Hubo una vez un paraíso…

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♦ UN DIÁLOGO CON TITO NAROSKY

♦ Tito Narosky es una referencia obligada a la hora de pensar en los estudios sobre las aves de nuestro país. Creador de la obra “Aves de Argentina y Uruguay, Guía de Identificación” junto a Darío Yzurieta, ha publicado una veintena de libros como autor o coautor; es presidente honorario de Aves Argentinas / Asociación Ornitológica del Plata y creador de la Escuela Argentina de Naturalistas; incorporó cinco nuevas especies al listado de las aves de Argentina y ha sumado una nueva especie para la ciencia. No obstante, más allá de todo esto, Tito Narosky es un hombre de sabiduría y profundo humanismo con el que en 2014 mantuve el siguiente diálogo sobre las dificultades que enfrentan las aves y la naturaleza en general y el rol del hombre en el mundo, entre otras interesantes y muy trascendentales cuestiones. A continuación, parte de su visión.

Por Elio Daniel Rodríguez

♦ ¿Recuerda cómo se despertó su pasión por las aves?

Pasión por las aves es casi sinónimo de amor por la naturaleza. En  los libros de la escuela primaria había un mundo de atractivas láminas de flora y fauna que, imaginé, pertenecían a la fantasía del autor. Pero a los diez años, en un viaje a Darregueira, un pueblito de campo, sentí la vibración del mundo silvestre, me vi envuelto en su magia, era un indescriptible sueño en vigilia. Y las aves y sus nidos, de la mano de los niños del lugar, se constituyeron en protagonistas de una historia que sin saberlo, recién comenzaba.

¿Cuál era en aquellos años su motivación principal a la hora de observar aves en libertad?

Juego de niños. Ya sabemos que la actividad lúdica de los pequeños pertenece a una dimensión apenas entrevista por los adultos. La diversión adulta imita al juego infantil, pero este es inalcanzable. La historia de aquel comienzo, que me empeñé en recrear muchas veces, carece de vocablos adultos. Si hablase con mi léxico actual sobre motivaciones, me apartaría de los sentimientos que el descubrimiento de la naturaleza generó en mí.

Teros reales, Himantopus melanurus. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez

Su aporte al conocimiento y protección de las aves en Argentina es muy importante: especies nuevas para nuestro país, una nueva para la ciencia, o una guía que seguramente marcó un antes y un después para los estudios ornitológicos de nuestro suelo, pero ¿cuál cree usted que fue su mayor logro?

La respuesta no es sencilla. Quizá mi mayor aporte es haber logrado un cambio de paradigma en cuanto a la observación. De la captura, actitud usual para acercarse a las aves, intenté pasar a la contemplación pasiva. Quizás para demostrar que no era preciso matar escribí libros, hice la primera guía elaborada por nativos, luego otras más sofisticadas, agrupé gente, generé los primeros cursos de observación en el país -seguramente en el mundo-, ideé la Escuela Argentina de Naturalistas, viaje, escribí, filmé.

Acerca de las cosas que hombres como usted han hecho, muchos podrían hablar de un legado para las generaciones venideras, mientras otros prefieren explicar la cuestión refiriéndose al cumplimiento de una misión en la vida ¿Cómo siente usted, a la distancia, haber alcanzado esos logros? ¿Qué significado les otorga?

Cada persona cumple con la sagrada misión, impulsada por sus genes, de conservar la vida individual y prolongar la existencia de la especie. Esto más allá de multitud de objetivos paralelos para lograr aquellas metas. A algunos, no les es suficiente y agregan una finalidad, o como bien decís, una misión a su existencia. Me inscribo entre estos.

Pepitero Chico, Saltatricula multicolor. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez

Vivimos en un mundo apurado, donde todo pasa casi sin que lo notemos y donde cada vez es mayor el cúmulo de actividades que debemos realizar; pero, mientras esto ocurre, cada vez más personas se concentran en una actividad que parece ir a contramano de los tiempos, como la de ver pájaros. ¿Qué le aporta a los hombres la observación de las aves?

