La duda y el mañana

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Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

 

♦ UN DIÁLOGO ENTRE TITO NAROSKY Y ELIO DANIEL RODRIGUEZ (Parte 4)

♦ (Los textos que seguidamente se reproducen son continuación del dialogo denominado «El especismo y nuestro lugar en el mundo», publicado también en Noroeste Salvaje)

SOBRE LA DUDA COMO PUNTO DE LLEGADA

Querido amigo Tito:

En la tarea de construcción de una idea –o varias– que implica nuestro dialogo, me atrevo a pensar y expresar que es la duda y no tanto la certeza la que nos permite aprender; usted seguramente siente, como lo siento yo, que la duda es la que empuja en el campo a seguir un  canto difícil de identificar o una sombra fugaz que se perdió entre los arbustos. O es la duda o lo es la consciencia del desconocimiento absoluto. Si diéramos las cosas por sabidas, no podríamos avanzar.  Y así como a veces dudamos de la verdadera identidad de un pájaro, ¿cuánto más nos asistirá el derecho a dudar sobre la existencia de un destino de trascendencia, la posibilidad de un Dios o un mínimo sentido que explique la maravilla del universo?

Es cierto que mi esperanza deísta seguramente se asienta en una herencia cultural que viene de lejos, pero al yo someter a juicio la legitimidad de lo heredado en ese sentido, créame que no puedo desecharlo ni dejarlo atrás porque simplemente no encuentro argumentos lo suficientemente convincentes para ello. Y estoy hablando sólo de esa esperanza deísta. Por otra parte, es cierto que mi intelecto me impulsa a la  duda científica, pero también creo que la poca ciencia que ilumina mi pensamiento también me ordena que me detenga y me reconozca incapaz ante cosas que trascienden mis posibilidades. No digo que eso deba pasarle a todos; digo que es lo que me pasa a mí en particular.

Las religiones son dogmáticas porque implican certezas sin demostración y sin posibilidades de objeción, porque afirman sin probar; pero ¿acaso no es dogmática también una mirada que niegue sin probar? Afirmar sin pruebas y negar sin pruebas, son, según pienso, dos caras de una misma moneda. Porque, como se dice, la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia. ¿Qué nos queda entre uno y otro dogma? La duda. La duda constructiva, indagadora, comprensiva de las creencias o de la incredulidad de los otros, la que nos mueva a la esperanza o a la expectativa de la existencia de un origen, un sentido y un destino que no habíamos previsto o que no creíamos probable; que no se nos había demostrado, simplemente porque está más allá de las posibilidades de demostración de una especie, si bien muy ingeniosa, creativa y audaz, también petulante, limitada e ignorante de un sinnúmero de cosas; una duda que me insista que, aunque lo crea poco probable, tal vez, solo tal vez… O la duda que me diga que aunque crea en un Dios y tenga esperanzas en su presencia en nuestras vidas, quizás, solo quizás… O la duda que me impida negarlo todo, porque tampoco a mi negación puedo sostenerla en ninguna prueba. O la duda que me haga incapaz de asegurarlo todo.

Créame que me ha costado mucho esfuerzo llegar hasta este estado de duda; me esforcé en encontrar respuestas, estudié, leí, pensé mucho y reflexioné hasta que por fin apareció ante mí, hermosa y pacificadora de mis anhelos frustrados de respuesta, la duda. No digo que deba ser el lugar de llegada de todos, digo simplemente que fue el mío. Mi convicción, si se quiere, al menos por el momento, es la duda, y en la duda encuentro la paz, porque he renunciado, a fuerza de probar la insuficiencia de las armas con las que cuento, a penetrar cualquier conocimiento que esté más allá de mis posibilidades, y creo que afirmar o negar la existencia de un Dios –espero no lo tomen a mal mis amigos creyentes o ateos– pueden ser una opinión, pero no mucho más que eso. No obstante, como lo dije antes, tengo esperanzas (mas no la convicción) en un Dios.

