Llullaillaco

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VOLCÁN SAGRADO

Por Enrique Pantaleón

Antes de 1999, al escuchar la palabra Llullaillaco, se presentaba en mi mente la imagen de una montaña enorme, mientras pensaba en sus misterios; vislumbraba en mi imaginación su forma física y los inconvenientes para ascender a su cumbre. Pero algo sucedió en aquel año que cambio para siempre la manera en que, al menos en mi caso, evoco mentalmente al gran volcán: fueron descubiertos los cuerpos momificados de tres niños sacrificados en las alturas. Las imágenes que acuden a mí, ya no son las de una cumbre sobresaliente ni las de los esforzados desvelos de los que intentaron su ascenso. No; ahora aparecen las imágenes, masivamente difundidas, de los cuerpos momificados de esos infortunados pequeños que parecen dormir un sueño eterno.

Hace algunas décadas atrás, podría decirse que el Llullaillaco estaba más lejos, mucho más lejos que ahora, y su ascenso era difícil. La modernidad y sus adelantos han logrado que la mole rocosa se ubique más cerca de nuestros anhelos. Es más sencillo llegar a ella y hasta ascenderla. Antaño había que prepararse y pertrecharse mucho. Había que planificar y llegar hasta su base, para después intentar su ascenso hasta la cumbre. Ahora las cosas han cambiado enormemente, y la mole rocosa es visitada y ascendida por un sinfín de personas, constantemente, año tras año. Al impacto internacional que ha significado el hallazgo arqueológico de fines del siglo XX –el más impactante de los realizados en suelo salteño–, y que ha motivado que se vuelva un destino elegido por muchos, se suma la facilidad que plantean los modernos vehículos 4×4, equipados hasta con calefacción y que ofrecen la posibilidad de ir escuchando música hasta casi el campamento base. En parte, el desafío, la aventura y la mística han menguado con los nuevos tiempos.

Campamento base y al fondo, el Llullaillaco. Año 1969. Fotografía: Enrique Pantaleón.

Fui tres veces hasta el Llullaillaco. La primera fue en 1969; la segunda en 1974 y la tercera vez que lo visité ya transcurría el año 1989. Solo logré hacer cumbre en la última oportunidad.

En realidad, en la primera oportunidad, a fines de la década de 1960, no pensábamos trepar el Llullaillaco. Mariano Araujo y yo, que integrábamos el Club Amigos de la Montaña, buscábamos ascender al Socompa, pero sucedió, por esas cosas del destino, que en la estación de trenes nos encontráramos con una expedición del Club Andino de Tucumán, que se dirigía al Llullaillaco, así es que decidimos cambiar nuestro objetivo. Instalamos el campamento base en quebrada del Agua, a unos 10 km del límite con Chile. Orlando Bravo, un profesor de física al que acompañaban ocho comprovincianos suyos, era quien oficiaba de jefe del grupo. Nos acercamos al volcán siguiendo la línea fronteriza entre Argentina y Chile, y, atravesando salares, arenales y campos tapizados de material volcánico, recorrimos en total unos 60 kilómetros de camino muy dificultoso.

Ganamos altura por las pendientes abruptas de los nevados Inca y Chuculaqui. Al tercer día instalamos campamento en la cara noreste del volcán y al cuarto equipamos un campamento a 5700 m s. n. m., regresando luego a la base. Durante el sexto día volvimos al campamento de altura y al séptimo día concretamos el intento de hacer cumbre, pero solo éramos cuatro los que nos encontrábamos en condiciones de afrontar ese desafío: Bravo y Mordini, por Tucumán, Araujo y yo, por Salta.

Lamentablemente, cuando ya estábamos a 6000 metros de altura, nos encontramos con un cuello montañoso cubierto de nieve blanda, que nos impidió el paso. Yo, encordado, intenté cruzarlo en dos oportunidades, pero, hundiéndome hasta la cintura, me resultó imposible hacerlo. Además, a Mordini se le había formado un trozo de hielo en la mejilla derecha y cuando trató de quitárselo, se le desprendió arrastrando consigo un pedazo de piel, por lo que se asustó. También Bravo tenía problemas; padecía un principio de congelamiento en las manos y en los pies. Entonces, se resolvió regresar, lo que para nosotros fue una lástima porque ya estábamos viendo la cumbre. Recuerdo que estábamos muy cerca y que ya podíamos ver el roquerío que la caracteriza.

