¡Huevos y pichones!

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♦ MIS MÁS DIVERTIDAS HISTORIAS CON NIDOS

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ 06 – 07 – 2019

Vieja fotografía del autor de este artículo, Elio Daniel Rodríguez, observando un nido de tero, Vanellus chilensis. Fotografía: Archivo Elio Daniel Rodríguez.

♦ No conservo la foto de la primera vez que descubrí un nido, y pienso que ni siquiera hubo foto. Entonces el asunto era así; a casi nadie enseñábamos las imágenes de nuestras experiencias y creo que tampoco a nadie le importaban demasiado. Claro que en aquellos tiempos, tomar fotografías resultaba mucho más complicado y caro que ahora, así es que si alguien iba a gastar algún dinero en eso, debía de ser para algún viaje especial o un cumpleaños, con gorritos puntiagudos y globos multicolores incluidos. Por lo menos desde mi experiencia de niño, no había fotos para nidos.

Sí recuerdo, no obstante –porque además está la fotografía para comprobarlo–, que una vez pedí que alguien me tomara una foto asomándome a la ternura y encanto de un humilde nido de tero que había descubierto en el campo, junto a una represa casi sin agua. Creo estar seguro de que lo hice porque había quedado encantado con la fotografía de tapa de un libro que en su momento no pude comprar y que recién adquirí décadas más tarde, cuando el dueño de la misma librería donde yo lo había encontrado de adolescente resolvió que ya era tiempo de sacarlo a la venta a precio de oferta, ¡30 años después! Ese libro se llama “Manual del naturalista aficionado”, y en su maravillosa e inspiradora portada se ve la imagen de un hombre joven, tal vez un muchacho todavía, con barba, camisa verde militar, mochila a la espalda y binoculares colgados de los hombros, que con suavidad aparta verdes hierbas para apreciar un nido con blancos tesoros, que algún ave incubaba.  Viendo ahora la tapa de aquel libro y mi vieja fotografía no caben dudas de que, al menos, se trató de un “homenaje” a la mencionada  obra; creo que sería injusto llamarlo plagio. Hoy agradezco haber tenido ese chispazo de osadía para permitirme pedir que se me tome una foto junto al nido de aquellos  teros.

Es que los nidos de las aves, tal vez como ninguna otra cosa en la naturaleza, nos transportan a un mundo cálido y seguro, a un universo de ternura y sacrificio paternal, donde se pone en evidencia que lo más importante es cuidar del que llegará o recién vino, del minúsculo ser desvalido que crece dentro del huevo o del pequeño de plumones húmedos y ojos cerrados que parece tener fuerzas sólo para abrir el pico de par en par  reclamando alimento.

Cuando era muy chico mi padre criaba canarios. Lo hacía con constancia y diría que hasta cierta devoción, tratando a los animales con sumo cuidado y afecto y procurándoles las mejores condiciones en los jaulones y jaulas donde los alojaba; en la tarea que demandaba el tenerlos nos incluía a sus hijos. Si íbamos a visitar a una tía a cierto barrio del sur de la ciudad debíamos juntar una pequeñas florecitas que según decía los ayudaban en la época de cría, si era tiempo de los nidos había que ponerse a destejer bolsas de arpillera para que los pajaritos tuvieran material suficiente, cuando llegaba la hora de limpiar los aposentos de las aves debíamos estar presentes ayudando en la tarea. No descarto que haya llegado así, con estos humildes pasos de asistente canaricultor, a fascinarme tanto con la vida de las aves.