Son muchas las ventajas que puede aportar al hombre el tomar distancia de una carrera a menudo desenfrenada y que no ofrece premio. Tal vez la pregunta tenga tantas respuestas como observadores hay. Partamos de la premisa de que es una actividad lúdica -de aspecto irreprochable- que permite volver a aquellas etapas de fantásticas correrías, a esos mundos misteriosos que gozamos en las lecturas adolescentes. Pero hay mucho más. A mi vida, por ejemplo, le permitió canalizar poderosas fuerzas internas sofocadas por la chatura de la vida burguesa. Pude ser aventurero, investigador, traductor de la belleza silvestre, organizador de escuelas, escritor, ganar amigos siempre presentes, conocer figuras de imposible acceso en la mediocridad, fui feliz, y por fin, para no extenderme hacia el infinito, le dio un sentido a mi vida. Si esto es poco, puede interrogarse a otros observadores que agregarán sus valores a una larga lista.

¿Y por qué las aves? ¿Acaso pueda decirse que tienen algo de especial que las destaca en el conjunto maravilloso de la vida? Mientras le pregunto esto, se me ocurre pensar en sus colores variados o en sus cantos bellísimos, pero usted aportará a estos elementos seguramente otros más profundos…

Si bien, al responder a esta pregunta, he usado explicaciones racionales -la facilidad de observarlas en relación a otros grupos zoológicos, o su belleza estética o la admiración por su capacidad de abandonar en sus vuelos la chatura que nos ata a la Tierra- la verdadera razón, si existe, permanece oculta entre los pliegues de mi estructura psicológica.

La humanidad avanza incansablemente sobre los ambientes naturales y se multiplican las voces que nos hablan de la sexta extinción, un gran evento de desaparición de especies, que en este caso tiene al hombre como responsable y al resto de la vida como víctima. Muchas aves, de hecho, enfrentan serios problemas y algunas ya se han ido definitivamente. ¿Qué significa, en esencia, la desaparición de un ave, o, generalizando, de una especie cualquiera?

Algunas aves han desaparecido de la faz de la Tierra, otras de nuestro país. Pero no tantas. Mamíferos y reptiles, por motivos quizá diferentes, son enemigos declarados del mono lampiño que camina erguido y que, con su inteligencia extrema dentro de la fauna, ha logrado arrinconar o aniquilar al resto de sus compañeros en la aventura vital. Desde este punto de vista y en especial respecto de las aves, estaríamos aún a tiempo. Pero esta declaración aparece auto-engañosa si recorremos el camino histórico hacia atrás. Todo parecería indicar que la esencia humana conlleva la destrucción de la rama que lo sostiene. Quizás aún estemos a tiempo, pero los cambios esenciales no suelen ocurrir, salvo que nuestra especie…pero no sé.

Salvo que nuestra especie esté dispuesta a dar un golpe de timón y reinventar su esencia, reprogramar su destino, o algo parecido…Si es eso, puede sonar como a una utopía ¿o no?

Y sí, suena utópico, pero quién es capaz de predecir el futuro con absoluta precisión. Al menos, yo no me animo.

Ratona común, Troglodytes aedon. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez

 ¿Qué lo hace feliz? Y como contrapartida ¿Qué lo entristece?

Ambas cosas me ocurren fundamentalmente con respecto a los afectos. Me hace feliz el amor de esposa, hijos, nietos y amigos, y me duelen pequeños desencuentros. Más allá de esto, la vida me ha otorgado el don de gozar hondamente con el vuelo, el colorido o el gorjeo de un pájaro. Pero en una proporción casi similar percibo en mi piel la belleza de un amanecer, o la magia de un pez tropical, la espectacularidad de una caracola arrojada a la playa por influjo de la luna, o la profundidad de un cielo nocturno salpicado de luciérnagas fijas, la gracia de un pichón humano o el despertar de una flor. La posibilidad de vivir me hace feliz. El desconocimiento y la desaprensión humanos frente al misterio de la existencia, no alcanzan para entristecerme. Es mi lucha, mi misión, ayudar en la búsqueda de la ninfa de los bosques, del azulado pájaro de la felicidad. Si no se logra, al menos sentiré el placer del deber cumplido.

A veces hago también razonamientos como ese, pero me descorazona el darme cuenta de que las personas que vendrán tal vez no gozarán de un mundo como el que he gozado yo. Según entiendo, usted me dice que el placer, la tranquilidad, o incluso la felicidad, no sólo están en la victoria sino también en la lucha.

