La huerta en casa

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♦ ¿POR QUÉ HACERLA AYUDA A LA NATURALEZA?

♦ Plantar y mantener una huerta casera reporta beneficios para quien la realiza, pero también los tiene para con la naturaleza. ¿Por qué sembrar tus propias lechugas o tomates, achicorias o berenjenas? En el siguiente artículo encontrarás algunas respuestas que tal vez te impulsen  a convertirte en hacedor de, al menos, una parte pequeña de los alimentos que llegan a tu mesa.

Un lustroso zapallito tronquero crece en una huerta casera. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ (30-03-2018)

Un poco de historia personal

No recuerdo muy bien cuándo fue la primera vez que pisé una huerta casera. Tengo en la memoria, sí, a un querido “tío Sosa” trabajando en lo que para mí, por entonces, era un gigantesco espacio, en el fondo de su casa, que dedicaba al cultivo de hortalizas. Por aquellos años, sin embargo, no me interesaban mucho sus lechugas y tomates, sus zapallos y rabanitos. Lo que más me estimulaba a recorrer el angosto caminito que bordeaba la sección cultivada era llegar hasta donde estaba el gallinero.

A mi padre le gustaba la huerta. Mi casa no podía permitirse los lujos de espacio del sembradío de aquel tío, pero él se las arreglaba igualmente para “producir” –si cabe la expresión– unas lindas verduras; yo le ayudaba en la tarea. Él me despertaba algunos domingos temprano a la mañana –alrededor de las 8–  y, después del desayuno, nos poníamos a trabajar. A mí me tocaba, dentro de la sociedad, una parte con exclusividad; en unos cajoncitos no muy grandes yo plantaba mis propias semillas, y el resultado no era despreciable; siempre algunas tiernas achicorias finalmente justificaban el esfuerzo.

Mi única experiencia comercial –aunque creo que esta palabra queda un poco grande para el caso– la desarrollé cuando tendría unos 19 años. En el jardín trasero de la casa de cierta novia de juventud cultivé un generoso plantel de pepinos, y, ante los buenos resultados obtenidos, que excedían con creces la capacidad de consumo de nuestras familias, tuve que buscar “mercados” para mi producción. Los encontré en una pequeña verdulería de barrio, a una cuadra y media de mi casa, a la que cada semana llevaba un cajón repleto de sabrosos pepinos, libres de todo químico. Generalmente me llegaba con un cajón cargado de pepinos los viernes, y a la noche el dinero que me era pagado servía para alguna salida no demasiado onerosa.

Cuando con mis hijos pudimos por fin tener una pequeña huerta, reiteremos la experiencia de los pepinos, pero también probamos suerte con zapallitos tronqueros, zucchinis, repollos y tomates. Los resultados fueron siempre dispares, pero al mismo tiempo enriquecedores y estimulantes. Hoy contamos con cinco frutales, varias macetas con plantas medicinales y aromáticas y dos grandes canteros con diferentes hortalizas, que van cambiando de acuerdo a la estación del año, la necesidad, el gusto y la experiencia que vamos reuniendo con cada una.

Ricos pepinitos recién sacados de la huerta casera, y listos para encurtir. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Sabrosos beneficios

Hacer una huerta en casa, o incluso en el balcón de un departamento, redunda en beneficios que van más allá de los que tienen que ver directamente con la alimentación; no obstante, para empezar, vamos a hablar de ellos.

Quien haya tomado un limón directamente de la planta sabe del aroma que se desprende del solo acto de hacerlo. ¡Las manos huelen a limón! ¿Te ha pasado eso alguna vez? Todo lo que cosechamos en nuestra huerta, y consumimos inmediatamente, no ha esperado en cajones ni ha sido transportado. No fue demasiado manipulado. Y no fue puesto en cámaras frigoríficas.  Está absolutamente fresco. Su sabor, aroma y consistencia permanecen intactos, y eso se nota al comer.

Por otra parte, si las noticias que leemos, vemos y escuchamos en los medios de comunicación sobre lo cargado de productos nocivos que llegan a nuestras casas los alimentos que consumimos tienden a inquietarnos, nada de eso pasa cuando tenemos para con lo que plantamos en nuestra huerta una “actitud orgánica”, tratando de no usar nada que en definitiva, al terminar nosotros consumiéndolo, ocasione daños a nuestra salud.  ¿No querrás que tus alimentos estén contaminados con venenos, no? Por consiguiente, los alimentos de nuestra huerta son más saludables.