Recuerdo las palabras de Pasteur: “Un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha lo acerca”. Me pregunto, con qué pruebas daría yo por demostrada la existencia de Dios. Con cuáles probaría su inexistencia. Tanto una cosa como la otra son indemostrables y el ubicarse a uno u otro lado de la línea divisoria parece más hablar de uno mismo que de la existencia o no de Dios.  A ese conocimiento no puede llegar la ciencia humana ni la filosofía humana ni la lógica humana. Y dicho esto, no hablan de Dios, tanto si existe como si no existe, las iniquidades que se cometen en su nombre: hablan del hombre.

Pienso que a menudo se confunden dos conceptos muy distintos: espiritualidad y religión. La religión o las religiones en general han ido apropiándose de alguna manera de la espiritualidad de los hombres. Le han dado un conjunto de rituales qué practicar, un sistema de creencias en el cuál confiar, autoridades del culto para seguir y un cuerpo de mandatos –muchos de ellos congruentes con la más absoluta razonabilidad– para obedecer; y así, se han transformado en el continente de la  espiritualidad de muchas personas; una espiritualidad que de esa manera dejó de buscar respuestas, ¿porque ya confía en las respuestas que han encontrado otros? Al poner nuestra espiritualidad en manos de una religión, abandonamos además el camino esencialmente individual que toda espiritualidad tiene y lo transformamos en un camino colectivo, donde están otros como nosotros, que nos sirven de apoyo ante nuestras cavilaciones y nuestras caídas; porque es más sencillo contar con alguien a nuestro lado que estar solo en nuestras indagaciones, en nuestra falta de certezas, en las dudas –que algunos, como yo, aceptan mansamente y que a otros atormentan–. Creo que el preguntarnos por el sentido de las cosas, aún en el caso de que nos respondamos –sin pruebas repito, porque no podríamos probar eso– que nada tiene sentido, ya nos devuelve en el espejo la imagen de seres espirituales, porque lo más importante –desde nuestro humilde lugar en el Cosmos– no debe ser la respuesta sino la pregunta, no el pesimismo ni el optimismo de nuestras elucubraciones y sospechas sino el ansia de saber o de comprender. No la meta sino el camino que seguimos para llegar, o no, a ella. Pienso a veces que es la emocionante capacidad de preguntarnos la que nos vuelve espirituales; la que nos prueba espirituales. No es estrictamente necesario inscribirse en el contexto de una religión ya establecida; somos seres espirituales –aunque pienso que algunos más y otros menos– por naturaleza, aún sin rituales, sin sistemas de creencias inalterables y milenarios, y sin intermediarios entre nosotros y Dios – si es que finalmente existe–.

Por último, considero muy atinado el concepto de “especismo”, que usted brinda. Y, como lo manifestaba anteriormente, creo que ese especismo, así como está destruyendo ahora mismo el planeta, antes, hace muchos años, forjó la creencia de que Dios nos ha nombrado los  administradores de todo lo que existe. Es  el hombre y su mirada especista el culpable; no Dios, exista o no exista.

Elio Daniel Rodríguez, 15 de enero de 2020

UN INTENTO DE ASOMARME AL MAÑANA

Muy estimado amigo:

Prometí escribir sobre el futuro de la fauna y de la flora, intrincadamente unido al destino del hombre, y al comenzar siento miedo. El temor es múltiple. Temo por  lo que puedo elucubrar sobre un tema asaz espinoso y acerca del que no poseo otros elementos que los imaginarios; temo por el mundo natural que al parecer tiene poco derecho a opinar sobre su destino, y por el hombre y su ruta hipertecnificada, donde lo que entiendo por humanidad –su espíritu, sueños y fantasías– está recorriendo ya el plano inclinado de la desaparición.

Para suponer cómo será el futuro, esfuerzo quizá inútil pues cada paso dado abre sendas inesperadas, mas para el intento al menos, parece lógico seguir el derrotero histórico y descubrir en él las líneas generatrices de la conducta del hombre ligada, como nunca antes, al destino final del planeta.

