Por Elio Daniel Rodríguez


Pienso a veces que la falta de interés, e incluso de aprecio, por las aves no obedece tanto a una premeditada actitud, sino más bien a un total desconocimiento de las maravillosas historias que nos revelan nuestros fascinantes amigos alados. Las aves son, se me ocurre, de entre todas las criaturas de la naturaleza, las que de mejor manera han sabido captar la atención de los hombres a lo largo de la historia. Para decirlo de otro modo: de alguna manera se las han arreglado para ser nuestros “preferidos”.

Esto no responde de ningún modo a una cuestión arbitraria. Habitantes, en  la mayor parte de las ocasiones, de la luz, como nosotros, y reposada su supervivencia en la visión cromática y el sonido, compartimos con ellas un mundo de sensaciones. Una enorme cantidad de aves esta activa cuando lo estamos también nosotros, la variedad de sus coloridos y sus formas es verdaderamente enorme y escuchar su canto es para nosotros motivo de alegría y regocijo.

Solo encandilados por los mil espejitos de colores de la vida cotidiana y obnubilados por un sinfín de aparatos y dispositivos -a veces tan intrascendentes como tempranamente envejecidos-, aturdidos por una impresionante  telaraña de normas y estructuras, y anestesiados por mil presiones y ansiedades, sólo así, lejos de lo que realmente es nuestra esencia espiritual y biológica, es que nos olvidamos de ese universo maravilloso, y caminamos, a veces, por la calle casi como autómatas, indiferentes al trabajo esmerado y laborioso del hornero que construye su nido, ignorantes de los movimientos nerviosos de la charrasca que caza -casi al lado nuestro-  su pequeña arañuela, ajenos a los galanteos del palomo que se muestra de la mejor manera a la hembra que trata de conquistar y sin saber de las piruetas de las golondrinas, en vuelos acrobáticos justo arriba de nuestras cabezas.

Hay gente, sin embargo que ha recuperado esa parte de nuestro espíritu que se deleita con el vuelo, el canto o los colores de un pájaro cualquiera. Conforman un grupo cada vez mas nutrido; un conjunto grande de personas, que van recorriendo el mundo, o simplemente el lugar donde viven, armadas con una paciencia digna de elogio, entusiasmadas ante la mención de algún nombre científico de un ejemplar aún no contemplado por ellas, y provistas, la mayoría de las veces, sólo de unos prismáticos de mediano poder y un amor inquebrantable por el mundo natural. La observación de aves es una pasión que crece en todo el planeta. Millones de personas salen todos los días… ¡a ver pájaros!

Un amigo mío se dedica a guiar a estas personas por los encantadores senderos y la deslumbrante riqueza de la avifauna de nuestra región. Él, por cierto, conoce los nombres de cada especie; los vulgares y el científico,  y hasta la denominación de los pájaros en ingles. Puede identificar a un ave solamente por alguno de sus sonidos y es un verdadero “halcón” a la hora de divisar un ejemplar de interés. Y créanlo o no, a él llegan clientes de casi todo el mundo con el objetivo de ver a tal o cual especie o simplemente asomarse sin demasiadas pretensiones a lo que les pueda salir volando en el camino o en medio de los cerros; quieren conocer, en síntesis, cómo son las aves de esta parte del mundo y descubrir con qué criaturas se encuentran en un viaje a esta parte de Sudamérica.

Ellos aman las aves; pero no hay muchos secretos que expliquen la situación. Las aman simplemente porque un día tuvieron ojos para con algún ejemplar que se les poso al lado o “pusieron” oídos para un canto que les llegada desde los árboles o una historia que les contó un conocido acerca de alguna especie en particular.

Si algún día comenzamos, es casi seguro que seguiremos. Después del primer paso, la fascinación sólo nos deja una alternativa: profundizar en el conocimiento de tan hermoso universo, aprender a alejarnos de cuando en cuando de nuestro pequeño mundo para comenzar a desandar los caminos de ese mundo tan basto y diverso, tan encantador, colorido, sublime e inagotable, lleno de historias de lucha por la supervivencia.

Si al menos siente alguna pequeña curiosidad o si simplemente le interesan las maravillosas manifestaciones de la vida en el mundo, otórguese una oportunidad.  Y si no tiene prismáticos, no se preocupe, ya los tendrá. Y si no puede salir al campo, no importa; la plaza de su barrio o incluso el jardín de su casa son buenos lugares para comenzar. Y si no cuenta con una guía de aves de su ciudad o de su región… tampoco eso es determinante. Lo que si es verdaderamente valioso en todo esto es que de una vez por todas decida comenzar a ver – y no sólo mirar – el mundo natural que lo rodea y que lo haga con una actitud de humildad y respeto. Verá que pronto crecerá en usted la fascinación y el asombro y, por consiguiente, las ganas de seguir observando a los pájaros.

Eso sí. Si me acepta una sugerencia lleve, dentro de lo posible, papel y lápiz; es que las aves tienen mucho para enseñarle.

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