Por supuesto que hay otras ventajas que trascienden lo que estrictamente está relacionado con la alimentación. Por ejemplo, producir tus propios alimentos te hace ahorrar dinero. Hoy por hoy los alimentos no son tan económicos  como podían serlo antes. Puede que las semillas tengan un costo, pero incluso se pueden cultivar las semillas de muchas frutas y verduras que se consiguen en las verdulerías de barrio; les aseguro que he tenido buenas experiencias con eso y me di el lujo de producir así ¡mis propios morrones!

Hay más; hacer una huerta ayuda a las personas a permanecer activas. ¡Se hace ejercicio en una huerta! Hay que agacharse, caminar, es necesario practicar a veces algo de fuerza o asumir posiciones que no asumiríamos viendo la televisión. Permanecer activo es bueno para nuestro cuerpo pero también lo es para nuestra psiquis. Cuando trabajamos con frutas y hortalizas nuestro pensamiento se concentra en eso que hacemos y de esta forma podremos experimentar la sensación de olvidarnos de los posibles problemas que podamos tener en nuestra vida diaria; hacer una huerta nos ayuda a relajarnos. Esto es mejor todavía si al trabajo de preparar la tierra, sembrar y cosechar lo hacemos en familia ¡Qué cosa grandiosa poder estar ocupados en algo productivo y saludable con nuestros hijos!

Y ya que hablamos de hijos, podemos referirnos también al aprendizaje que ellos mismos tienen cuando ponen en práctica, junto a  sus padres, la realización y mantenimiento de una huerta. Por lo general, no pensamos de dónde viene lo que comemos, cuánto tiempo tarda en crecer y qué trabajo da el cosecharlo; pero esas preguntas se responden solas cuando nos ponemos nosotros mismos a trabajar en nuestra huerta. En el caso de los más pequeños –o de los jóvenes–  ese aprendizaje les quedará grabado en la memoria de por vida, pero no solo será un recuerdo, sino que también se notará en la relación que ellos establecerán por siempre con los alimentos: una mirada más respetuosa, que otorgue el justo valor que una comida tiene. Llevarse un alimento a la boca es algo necesario y hermoso, y que siempre debiéramos vivir con agradecimiento, pero si no se sabe nada sobre lo que significa producir un alimento posiblemente nunca se alcance esa actitud. Eso es lo que nos enseña cultivar nuestra propia comida o, al menos, parte de ella.

Esta flor de un pimiento morrón anuncia que pronto aparecerá allí el sabroso fruto de la planta. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Una ayuda a la naturaleza

Posiblemente haya quienes piensen que una huerta sólo representa la posibilidad de producir una parte de nuestros alimentos, pero si lo consideramos más ampliamente es mucho más que eso. Nuestra huerta puede convertirse en refugio de abejas y abejorros, que además nos brindarán sus servicios de polinización, de mariposas de mil colores, que nos deleitarán con su belleza y gracia al volar de flor en flor, y de ágiles pajarillos, que tal vez buscarán entre las hojas el suculento bocado insectívoro que precisan para sus crías.

Además, estaremos produciendo sin químicos que dañan la tierra y el agua, con lo que haremos nuestro aporte para reducir la enorme contaminación que los humanos provocamos con nuestras actividades. Al plantar lo que consumimos evitamos tener que comprar eso mismo en la verdulería o en el mercado, a donde llegó recorriendo a veces enormes distancias. Un alimento que viaja para llegar a nuestra mesa significa un barco, un camión o un tren que lo trasladó consumiendo combustible y emitiendo gases contaminantes  a la atmósfera. E implica también árboles que se cortaron para hacer cajones y envoltorios que lo cubrieron durante el viaje y puesta en góndola.

Y si te parece poco todo ello, una huerta casera implica algo menos de superficie a plantar en ecosistemas naturales y por lo tanto a arrasar de nuestros valiosos bosques o a transformar de ciertos ambientes de pastizales. Por supuesto que esta ayuda puede representar para muchos una gota en el océano, pero entonces bien vale recordar esa frase que se atribuye a la Madre Teresa de Calcuta: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota”.

Respira profundo y concéntrate; este puede ser el momento de realizar tu huerta casera. Si no sabes nada acerca de ello, de poco importa ya que todo se aprende en la vida. Verás que los beneficios no tardan en llegar para tu vida y para la naturaleza en su conjunto. ¡Feliz cosecha!

Para lograr tu propia huerta casera, solo tienes que poner “manos a la obra”. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

 

 

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