La urraca común

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♦ EL AVE CON GORRO DE FELPA

♦ Indisolublemente ligada a los ambientes arbolados, la urraca común es una de las aves más notorias del noroeste argentino. Sus características corporales y su colorido, así como el espíritu sociable con los de su especie, su curiosidad y sus variados sonidos, seguramente llamarán la atención hasta del menos inclinado a conocer los secretos de la vida de las aves.

Fundamentalmente arborícolas, las urracas comunes, pueden ser vistas, a veces, también en el suelo. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ Hace ya muchos años, con un compañero de mi entonces escuela secundaria, partimos de campamento hacia una quebrada selvática, entre los cerros que por el oeste bordean el valle de Lerma. Llegamos cansados al lugar ya pasado el mediodía, armamos la carpa, y, habiendo dejado todo lo que llevábamos fuera de ella, nos acostamos a dormir una siesta. El alboroto de pájaros que escuchábamos desde dentro no nos impidió conciliar el sueño, pero cuando despertamos, alrededor de  las cinco de la tarde, y nos asomamos para ver qué sucedía allá afuera, descubrimos con preocupación que buena parte de las provisiones habían sido retiradas de sus cajas y el pan esparcido en varios metros a la redonda, todo partido en trozos y picoteado. Unas pocas urracas, que se habían empeñado en proseguir la “insolente” tarea mientras habríamos el cierre y corríamos la lona, escaparon volando, delatando al resto de las culpables.

La urraca común (Cyanocorax chrysops) es un córvido de aspecto elegante, hermoso y contrastante colorido, y de unos 35 cm de longitud desde la punta del pico hasta el extremo de la cola. Su nombre común en inglés, plush-crested jay, significa “arrendajo con cresta de felpa”, y es muy ilustrativo acerca del detalle plumoso que adorna su cabeza. En algunos textos, incluso, se proponen nombres alternativos, como el de  plush-capped jay, es decir, “arrendajo con gorro de felpa”.

En efecto, en la parte superior de su cabeza se destaca un semicopete de aspecto aterciopelado y coloración negra, de plumas cortas en la frente pero que sobresale hacia la parte trasera de la corona conformando un particular y característico abultamiento; la cabeza en general, el cuello, la garganta y la parte superior del pecho son negros;  tienen una gruesa franja malar azul-violácea y hay por debajo de los ojos otra macha celeste-azulada que se prolonga hacia abajo hasta fusionarse con la franja malar. Por arriba de los ojos, a la manera de una gruesa ceja, se destaca una mancha celeste que se aclara hacia sus bordes superiores; en la nuca, una mancha blanquecina va tornándose celeste y azul-celeste hacia la espalda del animal. El dorso es azulado-negruzco, mientras que el vientre es cremoso-amarillento, y la cola es negro-azulada con los extremos blanco-amarillentos. El pico y las patas son negros y el iris es amarillo.

Las urracas comunes dan cuenta de una variedad grande de alimentos que componen su dieta; en la imagen puede verse incluso a un ejemplar alimentándose de los restos de una paloma torcaza muerta. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Como lo son característicamente los demás miembros de la familia, la urraca común es, en relación a su conducta alimentaria, marcadamente adaptable a las circunstancias y variada en sus gustos. Como ya quedó señalado, pueden dar cuenta igualmente de muchos alimentos que llevan los excursionistas al campo y que descuidan sin pensar en estos voraces “ladrones” oportunistas, como así también de los desperdicios que se depositan en lugares donde la gente acumula la basura esperando al recolector. A veces, martillea con su pico las cortezas de los arboles a la manera de los pájaros carpinteros buscando insectos o larvas, aunque siempre en la parte superior de ramas horizontales, ya que los córvidos no están capacitados como lo están los pícidos para trepar y sostenerse, y de cuando en cuando puede vérsela con algún pequeño ratón en el pico. En cierta oportunidad la observé y fotografié alimentándose de los restos de una paloma torcaza, muerta en quien sabe qué circunstancia, sobre el cordón de una calle,  y en On the birds of Paraguay, de Charles Chub, se dice que se trata de “una de las más impúdicas de todas las aves”, y que “a veces seguirá al nativo paraguayo desenterrando los granos de maíz tan pronto como son plantados”.