Esta es la primera imagen que se obtuvo de un adulto de pepitero colorado, Pseudosaltator rufiventris, en su nido. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Desde que se ve el primer nido hasta que se descubre un nido nuevo para la ciencia pasan muchas cosas, pero en este breve escrito sobre nidos y amores comenzaré por lo último. Fue en 2013; un momento mágico; algo inigualable. Había estado siguiendo durante meses los movimientos de una pareja de pepiteros colorados, Pseudosaltator rufiventris, con la esperanza de hallar el nido y hacer algunas observaciones sobre su biología reproductiva, que hasta el momento había permanecido elusiva a las miradas indiscretas de ornitólogos y naturalistas. Pero el tiempo pasaba y el motivo de mis constantes viajes a ese lugar hermoso de Salta, que se conoce como Cuesta del Obispo, camino a Cachi, no aparecía. Sin embargo, justo cuando, al menos por aquella temporada, ya estaba dejando atrás cualquier esperanza de hacer realidad mi objetivo, apareció en lo alto de un álamo una estructura improlija de ramitas y sobre ella un adulto, algo inquieto por la presencia de quienes observábamos pero decidido a permanecer allí por el bien de su descendencia. Fue un momento sublime; de esos que no se olvidan. Era la primera vez que alguien, animado por el solo interés de penetrar lo desconocido, veía ese nido; ya otros lo habían buscado sin éxito y ahora el hogar del pepitero colorado estaba ante mis ojos. No me explayaré demasiado sobre esto porque ya he descripto en detalle las circunstancias que me condujeron a ese hallazgo y mis observaciones posteriores, así es que pasaré a otra historia.

En alguna oportunidad había yo puesto en el jardín de mi casa una calabaza hueca con un orificio lateral con la intención de que algún ave hiciera allí su nido. La había suspendido de unos hierros de construcción que sobresalían de una columna en la cochera y cada cierto tiempo revisaba su interior, pero no pasaba demasiado. Fueron pasando los años y una mañana observé que una charrasquita o ratona común, Troglodytes aedon, estaba introduciendo algunas ramitas en su interior; me ilusioné, pero advertí con el tiempo que solo usaba el sitio como “dormitorio” y no como nido.

Un jovencito jilguero dorado, Sicalis flaveola, rescatado de las garras de la muerte, me observa desde el nido, ya próximo a dejarlo. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Al año siguiente comenzó a frecuentar la calabaza/nido una pareja de jilgueros dorados, Sicalis flaveola. Se metían dentro, cantaban, introducían palitos y se los veía llenos de entusiasmo. En mi familia todos pensábamos que podríamos muy pronto ver asomarse a los pichones, pero esperamos y esperamos y a pesar de que la actividad de la pareja continuó por bastante tiempo, las crías no aparecieron. En cierto momento, tras idas y venidas, después de periodos de tiempo en donde se los observaba con asiduidad y otros en que era difícil hallarlos trabajando, toda actividad pareció cesar. No podía verlos con la frecuencia de antes ni tampoco se los escuchaba cantar en las cercanías. Supuse entonces que la pareja había abandonado el intento y que la inexperiencia del macho, al que no se le veía aun el plumaje de un adulto, había obrado para que el esfuerzo nidificador fallase, con lo que entonces, seguros de que ya nada pasaba con “nuestros” jilgueros, nos dispusimos a construir en el lugar un techo de chapas.

Una mañana salí hacia el trabajo muy  temprano y, en mi ausencia, los herreros llegaron a casa para instalar el techo. Cuando estuve de regreso, la tarea estaba ya avanzada pero el nido había sido quitado de su lugar; pregunté a mi esposa dónde podía estar la calabaza, pero ella no lo sabía. La busqué por aquí y por allá y la encontré sobre una maceta. Me dije a mi mismo que, al menos, me gustaría conservar la estructura que habían hecho los jilgueros en el interior de la calabaza hueca. Además, era posible que hallara huevos abandonados. Comencé entonces, con sumo cuidado, a romper la calabaza desde arriba, pero al quedar expuesta la tacita de pajas y palitos, observé con sorpresa ¡que había pichones! Preocupado por la salud de los pequeños, ya que hacía varias horas que no recibían calor ni alimentación, me dispuse a actuar lo más rápidamente que pude. Con la ayuda de mi esposa y la de uno de mis hijos –el otro aún se encontraba aún en la escuela– le coloqué a la calabaza, ahora descabezada, un recipiente de telgopor de los que se usan para helado, invertido y con una rotura que le practiqué para que coincidiera con el orificio de entrada al nido. Lo aseguramos bien, y con mucho cuidado lo sujetamos con alambres a la estructura de metal que acababa de colocarse y sobre la que todavía faltaban las chapas. Los herreros iban a volver a trabajar a la tarde y era vital que los padres de los jilgueritos regresaran pronto al nido para alimentarlos. Por eso, nos alejamos raudamente del sitio y comenzamos a observar qué ocurría desde lejos; pasados algunos minutos, ¡los padres estaban de vuelta!