En enero de 1974 planificamos nuevamente intentar el ascenso al Llullaillaco. Contábamos en la ocasión con el apoyo del Establecimiento Azufrero Salta y tendríamos como base de nuestras operaciones el complejo minero que la entidad poseía en La Casualidad, a 4200 metros de altura.

Integraríamos esta expedición Mario Alberto Heredia, Daniel César Robaldo, Héctor Reyna, Carlos Alvizu y yo, como jefe del grupo, por el Club Amigos de la Montaña. Además, estarían presentes Héctor Chocobar, residente en San Antonio de los Cobres, y Policarpo Ramos y Félix Rodríguez, de La Casualidad, ambos “vencedores” del Llullaillaco, el último en dos oportunidades. No obstante, cuando llegamos a La Casualidad, nos encontramos con que hubo aparentemente problemas de comunicación, y a la gente de la mina no les había llegado la orden. Nadie sabía nada de nuestro objetivo de ascender la montaña, así es que no pudimos salir de allí.

El 20 de septiembre de 1989 a las 18:15, con mis 42 años de entonces y en representación del Club de Montaña Janajman, coroné finalmente la cima del famoso volcán. La expedición partió desde la ciudad de Salta 6 días antes, el 14 de septiembre, y estuvo integrada por Blanca Erazo, Alberto Pastrana, Carlos Goñi, Alejandro Giménez y quien esto narra.

Picachos de la cumbre del Llullaillaco. Fotografía: Enrique Pantaleón.

Por aquellos años el camino hasta el Llullaillaco era una senda apenas marcada y las dificultades para treparlo continuaban siendo grandes. Solo tuvimos una oportunidad de hacer cumbre, pues el tiempo comenzó a desmejorar notoriamente. Recuerdo que el viento golpeaba de manera intensa y la temperatura bajaba abruptamente. Los demás desistieron, pero yo persistí, y aquella vez logré llegar hasta la cumbre, en soledad, ya que mis compañeros esperaban más abajo. Retornamos a Salta el 25 de septiembre.

Cabe destacar que la expedición pudo ser factible gracias al apoyo brindado por Fernando D’Eramo, que alquiló un camión, y Roberto Alegre, un gran conocedor de aquellas regiones puneñas, quien, como en otras oportunidades, nos proporcionó valiosos datos y ofreció gentilmente su casa. Al grupo también se habían unido el geólogo Sergio Tomsic, el camarógrafo Oscar Cano y un experto en explosivos, cuyo apellido era Nicolea. Habíamos ido con un grupo que tenía que hacer un estudio sobre las minas de azufre que tenía Alegre del lado chileno.

Coronar la cumbre del volcán implica trepar hasta los picachos; después de ellos ya no hay nada por subir. Unos 20 o 30 metros más abajo está el lugar donde se encontraron los cuerpos momificados de los “niños del Llullaillaco”. A ese lugar ahora lo denominan “cumbre sagrada”, con lo cual hay personas que llegan hasta ese sitio y dicen que hicieron cumbre en el Llullaillaco; pero eso no es correcto, porque desde allí aún restan unos 30 metros hasta la cumbre propiamente dicha.

Esos picachos de la cumbre conforman un conjunto de prominencias rocosas de tipo basáltico, que no presenta demasiadas dificultades desde el punto de vista técnico para su escalada, pero su ascenso se vuelve complicado cuando hay viento. Este llega desde el oeste, es decir, desde el lado chileno, y le pega a uno con fuerza.

La mejor época del año para ascender a este volcán es el mes de noviembre, porque no hace demasiado frio y falta aún para las lluvias. Debe tenerse mucho cuidado con ellas, porque en estas alturas las tormentas son eléctricas y devastadoras. Los constantes rayos y relámpagos que azotan el paisaje dan la sensación al visitante de que, allí arriba, el mundo se está partiendo.

En tiempos modernos, el primero que empezó a hablar del Llullaillaco fue un señor de apellido San Román, que formaba parte de un grupo encargado de hacer estudios geológicos en las altas cumbres chilenas. Él llegó a los pies del volcán y en un libro que llevaba escribió que no intentaron hacer cumbre allí porque no tenían los medios ni los equipos ni el entrenamiento, dejándolo para otra oportunidad y dedicándose a ascender otras montañas para trabajar con el teodolito. Los primeros en subir fueron dos chilenos, Bion González y Juan Harseim, en 1951. Si bien, hay versiones de otros ascensos anteriores, los mismas no están documentados.