En relación a sus desplazamientos cabe mencionar que se trata de un ave de selvas y bosques, eminentemente arborícola, pero que baja al suelo con frecuencia si siente la necesidad, si algo despierta su curiosidad o si en el suelo encuentra alguna posibilidad de alimentación. Para desplazarse en tierra da saltos enérgicos, de igual manera  en que procede entre las ramas de los árboles.

Por naturaleza curiosas, esta urraca observa al fotógrafo desde la rama de un árbol. Fotografía. Elio Daniel Rodríguez

Los sonidos que produce son de una amplia variedad, y es característico el movimiento vertical que realiza con la cola, sobre todo acompañando sus voces –seguramente como un refuerzo  visual a sus elocuentes manifestaciones sonoras–. Alguna vez me vi en la obligación de detener el automóvil ante la descomunal vocinglería, consistente en fuertes chillidos, que escuchaba proceder desde el monte y de la cual era responsable un grupo nutrido de urracas. Era un bosque conformado por árboles no demasiado altos en el que, a poco de empezar a caminar, enseguida me vi guiado, en mi recorrido, por el curso seco de un arroyo. Descubrí entonces lo que creo era la causa de la excitación de las urracas: una pava de monte recién muerta permanecía inerte sobre el suelo, con claros signos de depredación pero llamativamente limpia de sangre, y pensé que el animal que le había dado caza se había marchado hace instantes ante mi llegada. Pero más allá de esos fuertes chillidos que escuche entonces, las urracas están naturalmente dotadas para producir una amplia gama de sonidos, que a veces  incluyen imitaciones, aunque el sonido más característico es un “tiu”, que puede repetirse en series de dos o tres.

Construye el nido en lo alto de una horqueta múltiple a varios metros del suelo y el mismo consiste en una estructura algo desprolija, a manera de tazón hecho con palitos entrecruzados, e interiormente revestido con algunas hojas. No es fácil de encontrar y, aunque era obvio que no estaban anidando allí en aquel momento, cierta vez, un mes de junio, hallé a un grupo de urracas muy cerca de una construcción muy semejante a la descripta asentada en un árbol a unos 5 o 6 m sobre el suelo, y, tal vez coherente con aquella frase conocida que indica que “el ave siempre vuelve al nido”, uno de los ejemplares se asentó sobre él, se acicaló el plumaje y, después de un par de minutos, prosiguió su recorrido por las ramas de los árboles junto a sus compañeros. Le enseñé las fotos que pude lograr entonces al Sr. Martín R. de la Peña y me indicó que los nidos de la especie son efectivamente como el que mostraban las imágenes.

Una urraca común descansa por un momento en el que pudo ser su nido hace poco tiempo atrás. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