La calabaza/nido de los jilgueros dorados con su «prótesis» de telgopor. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

No obstante, se tomaron su tiempo para analizar la situación. Volaban alrededor de la estructura y la observaban detenidamente. Desconfiaban en grado sumo de aquella prótesis blanca que se había colocado por techo del nido y no querían arriesgarse a ingresar. Pero de pronto, poco después, entraron en el nido y, para nuestra tranquilidad y alegría, comenzaron a alimentar a sus crías. Faltaba poco para que los pequeños abandonaran el sitio de su nacimiento, y esto ocurrió muy poco después de aquel día en que estuvieron en peligro.

La última de las pequeñas historias con nidos que quiero contar aquí, me lleva a La Lagunilla, ese espejo de agua tan cercano a  la ciudad de Salta y en el que pueden hallarse a veces aves acuáticas de tan diversas especies. Solo describiré aquí mi encuentro con el maravilloso –y diría que lírico– nido del coscoroba, Coscoroba coscoroba.

Era el mes de julio. Yo había comenzado esa mañana por dirigirme hacia un juncal donde unos meses antes había fotografiado a una pareja de gallaretas escudete rojo, Fulica rufifrons, con pichones. Luego me sorprendió, al salir volando desde muy cerca, una hermosa garza mora, Ardea cocoi, a la que no pude fotografiar. A lo lejos, cerca de la orilla pero a muchos metros de donde yo me encontraba, observé unos puntos blancos que llamaron mi atención. Me llevé el visor de la cámara fotográfica a los ojos y, a través del lente de acercamiento, pude ver que se trataba de dos coscorobas echados en sendos nidos.  Les tomé fotografías desde aquella distancia pero intenté acercarme para mejorar las imágenes captadas y realizar observaciones sobre la reproducción de la especie. Me fui aproximando como pude, con movimientos muy discretos y al amparo de la vegetación de árboles y arbustos que se interponían entre las aves y yo, aunque, como es obvio, con sus desarrollados sentidos, ellos alcanzaron a ver mis movimientos.

A medida que me aproximaba, extremaba mis cuidados, y aunque trataba de desplazarme lo más disimulada y calladamente posible, las hojas secas crujían bajo mis pies y el sonido que producían era como un bullicio exagerado en esa mañana de perfecta calma. Pude confirmar que se trataba de dos nidos; unas estructuras voluminosas que, con la forma de un cono trunco, emergían desde las aguas someras de la laguna, a unos 15 metros de la orilla. En mi cuaderno de campo dejé constancia del “profundo goce estético que sentí al observar aquella escena”.

El coscoroba más cercano, blanco, reluciente, con llamativo pico rojo como todos los de su especie, estiraba el cuello en actitud expectante y alerta, pero no despegaba su cuerpo del nido voluminoso, de cuya parte superior emergían las plumas que recubrían el interior y que se derramaban hacia afuera como grandes copos de nieve blanquísima y pura. El de más allá, parecía estar tranquilo, y mantenía su cuello relajado y apoyado sobre la espalda. En otra circunstancia, las aves se hubieran alejado de mi presencia, pero puede pensarse que, a pesar del justificado temor que mi cercanía les inspiraba, ellas estaban dispuestos a permanecer junto al tesoro de su descendencia, asumiendo riesgos, como en cualquier otro momento, sin el compromiso de “amor” que custodiaban, seguramente no lo harían. Tomé las fotos que pude, realice las observaciones que creí pertinentes y fui retrocediendo despacio, con el crepitar de las hojas secas bajo mis pies y una sonrisa en el  corazón que jamás olvidaré.

Coscoroba, Coscoroba coscoroba, en su nido. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

 

 

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