Un hombre llamado Lucio

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♦ UN ERMITAÑO EN LA PUNA

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ El hombre común de estos tiempos vive rodeado de objetos, atento a un sinfín de ocupaciones y preso de mil deseos.  Bueno es conocer entonces a don Lucio, que vive la vida de lo esencial, al borde  de un salar, rodeado de tolas y soledad. Un personaje inolvidable; un ermitaño en las alturas andinas.

Lo conocí hace varios años atrás. En ese momento no me di cuenta de eso, pero con el tiempo comencé comprender que el hombre, que había conocido en las alturas puneñas, rodeado de montañas, llevaba una vida muy alejada de la sociedad.  Yo había llegado hasta sus humildes dominios por otro motivo, las aves. Necesitaba observar las aves del lugar y aquel sitio ofrecía características muy favorables. Era una laguna ubicada en el borde de un inmenso salar, hasta la laguna descendía una vega, y subiendo por ella, hacía un costado, se levantaba el rancho de este hombre.

Foto Hernando Cayo

No tengo la imagen de ese rancho muy presente en mi memoria; apenas conservo una vaga idea de pequeñez, con una habitación y, adosado, un espacio a resguardo de los vientos que oficiaba de cocina. Un poco más allá se ubicaba el corral; grande, como para albergar un conjunto algo nutrido de animales. El ermitaño tenía por nombre Lucio, y lo recuerdo vivamente pues la persona que hacía las veces de guía en aquel lugar lo repitió reiteradamente las dos o tres veces que llegamos hasta allí en diferentes oportunidades. Siempre se refería a él como “don Lucio”.

Era un personaje como tantos otros en la Puna, pero por algunas razones, obviamente, diferente a casi todos los que conocí. Él vivía solo, en la soledad más marcada en que un hombre puede vivir en nuestro mundo actual. No tenía nadie con quien hablar, ni siquiera perros que hayan salido a ladrarnos o movernos la cola cuando llegamos. Criaba ovejas, y ellas le daban lo que necesitaba para  subsistir. Si algo más le hacía falta, lo conseguía vendiendo sus cueros en algún poblado al que llegaba de cuando en cuando. En su rancho, a más de 4000 msnm, obviamente, no había árboles y las sombras más grandes eras las de las tolas que se agitaban con el viento, a veces impiadoso, de esas alturas.

¡Qué lejos estábamos de aquella persona! No tanto en distancias como en modo de vida y necesidades. Pensaba en las mil cosas que precisamos para vivir, en el desenfrenado cúmulo de trámites y obligaciones que debemos cotidianamente enfrentar, en lo dependientes que somos a veces de la mirada y el aprecio de los que nos rodean, de lo mucho que millones ansían compartir momentos únicos e inolvidables, del deseo irrefrenable en tantas personas de viajar y conocer el mundo, de lograr cierta notoriedad, de poseer…

Don Lucio no tenía nada de eso. Para vivir contaba con poco y eso cabía en una mochila; por lo que vi, me parece que casi nunca hacía trámites, y no sé si figuraba en los registros de alguna oficina gubernamental;  sobre la opinión que los otros tuvieren de su vida, daba muestras que poco le importaba; no sabía nada  de adrenalina ni de momentos imborrables y su existencia era un constante amanecer y atardecer en el mismo sitio, rodeado de las mismas cosas y animales y repitiendo una y otra vez la misma rutina; se contentaba viendo sus días pasar el borde de un salar; no figuraba en ningún lado ni “trascendería” por ninguna gran “obra” y no poseía más que a su propia persona, unas cuantas ovejas y un rancho de piedra perdido en un desierto salpicado de tolas.

1 COMENTARIO

  1. Buena la narración profesor Daniel, aunque a don Lucio lo definiría con su nombre y no como un ermitaño. Para que no sea olvidado cuando pase su vida a la inmortalidad y solo se recuerde el nombre y no «el ermitaño».
    Saludos!

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