuve a ver si efectivamente se trataba de un animal salvaje o de un perro doméstico misteriosamente parecido a un zorro colorado, y para mi sorpresa ocurrieron dos cosas: era, efectivamente, un zorro y, además, dándose la vuelta, se nos aproximó, situándose muy cerca de la ventanilla del asiento del conductor, desde donde lo observaba.

Me pareció que podría estar herido o con algún otro problema y me bajé a observar, cosa que, confieso, no debería haber hecho. Pero al zorro no le ocurría nada malo en aquel momento, salvo que –solo después lo advertí– había elegido un oficio muy distinto al que por naturaleza está posibilitado en llevar a cabo para la obtención del sustento; era un zorro mendicante.

El animalito conocía muy bien su trabajo. Se acercó a mí con la cabeza gacha y las orejas hacia atrás, lentamente, y con la cola baja, casi entre las piernas; con una marcada actitud de estar suplicando. Me di cuenta casi en el mismo instante de que aquel zorro pedía comida, y le di algunos de los trozos de carne que habíamos llevado como almuerzo; en verdad, no entendía bien qué era lo que pasaba. Me causaba tristeza ese zorrito, y por ello no reflexioné demasiado –ni tuve mucho tiempo de hacerlo– acerca de los peligros  de darle algo para comer; pero después de un momento sospeché que de esa forma vivía ese zorro, que aquel era su oficio… el de mendigo del camino. Eso, evidentemente, no estaba bien, y era peligroso para él y para las personas que, ocasionalmente, confiadas o confundidas, como yo, pudieran acercársele.

¿Desde cuándo ese zorro colorado se dedicaba al oficio de mendigar? ¿Por qué razón? ¿En qué momento se acercó por vez primera a las personas y aprendió las artimañas de la victimización a los efectos de conseguir alimento sin demasiado esfuerzo? ¿Acaso era el único zorro que hacía en el lugar algo semejante? No obtendría respuestas, por supuesto,  para ninguna de mis preguntas, pero cabe hacer algunas apreciaciones sobre el caso, que tal vez ayuden a los zorros y a las personas.

Acercarse inocentemente a la fauna salvaje puede acarrear el riesgo de contraer una enfermedad, y entre las más peligrosas se encuentra la rabia. Ocasionada por un virus y también llamada hidrofobia y lisa, la gran mayoría de los casos de contagios de esta enfermedad que se registran en seres humanos, tienen lugar  en ciudades y se deben a mordeduras de perros enfermos. Cuando la mordedura es de un animal silvestre, lo usual es que se sacrifique al animal para la realización de los estudios tendientes a la comprobación de si estaba sano o padecía la enfermedad. Si una persona es mordida, el tratamiento antirrábico deberá comenzar de inmediato, porque el lapso de incubación de la enfermedad puede durar entre 2 y 8 semanas, pero también puede ser de solo 10 días o extenderse a lo largo de 8 meses o más. De todas formas, si no se aplica tratamiento y el afectado, pasado el periodo de incubación, comienza a manifestar los síntomas de la infección, el cuadro casi siempre termina en la muerte de la persona.

Por otra parte, los casos de zorros mendicantes  pueden terminar en la propia muerte del animal, aunque no esté enfermo. Seguramente, si no se les informa debidamente de los riesgos, muchas personas de buen corazón alimentarán al “sufrido” zorro que los mira desde afuera del auto, y si el zorro, acostumbrado a esta comida fácil, de pronto no la encuentra, se acercará a las viviendas de las personas, lo que será interpretado por sus moradores como una potencial o concreta amenaza y se buscará matar al animal. Será la triste consecuencia de haberle perdido el miedo a los seres humanos.

Además, los animales salvajes acostumbrados a pedir comida en las rutas tienen mayores posibilidades de sufrir atropellamientos debido a su falta de temor al incesante tránsito que por ellas se mueve, y si el ejemplo cunde, más zorros pueden hacerse presentes en un lugar, reclamando atención y ayuda alimentaria, lo que puede derivar en enfrentamientos entre ellos.

Sería conveniente la instalación de cartelería donde se informe a los viajantes que alimentar a los animales silvestres puede ser riesgoso para ellos y para las personas. Debemos reconocer que no es por mala intención sino todo lo contrario que en ciertas ocasiones ocurren hechos desgraciados y que todos luego lamentamos. pero debe entenderse que sucumbir a la pena, puede conllevar trágicas consecuencias y no solo para las personas sino también para el animal que mendiga al costado del camino.

Bibliografía:

– Acha, Pedro N. y Szyfres, Boris. 1986. Zoonosis y enfermedades comunes transmisibles al hombre y a los animales. Publicación científica Nº 503. Organización Panamericana de la Salud. Washington.

 

 

 

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