En dos ocasiones he observado en miembros de la especie una conducta muy llamativa, y en una de ellas pude documentar la observación con algunas fotografías. Durante una fuerte nevada un ejemplar, por todo lo que podía observarse adulto, empezó a temblar y agitar las alas asentado en la rama de un árbol, a lo que otro respondió acercándosele e introduciendo su pico en el del ave que parecía clamar por comida a la manera de un pichón. No obstante, hasta donde pude ver, si bien en un primer momento me confundió la escena, no parecía haber en el caso una verdadera alimentación de un ejemplar a otro, y los dos prosiguieron su normal recorrido pasados unos segundos. Alguien tendría que exponer fuertes  argumentos para que yo me desprendiera de la idea de que eso era una muestra de afecto, o, tal vez, como les gusta argüir a algunos científicos –ya que reservan la palabra “afecto” solo para las relaciones humanas–, una expresión –¿instintiva?– que ayuda a reforzar los lazos sociales dentro del grupo. No obstante, no fui el único que observó un evento de esas características. En 1920 The Avicultural Magazine publicó un escrito en el que Frederick D. Welch narraba una interesante observación efectuada en el Zoológico de Londres y que tenía que ver exactamente con el hecho descripto. Contaba allí que una urraca de la especie aquí tratada, posada en una rama, “abrió su pico de par en par y comenzó a sacudir rápidamente su plumaje por todos lados, manteniendo tal sacudida por aproximadamente treinta segundos”, y que al hacer esto, otra ave voló hacia ella  y puso “su pico dentro del pico del otro pájaro”. Como en mi observación, mientras esto pasaba solo temblaba uno de los pájaros, mientras el que se acercó y puso su pico dentro del pico del otro pájaro, no tembló ni “demostró ninguna emoción extraordinaria”.

Dos miembros de un grupo de urracas comunes son captados mientras desarrollan una llamativa conducta. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Hay tres subespecies reconocidas y dos de ellas están presentes en Argentina. Cyanocorax chrysops chrysops se distribuye por el sudeste de Brasil a Paraguay, Uruguay, norte de Bolivia y en Argentina puede encontrarse en las provincias de Jujuy, Salta, Formosa, norte de Santa Fe, Misiones, Corrientes, Entre Ríos y noreste de Buenos Aires. La otra subespecie, Cyanocorax chrysops tucumanus, se distribuye por las provincias de Tucumán, Catamarca y Santiago del Estero.

Lamentablemente, dado el carácter adaptable de su personalidad de especie y la belleza de su colorido, muchos la someten a cautiverio, con lo cual privan injustificadamente a nuestros ambientes arbolados de una de sus más hermosas criaturas, y a ellas mismas de una libertad que, como todo ser vivo, aman y merecen. Las supersticiones de algunas personas también atentan contra este bonito pájaro; cuenta Ismael Moya en su libro Aves mágicas que es creencia de muchos que  “sus sesos en polvo, ofrecidos en un mate, en un caramelo o disueltos también en agua de colonia, constituyen un vehículo maravilloso para conquistar el corazón más reacio”.

¿Se han puesto a pensar que fácil de ver en su ambiente, que sociable, que vocinglera y que bonita es la urraca común? Es obvio que su cerebro no logrará conquistar el corazón de ningún ser amado, pero, tal vez, esta especie sí hace mucho para que nosotros queramos más a nuestros ambientes arbolados, esos que a ella la tienen como uno de su más distintivos personajes.

Bibliografía:

  • Chubb, Charles. 1910. On the birds of Paraguay. Ibis, vol. 4, novena serie.

  • De la Peña, Martín Rodolfo. 2015. Aves Argentinas – Incluye nidos y huevos. (Tomo 2), Eudeba / Ediciones UNL. Buenos Aires.

  • Goodwin, Derek. 1986. Crows of the world. British Musem (Natural History). Inglaterra.

  • Madge, Steve & Burn, Hilary. 1994. Crows and jays – A guide to the crows, jays and magpies of the world. CHRISTOPHER HELM. Londres.

  • Moya, Ismael. 1958. Aves mágicas – Mitos, supersticiones y leyendas en el folklore argentino y americano. Suplemento de la revista de educación. Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires. La Plata.

  • Rodríguez, Elio Daniel. 2012. Aves del cerro San Bernardo y de las serranías del este de la ciudad de Salta. Fondo Editorial. Salta, Argentina.

  • Welch, Fredderick D. 1920. Two jays. The Avicultural Magazine. Serie 3. Volumen 11. Hertford. Inglaterra.

  • Wetmore, Alexander. 1926. Observations on the birds of Argentina, Paraguay, Uruguay and Chile. Smithsonian Institution. United States National Museum. Bulletin 133. Government Printing Office. Washington

 

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