Hasta siempre querido amigo

67
Claudio Juan Bidau. Fotografía: Gentileza C. J. Bidau.

♦ EL FALLECIMIENTO DE CLAUDIO JUAN BIDAU

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ 08 – 09 – 2018

♦ Hay cosas para las que es difícil o imposible encontrar una explicación. Cuando el pasado 2 de septiembre me enteré de la muerte, absolutamente inesperada, de mí amigo Claudio Juan Bidau, además de lo conmovido que me hallé, pensé inmediatamente en lo casual –o tal vez no– de que en ese instante a él, a su obra y sus pensamientos, estuviera dedicado el artículo principal de Noroeste Salvaje y que su fotografía, mirándonos con sosiego y hasta cierta presumible comprensión desde la playa arenosa de un lugar paradisíaco, fuera la imagen destacada en la página de inicio del sitio web. Si esas cosas suceden porque sí o si responden a una causalidad, que no somos capaces de penetrar, quedará siempre como un interrogante a responder. Así es la vida… está llena de misterios; así es la muerte también.

Claudio Juan Bidau había obtenido en 1977 el título de licenciado en Ciencias Biológicas por la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, y de doctor en ciencias biológicas por la misma universidad en 1984. Ejerció como  profesor de Biología y Genética Evolutiva en cuatro universidades nacionales y se desempeñó como investigador visitante en distintas instituciones de Brasil, Uruguay, España, Reino Unido y Estados Unidos. Sus intereses biológicos abarcaron la biología evolutiva, la morfometría, la genética, la ecología y la macroecología de varios grupos animales, incluyendo, entre otros, ortópteros, peces, anfibios anuros y mamíferos; en años recientes se había interesado también en aspectos de la historia de la biología de los siglos XIX y XX. Publicó alrededor de 170 trabajos científicos en revistas internacionales y varios de sus trabajos sobre ortópteros –en coatoría con quien suscribe– aparecieron en Noroeste Salvaje, sitio web en el que realizó también una seria advertencia sobre la declinación de las poblaciones de insectos.

Pero más allá de sus intereses científicos, Claudio fue un profundo humanista, alguien que no solo investigaba sino que se regocijaba en la contemplación del mundo natural, un hombre al que le gustaba la literatura, que se dejaba llevar por la música afroamericana, que leía con interés de niño las historietas y que gritaba los goles de River Plate.

Nos escribimos durante casi dos años. El destino y los buenos oficios de la bióloga Carolina Minio habían tendido, cierto día, puentes entre nosotros, y a partir de allí comenzó una especial amistad, marcada por la atracción que ambos sentíamos hacia la naturaleza y el mundo de los insectos, y en la que floreció el afecto. Aunque no tengo estudios formales superiores en ciencias naturales y me considero solamente un naturalista, él, generoso, me llamaba su “colega”, y en abril me escribió en un correo electrónico que se sentía orgulloso de poder publicar en Noroeste Salvaje. Así de lejos estaba de la mezquindad mi amigo Claudio Juan Bidau; así era de grande y de humilde.

No sé si llegó a ver publicada la entrevista. Apenas apareció en el sitio, se lo informé, pero no recibí respuestas a ninguno de los cuatro mensajes que le envié por el asunto. Supuse que estaría ocupado en otros temas y no quería molestarlo, pero como un golpe al corazón recibí la noticia de su muerte a través de un comentario que una lectora dejó bajo las respuestas de Claudio y que señalaba que lo íbamos a extrañar. Con el paso de las horas pude confirmar que Claudio falleció el día 19 de agosto, apenas dos semanas después de la publicación de la entrevista, en la que indicaba, entre tantas otras cosas, que, para tener una mejor relación con la naturaleza,  debíamos “estudiar, comprender, educar, compartir información, divulgar, convivir con el ambiente natural”

Querido amigo Claudio, no esperaba que te fueras tan pronto. Habíamos hilvanado juntos proyectos fascinantes y con diversión asegurada, ese tipo de diversión que encontramos, por supuesto, los que amamos la vida salvaje y nos emocionamos simplemente al ver desplegar las alas a un insecto que se aleja de nosotros. ¡Cuánto nos faltaba aún por saber de los ortópteros del valle de Lerma! ¡Cuántas “sorpresas” entomológicas quedaron truncas! ¡Cómo es que fue a fallarnos ese asadito que prometimos que íbamos a hacer! Mi querido amigo, tengo la presunción de que debes andar corriendo por un pastizal del que saltan langostas desconocidas y multicolores ¡debe ser ese el Cielo del ortopterólogo! Hasta siempre; te voy a extrañar.

1 COMENTARIO

  1. Hermoso articulo Elio. Los que tuvimos la suerte de conocer a Claudio, sabemos que fue un “maestro”, mas que un docente. Nos transmitió la pasión por la evolución y siempre admire su compromiso social y sus ideas firmes e inquebrantables..Sin duda estàra en un buen lugar, hace algunos años me dijo, “tal vez conozca al Dios del Universo”, seguramente lo conociò y estarà a su lado

DEJAR UN COMENTARIO