Las aves y el invierno

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♦ SOBREVIVIR AL FRÍO

♦ Las bajas temperaturas del invierno imponen duras condiciones para la vida de las aves. Conocer las estrategias y adaptaciones con las cuales, seres en apariencia delicados y extremadamente vulnerables, les hacen frente, nos ayuda a comprender mejor el desafío de la vida y la aventura que significa para nuestros amigos salvajes sobrevivir al frío sin bufandas ni calefacción artificial.

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

Chingolo, Zonotrichia capensis, en un paisaje nevado. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez

♦ Cada año, con el invierno llegan también los rigores del frío y esto supone un desafío para el conjunto de la vida, incluidas la aves, que han de saber adaptarse a los cambios que traen aparejadas las bajas temperaturas, los días más cortos y algunas importantes modificaciones en la provisión de alimentos. Es que, obviamente, a pesar de condiciones que pueden resultar muy inclementes, las aves tendrán igualmente que luchar y esforzarse por abrirse camino y sobrevivir, en la búsqueda siempre de seguir adelante y sobreponerse a las dificultades, tratando no sólo de sobrevivir sino también de perpetuar la especie. Pero, ¿cómo es, en realidad, que se las arreglan las aves para hacerlo? ¿Cómo sobreviven a los inviernos unas criaturas, en apariencia frágiles, al enfrentar la, a veces, dura prueba que supone el frío?

En ciertas latitudes –como la nuestra– la alternancia de estaciones, con diferencias marcadas en los registros termométricos, constituye uno de los  rasgos característicos del clima. Veranos calurosos y fríos inviernos imprimen su sello en los animales, y muchas especies de aves han desarrollado mecanismos especiales que les permiten hacer frente a estas cambiantes circunstancias. Estos mecanismos guardan relación, por supuesto, con ciertas particularidades relacionadas con la anatomía y la fisiología, pero no sólo se restringen a esos ámbitos sino que se extienden también al dominio de las pautas de conducta.

A pesar de las inclemencias del tiempo, las aves, como otros animales, tienen que arreglárselas para conseguir los alimentos que les permitan sobrevivir. En la imagen un ticotico común, Syndactyla rufosuperciliata. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Conocidas son, por ejemplo, las historias de aves emigrantes, que viven escapando constantemente de la rudeza de los inviernos, dándose, en este caso, algunos viajes de características verdaderamente épicas. Hay aves que crían a sus descendientes en los territorios septentrionales de América, en tierras tan alejadas de nosotros como las próximas al Polo Norte, y que llegan a nuestro país con la primavera.  Cada uno de estos viajes es una odisea, y son miles y miles los animales que año tras año los realizan, Recorren entre el camino de ida y el de vuelta unos 30.000 kilómetros y, si se tiene en cuenta que, en promedio, estas aves pueden llegar a vivir unos 13 años, en el total de sus vidas habrán viajado algo más de 385.000 km., ¡la misma distancia que existe entre la Tierra y la luna!

Pero no todas las aves migran de esta manera. Las hay que realizan viajes más cortos, y existen algunas que sólo desarrollan desplazamientos, no latitudinales, sino altitudinales. Es el caso de muchas aves que viven, por ejemplo, en territorios de nuestra Puna y Altos Andes del noroeste argentino, que, cuando las circunstancias van camino a complicarse, optan por marcharse un poco más abajo, donde las condiciones son algo o bastante más benignas, para regresar a las alturas cuando las temperaturas más elevadas de la primavera así lo permitan.

La llegada y permanencia del frío implica cambios en la cantidad y el tipo de recursos disponibles, pero este no es el único problema; algunas veces, situaciones en vastas zonas inusuales, como una nevada repentina, pueden dificultar el acceso a los recursos de los cuales se alimentan los pájaros, y la búsqueda del sustento en estos casos se ve complicada aún más, porque, por ejemplo, muchas especies que buscan semillas en el suelo del campo ven reducida de manera considerable la superficie en la que es posible encontrarlas. Sin embargo, el tema no menor de conseguir alimento no termina allí; el invierno no sólo conlleva cambios en el tipo o cantidad de alimento y hasta puede dificultar el acceso a este, sino que además las horas de luz se reducen y por consiguiente decrece para cada jornada igualmente el lapso de tiempo en el que muchas aves pueden estar activas buscándolo.

