Los últimos jaguares de El Rey

151

♦ MENSAJE HALLADO EN UNA BOTELLA Y CRÁNEOS EN UN CHURQUI

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ 11 – 10 – 2019

♦ En conocimiento de que yo estaba recopilando hechos y relatos relacionados con jaguares, la historiadora Ercilla Navamuel me dijo que tenía que contarme algo interesante. Coordinamos un encuentro, y el 16 de noviembre de 2010 me hizo testigo único de la narración que sigue:

«Hace ya muchos años transitamos, en una travesía que duró muchos días, una antigua ruta de arreos de ganado que se extiende desde el departamento de Güemes, paraje Yaquiasmé, donde hay una antigua Mina de hierro llamada Unchimé, por una senda que cruza los cerros hacia Estancia El Rey. El camino constituía el antiguo medio de comunicación hacia Güemes y Jujuy. Había otro camino desde Estancia El Rey, que pasaba por Cabeza de Buey, por las Higuerillas y llegaba a Salta. Estos caminos en la actualidad son sólo sendas bastante disimuladas por el monte, pero en su momento eran verdaderos caminos de carreta y de arreos de ganado, que tuvieron su apogeo en el siglo XIX.

«Entonces, lo que conocemos como La Lagunilla era una posta que se llamaba “Punta de agua”, y constituía un punto intermedio  de ese viejo camino en el que pararon personalidades tan importantes de nuestra historia como Martín Miguel de Güemes, Manuel Belgrano y José de San Martín. También los tres estuvieron en Las Higuerillas, invitados por los propietarios de la finca, al igual que pasaron por Yatasto, donde incluso se reunieron Belgrano y San Martín, invitados por los Toledo Pimentel para hospedarse allí, en aquel lugar que, cabe destacarlo, no era una posta.

«Habrá sido allá por los años ’70 cuando se hizo el recorrido por Güemes, Yaquiasmé, Estancia El Rey y Río del Valle, regresando por Cabeza de Buey. Allá en El Rey fuimos a salir por las inmediaciones del rancho de un gaucho, que vivía cerca del río Juramento. Junto al rancho había un churqui, de un metro y medio de altura aproximadamente, y de sus ramas colgaban muchas cabezas de tigre. El dueño de casa explicó lo que eran aquellos cráneos y cómo se había dado caza a los animales. Lo hizo evocando años lejanos, hablando de un tiempo ya ido, lo que por otra parte quedaba en evidencia por el aspecto que presentaban los huesos, ya secos y con manchas oscuras debido a la humedad del ambiente y su exposición a la intemperie, y también por el hecho de que el interlocutor era una persona de edad avanzada, ya difícilmente en condiciones de vérselas con el poderoso felino salvaje.

«Contó que habían educado a sus perros para azuzar a la bestia sin acercarse demasiado de manera que el gaucho junto a un ayudante, armados con puñales, pudieran aproximarse y ultimarlo de la siguiente manera: uno se ubicaba de frente al tigre y el otro se disponía de tal modo en la escena que era capaz de agarrarle la cola en el momento justo, y lo sujetaba de ella, mientras el compañero asestaba un cuchillazo en el pecho del animal, matándolo.

«En el camino de ida por Yaquiasmé, antes de subir al cerro (Maíz Gordo), hay un arroyo y un árbol muy grande donde siempre hacían un alto los gauchos que transitaban por el lugar. Había restos de fogones y nosotros también hicimos allí un asado. Estando en el lugar descubrimos que en el árbol, en un gran hueco que tenía, había una botella de vidrio y en su interior observamos un papel que llevaba impresa la siguiente inscripción: “CUIDADO CON EL TIGRE”.

«Unos 15 días antes de nuestra llegada, más o menos, había tenido lugar cerca de ese sitio el ataque de un tigre a una familia que acampó. El tigre había matado a un hombre, que había sacado de la carpa a la que había ingresado de noche ante el horror de toda su familia. El hecho incluso fue publicado por los medios de la época.

«Más allá de este viaje también recuerdo que en Finca San Andrés, en Orán,  el padre de los actuales propietarios había dado muerte a un importante número de tigres que le causaban perjuicio en el ganado hacia la primera mitad del siglo XX. En el sitio funciona ahora un parador y son muchos los cueros de este animal que cuelgan de las paredes del comedor. Están llenas de ellos».

Si bien Ercilia en un primer relato señaló que lo acontecido ocurrió durante la década de 1970, con el correr de los días dudó de ello. Yo había ido manuscribiendo lo que Ercilia me decía, con la promesa de pasarlo en limpio y volver para que ella las revisara, pero cuando así lo hice, al leer el fragmento correspondiente a la fecha de la travesía, me dijo que en realidad de eso no estaba muy segura, que con los años la memoria le estaba jugando una mala broma y que iba a tratar de establecer fehacientemente la exactitud de ese dato.

Aunque con el transcurrir de los meses traté de establecer, apelando por supuesto a los recuerdos de Ercilia, el año en que sucedieron estos hechos, incluso tratando de relacionarlos con otros de aquel entonces, ella no lo recordaba. Me dijo que podía efectivamente haber sido en la década de 1970, pero que también pudo suceder a principios de los ’80 o quizás hacia fines de los ’60. Ante mi requisitoria, consultó a su hermana, que aparentemente también participó de la experiencia, pero ninguna de las dos podía precisar año, y ni siquiera estaban seguras acerca de la década.

He omitido, por no contar con la autorización pertinente de sus descendientes, el apellido del gaucho en cuyo rancho se hallaban las cabezas colgadas del churqui. De ellas, Ercilia tomó fotografías, pero me reservo también, hasta nuevas indagaciones, el sitio al que habrían ido a parar las imágenes.

Ercilia Navamuel nació en la estancia Ovando, Rosario de la Frontera, Salta, el 28 de junio de 1942 y murió el 20 de junio de 2017 en la ciudad capital de la misma provincia. Se recibió de profesora de historia en la Universidad Nacional de Tucumán, orientando luego su carrera a los ámbitos de la paleografía, la diplomática, la archivística, la historia de América y la historia regional, y especializándose en historia de la cultura, arqueología e historia regional. Participando de congresos y simposios, viajó por América, Europa, África y Asia, y publicó, entre otros trabajos, un “Atlas Histórico de Salta” (1986) y “Cabra Corral. Geología – Arqueología – Historia”, en colaboración con Ricardo N. Alonso y Eugenio Taruselli, (2000). A lo largo de 15 años fue docente de la Universidad Nacional de Salta, fue presidente del Instituto Güemesiano de Salta, y académica de número del Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta. Al momento de su fallecimiento se encontraba a cargo de la dirección del Archivo y Biblioteca Históricos de Salta Dr. Joaquín Castellanos y tres días antes de su partida fue distinguida como Académica Emérita de la Academia Güemesiana, en reconocimiento a sus méritos en el estudio y difusión de la historia de Salta y de la Gesta Güemesiana.

Querida Ercilia, tu relato está publicado. Tu interesante historia no se perdió.

Bibliografía:

In Memoriam. Ercilia Navamuel . 2017. Centro de Investigaciones Genealógicas de Salta N° 10 (Ed. Aniversario) – pp. 311-315 . Salta.

 

DEJAR UN COMENTARIO