Sí, de ese modo lo siento. La meta es el camino. ¿Quién puede sentirse capaz de modificar el destino del hombre como especie? Algunos lo intentan, pero el resultado no debería pesar sobre las espaldas de quien se esfuerza. Si pese a mi tarea de una vida, el resultado resultase negativo, no asumiré la responsabilidad del fracaso. Mi omnipotencia no alcanza para asegurar resultados. Sólo me sentiría culpable de haber podido intentar algo y no haberlo hecho.

Usted ha recorrido un sinfín de rincones del país viendo y estudiando a las aves, pero ¿qué recuerdo viene a su mente si yo le pido que piense un momento en el noroeste argentino?

Afloran dos escenas superpuestas. Una dramática, el enojo de la Pacha Mama en Iruya, Salta, el desplomarse de los elementos sobre un grupo de cuatro naturalistas -uno de ellos Rafael Cummins, hoy director del hospital de Abra Pampa- que a punto estuvieron de ser tragados por el aluvión de lodo, piedras y árboles. Y tuve la posibilidad de conocer mi reacción al borde del abismo. La escena superpuesta me ubica en una tibia y luminosa mañana en alguna quebrada jujeña, charlando con dos amigos -Francisco Contino y Luis Mario Lozzia- sobre problemas metafísicos, mientras un para mí desconocido jilguero andino llevaba alimento a su pequeña prole, en un hueco de la montaña.

Como ornitólogo, ¿cuál considera usted que es, hasta aquí, su mayor legado? 

Como investigador no creo haber hecho aportes de valor. Siento, por el contrario, haber recibido de la naturaleza en primer término y de los aficionados y colegas en general, una generosa respuesta, que pesa tanto en ese platillo de la balanza, que el que contiene mi legado pareciera vacío. Y así lo siento.

Tito Narosky. Ilustración: Elio Daniel Rodríguez

El mundo está cambiando a pasos agigantados. Muchos son los esfuerzos por detener la catástrofe que parece afectar cada vez a más especies y escenarios  naturales privilegiados, pero el problema no se detiene y, por cada logro, a veces da la impresión de que se producen diez derrotas en la lucha conservacionista ¿Es optimista con relación al futuro de la biodiversidad?

Preferiría no responder. Temo trasmitir un mensaje desalentador. Y mi deseo es el opuesto.

Entiendo perfectamente, pero ¿dónde, hacia qué mundo cree que va, en definitiva, la humanidad?

Temo por el hombre, temo por la vida, pese a que la desaparición de un animal, aunque este sea el que se autodenomina “Rey de la Creación “, no va a modificar demasiado el esquema de nuestro planeta. Quizá me duelan tantas muertes y tanta destrucción, antes de que la naturaleza se encargue de restaurar el equilibrio. Imagino en mis más negras pesadillas, guerras por el agua, por el oxígeno, por el pan, no ya por el petróleo o el oro, que podrían ser alguna vez puestos en su verdadero valor. Pienso en el hambre, en la sed, en las enfermedades. Y a veces sueño con instancias sublimes, con paraísos cargados de frutos en sazón, aquí en la Tierra. Se me ocurre que aún nos queda una franja pequeña que requiere -nada menos- detener la ambición, frenar el acoso de los que publicitan un edén tecnológico, donde el auto ultramoderno reemplace piernas ya inservibles, donde la figura virtual elimine el verdadero amor. Suprimir la arrogancia, sentirnos definitivamente integrantes normales del ecosistema terrestre. Ser de nuevo lo que fuimos, pero usar el don natural de la inteligencia, no para construir armas cada vez más poderosas, sino para mejorar la calidad de la vida, no solo la nuestra. ¿Podrá el Homo sapiens lograr ese objetivo?  ¿O hará falta que la evolución consiga un Homo no tan sapiens?

Si tuviera que escribir un mensaje, introducirlo en una botella, y arrojarlo al océano de los tiempos para que un hombre, dentro, quizás, de mil años, lo lea, ¿qué escribiría?

Que hubo una vez un paraíso en la Tierra y que…

 

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