Picaflor vientre blanco, Amazilia chionogaster, alimentándose de un azafrán del cerro, Cnicothamnus lorentzii. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Sin embargo, pese a cualquier inconveniente, las aves deben buscar alimento para poder sobrevivir y conseguirlo es crucial, pues tienen altos requerimientos metabólicos. Su temperatura corporal es elevada y, en promedio, se sitúa en el orden de los 43º C, pasan la mayor parte de su tiempo sin resguardo alguno que las proteja de las condiciones climáticas imperantes y además deben, en su mayoría, poder volar, lo que hace más complejo el cuadro, ya que si por una parte su alto metabolismo las obliga a incorporar en sus organismos “combustible” suficiente, su necesidad de levantar vuelo las obliga a mantener su peso en niveles relativamente bajos. Para lograr este doble objetivo muchas aves se ven en la necesidad en primer lugar de comer de manera casi constante, y en segundo lugar de que su nutrición esté basada en alimentos ricos en energía, como semillas o insectos. Y es así que el invierno representa más problemas, porque para las aves insectívoras la oferta de alimento en la estación fría disminuye y para las que buscan semillas una nieve repentina puede ocultar las mismas. Así y todo, las aves deben buscar la manera de lograr, cada día, dar cuenta de alimentos equivalentes aproximadamente al 30 % de su peso corporal.

Un inconveniente importante lo constituyen, para la mayor parte de las aves, las gélidas noches del invierno. La capacidad de los organismos para resistir el frío tiene relación, también, con el tamaño, porque cuando el mismo disminuye, el volumen de un organismo se reduce en mucha mayor proporción que la superficie, y a mayor superficie le corresponderá proporcionalmente una mayor pérdida de calor, lo cual significa que las aves pequeñas perderán calor mucho más rápido que las aves grandes. Ahora bien ¿cómo hacen, por ejemplo, aves tan pequeñas como los colibríes para afrontar el desafío de tener que pasar largas horas nocturnas sin alimentación y con una temperatura que normalmente habrá descendido de manera considerable? En estas aves se da un caso especial, ya que cuando el frío arrecia durante la noche tienen la posibilidad de reducir su metabolismo, disminuyendo la temperatura corporal y el ritmo cardíaco, e ingresando de esta manera en un estado letárgico, denominado torpor, gracias al cual merman sus requerimientos energéticos al mínimo imprescindible. En la mañana posterior a una importante nevada acontecida en el valle de Lerma en el mes de julio de 2010 se me ha contado el caso de una mujer que, colgando la ropa en su casa, agarró con sus manos lo que, sin prestar mucha atención, creyó un broche y que en realidad era nada menos que un colibrí aletargado, que, como pudo, despertado de su “sueño”, se alejó volando.

Una urraca común, Cyanocorax chrysops, soporta una persistente nevada. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

La imagen típica de un ave con frío es la de un animalito posado en una rama y con aspecto rechoncho, y esto tiene su explicación. Cuando las temperaturas son bajas las aves pueden incrementar el calor de sus cuerpos por temblor o, si lo hay, calentándose al sol. El temblor libera energía y el calor resultante puede retenerse gracias a un mecanismo que consiste en “englobar” o “expandir” el plumaje, lo que permite aumentar la separación entre la superficie del cuerpo y el medio exterior, atrapando el aire caliente que se libera desde el cuerpo. Fascinante ¿no?

Podrían decirse más cosas acerca de la manera en la que las aves enfrentan las exigencias que impone el invierno, pero lo expuesto hasta aquí tal vez ya alcance para darnos una idea de la tenacidad que pone de manifiesto la vida para que puedan sobrevivir a circunstancias tan duras seres en apariencia tan delicados como los pájaros que vemos en el campo. Hay que verlos para conocerlos y comprenderlos para admirarlos. Así, tal vez estemos más cerca de quererlos y de procurar que sigan existiendo las condiciones adecuadas para que puedan junto a nosotros seguir siendo participes de la compleja y fascinante trama de la naturaleza en este mundo tan maravilloso y diverso.

 

 

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