Mención especial merece, por supuesto, el nombre de Hans-Ulrich Rudel, un ex as de la aviación alemana, que vivió durante varios años en nuestro país, donde se encontraban muchos de sus ex camaradas. Era una persona conocida y se les dio mucha difusión a sus ascensos a la cumbre del Llullaillaco; además, tenía el apoyo del entonces gobierno peronista.

Es interesante destacar que tenía parte de una pierna o un pie ortopédico, porque había sido derribado con su avión en varias oportunidades y en una de ellas perdió parte de uno de sus miembros. Cuando estuvo en Salta, se le preguntó en cierta ocasión si no era dificultoso ascender montañas con una pierna ortopédica, y si eso no era darles ventaja a los demás montañistas, y el respondió que no; que en realidad se trataba de una ventaja, ya que en su caso debía cuidar de una pierna para que no se congele, mientras que los otros tenían que cuidar dos.

Conocí personalmente a Rudel, siendo yo muy chico, en una conferencia que brindó en la ciudad de Salta, en un local ubicado en la calle Buenos Aires, primera cuadra, en donde en aquella época había un tinglado bajo el cual se efectuaban espectáculos boxísticos.

Entre las muchas cosas que se pueden contar de sus ascensos al Llullaillaco, hay que mencionar que dejó en la cumbre una bandera de la unificación alemana. A esa bandera la bajó desde allí Elio Torres en la década de 1970. La tuvo en su poder durante muchos años, y, hasta donde conozco, en una reunión de montañistas la donó al Club Amigos de la Montaña. Esa bandera formaba parte de los testimonios que se dejan en las cimas de las altas montañas para que queden allí pruebas de que se efectuó el ascenso. Esos testimonios pueden ser recogidos por el siguiente montañista que llega al lugar; contrariamente, es importante recordar que lo que no se debe retirar es el denominado “libro de cumbre”. Hoy, no sé cuál es el paradero de esa bandera que llevó Rudel a la cumbre de la montaña.

La leyenda cuenta que Rudel también habría llevado consigo cosas de valor, como las condecoraciones que le habían sido entregadas durante la guerra, y libros que pretendía dejar en la cima del Llullaillaco. Todo lo habría transportado en un bolso marinero, pero según se dice, tal cometido no pudo lograrse, y los objetos quedaron a medio camino. Lamentablemente, hasta el momento no se sabe qué hay de cierto en todo eso, aunque muchas personas siguen buscando los objetos del aviador alemán de la Segunda Guerra Mundial. En virtud de esas historias, hasta el día de hoy, muchas personas aún están buscando esos objetos.

En el primer ascenso de Rudel a esta montaña, lo acompañaban Mann Dain y Ervin Neubert. Este último había perdido un ojo en los combates durante la guerra, ya que, como Rudel, había peleado para la Alemania nazi. Se cree que fue por ese motivo, su imposibilidad de ver con ambos ojos, que durante la aventura se desbarrancó y murió. Rudel se comunicó con la familia del malogrado andinista para preguntarles qué querían que hiciera ante el fatal accidente, diciéndole los queridos de Neubert que un soldado alemán debía quedar allí donde caía. Entonces, al año siguiente, Rudel volvió a donde había muerto su infortunado amigo, lo encontró y lo taparon con piedras, quedando allí, en el silencio de la montaña. Tiempo después, la precaria tumba aparentemente comenzó a desarmarse y el cadáver, ya momificado naturalmente y oscuro por el paso de los años fue hallado por Alegre. Este revisó la escena, vio la mochila del alemán y descubrió su piqueta rota, volviendo a cubrirlo todo con piedras.

Mariano Araujo y Enrique Pantaleón en el Llullaillaco. Año: 1969. Fotografía: Enrique Pantaleón.