El comportamiento de nuestra especie, digamos en los últimos 70000 años –un soplo en la historia de la Tierra- evolucionó, si cabe este término, de compartir grupos de cazadores-recolectores y comportarse como cualquier otro animal, sufriendo las acechanzas de predadores más poderosos, a esta actualidad. Utilizó su singular inteligencia, perfeccionada por selección natural, y ha surgido victorioso, como especie, en la competencia por la supervivencia. El Homo sapiens, que en su carrera evolutiva eliminó a otros hombres quizá menos dotados intelectualmente, logró lo mismo con cada animal competidor. Las especies que se resistieron a la domesticación, las que no aceptaron la esclavitud, fueron ejecutadas o aisladas en espacios cada vez más pequeños y remotos. Los números actuales son reveladores: millones y millones de vacas, caballos, gallinas, perros o cerdos persisten frente a unos pocos cientos de yaguaretés, rinocerontes o tigres de Bengala. Pero no debo adelantarme. Para tener una idea de lo que aportará el futuro debemos contemplar lo que fue ocurriendo en el pasado, hasta que este se convirtió en presente, y de allí extrapolar lo que ocurrirá.

Prosigamos. Donde incursionó este extraño primate desnudo, por ejemplo islas enormes como Australia, Gran Bretaña o Nueva Zelanda, la fauna en sus mayores expresiones, fue decayendo hasta desaparecer. Luego sobrevino la revolución agrícola. El hombre se asentó en pueblos y ciudades y requirió mayores espacios para el cultivo, para el acopio por si la cosecha siguiente fracasaba, para el mañana, para el pasado mañana y sobre todo para acrecentar su riqueza y poder, que ya los poseía cuando algunos miles de años después aconteció la revolución industrial. Me niego, por una deformación personal que me enemista con los números, a desarrollar estadísticas, pero pensemos tan solo cuántos hombres había hace digamos 10000 años y cuántos somos en la actualidad, y hagamos un cálculo de cuántos seremos, ya no en miles de años sino en algunos cientos. Cuántas gallinas necesitaremos y cuántos gorilas quedarán.

El hombre se ha apartado de la selección natural. Lucha encarnizadamente contra ella y sus victorias son cada vez más evidentes. Las enfermedades que diezmaban a gran número de humanos ya ni existen, la medicina avanza a pasos agigantados y los trasplantes ¡hasta de corazón! son habituales en el ahora. ¡Qué nos deparará la cirugía en los tiempos que vendrán! La manipulación genética, que aún suena como ciencia ficción, avanza a velocidad supersónica en los laboratorios de los países más desarrollados; el cáncer será un nombre olvidado en unos decenios. Se elegirán los genes más aceptables y no solo duplicaremos los años por vivir sino que lo haremos en condiciones cada vez más asépticas. La biotecnología hará verdaderos milagros científicos, al par de las nanociencias, la robótica, las computadoras más y más sofisticadas que por fin reemplazarán con ventaja al hombre –falible como tal- y tendremos climas manejables, ciudades inteligentes, vehículos espaciales que trasportarán a planetas lejanos la creciente basura terrestre. Rutas a distintos niveles conformarán un enjambre lujurioso de caminos virtuales y vehículos movidos por una energía barata obtenida del sol. Las comunicaciones se harán a un ritmo que no me animo siquiera a calificar; cualquiera podrá conectarse con cualquiera en cualquier sitio de la Tierra o del espacio, en millonésimas de segundo. Lo lamentable será que desde la eliminación de los diálogos afectivos, considerados banales, ya nada interesante habrá para decirse.

Podría seguir imaginando y de seguro me quedaré corto en calificar el desarrollo de la humanidad. Ah, querías Daniel saber qué pienso del lugar que le otorgará ese futuro a la naturaleza. Cierto, de eso trata nuestro diálogo, del porvenir de la vida, no solo de la vida humana. Lo había olvidado del mismo modo que nuestra especie ha olvidado a sus compañeros de ruta, plantas y animales. Pues les auguro un papel cada vez más deslucido. No desaparecerán del todo ¡por favor! Aún serán útiles para la distensión que implicará visitar turísticamente alguno de los reducidos relictos de naturaleza. Un niño preguntará a sus mayores si así de sucio y desordenado era el mundo en el pasado. Y esos paseos, en herméticos vehículos autoguiados, producirán algún dividendo a sus dueños. Tal vez por eso tales pequeños escondrijos naturales –grandes zoológicos- seguirán existiendo.  Muchos animales no habrá pero algo del pasado resistirá.

Tito Narosky, 6 de febrero de 2020

 

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