Entre los notables personajes que ascendieron al Llullaillaco, también puede nombrarse a Mathias Rebitsch, un montañista austríaco que prácticamente se “enamoró” de esta montaña y al que le llamaban mucho la atención las ruinas que hay cerca de la cumbre. Allí realizó excavaciones. Se cuenta que permanecía mucho tiempo en la zona de la cumbre; a veces, hasta alrededor de dos semanas, con un compañero argentino que tenía. Hay sobre Rebitsch dos visiones contrapuestas. Algunos dicen que fue un estudioso, que se dedicó seriamente a develar secretos de la alta montaña. Otros aseguran que era un buscador de tesoros; que no le interesaba el saber sino la riqueza y que causó destrucción en las ruinas arqueológicas.

En tiempos en que logré subir hasta la cumbre, en 1989, ya se sabía que algo notable podía existir en el lugar. En un sitio, 20 o 30 metros antes de la parte más alta, hay dos construcciones circulares en un sector apenas inclinado; son conocidas como la “choza doble”, unas estructuras de piedra que están muy juntas y con sus puertas mirando hacia el este. Desde allí parte un camino que se dirige a una cumbrecita pequeña, como una lomada, en la que hay un rectángulo, como de diez metros por seis. Dentro de ese rectángulo se hallaban círculos de piedras que daban testimonio de los lugares donde se encontraban los sitios de las sepulturas, que finalmente fueron descubiertas diez años después de mi ascenso.

Aquel camino al que me refiero, no es otro que un segmento del denominado Camino del Inca, que asciende la montaña. Del lado argentino asciende un camino y desde el lado chileno sube otro Camino del Inca. Nosotros lo seguimos desde los 4600 m s. n. m. donde se encuentra el cementerio. Allí hay una lagunita, que en ciertas épocas del año se seca. En los sectores más empinados, el trazado del camino es más zigzagueante, y en cada curva de ese zigzag hay leña; si se sube un poco más, se llega a otro zigzag y allí se encontrará más leña, sin usar, por supuesto. Cabe hacer notar que en el Llullaillaco no hay leña, así es que la que se encuentra acumulada en ciertos sectores del volcán necesariamente debe haber sido llevada desde lugares lejanos. Entre los restos arqueológicos que se ven en el lugar, en superficie, también cabe mencionar a antiguas puntas de flecha.

Allí, a 4600 m s. n. m. está el “cementerio”, que consiste un pircado que protege un sector donde se encuentran tumbas. Allí tenía que llegar Bravo, porque Celestino Alegre Quiroga le había dicho que había encontrado ese cementerio. Orlando Bravo –“OB” le decían como seudónimo– era un experto en física, de Tucumán, que hacía mucho montañismo, y que estaba enamorado del Llullaillaco; de hecho, había ido unas cinco veces. Bravo organizó la ida al cementerio y nos contactó a nosotros. Eran los inicios de los años ’70. Iba a ir con un grupo de la Universidad de Tucumán, ya que él era profesor allí. Tenía un ómnibus y un vehículo, e iba a llevar un equipo de filmación, arqueólogos, geólogos, todo lo necesario para hacer un estudio ahí arriba. Y le envió por ello un telegrama a Celestino diciéndole:

– Voy Bravo.

A lo que Alegre le respondió con otro que decía:

– Espero Alegre.

Pero sucedió que vino una expedición desde San Juan –entre los que venía el legendario arqueólogo Antonio Pedro Beorchia Nigris–, por el lado chileno y Alegre los llevó al cementerio, con lo cual cavaron en todos los lugares que pudieron. No sé a ciencia cierta qué era exactamente lo que buscarían los sanjuaninos pero la cuestión es que cuando llegó Bravo al lugar, el mismo ya estaba excavado.

También acampó en la zona del cementerio un grupo de espeleólogos, al mando del conocido Julio Goyén Aguado. Habían venido a buscar una mítica caverna o chungara, que se dice que existe en el Llullaillaco. Muy grande, por cierto, se afirma de ella que tendría unos 500 metros de largo y una altura muy considerable; tanta, que se cuenta que la luz de una linterna no llegaba al techo de la gran cueva. Buena parte de lo que se sabe o se dice de esta caverna, se desprende de los relatos de Miguel Eduardo Jörg, quien trabajó junto a Salvador Mazza, conoció la caverna y quedó momentáneamente atrapado en ella, lo que podría haberle costado la vida. La leyenda cuenta que en el interior de esta cueva habría 12 cogotes de guanaco repletos de oro y una llama de tamaño natural toda hecha de oro macizo. Cosas que se dicen…

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