El Valle Encantado

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♦ “ANDANZAS” DE MARTÍN R. DE LA PEÑA

♦ Este texto, enviado especialmente por Martín Rodolfo de la Peña a Noroeste Salvaje, nos habla de un viaje efectuado en 1977 al maravilloso Vale Encantado, en la provincia de Salta. Aparecen en este relato verídico, publicado originalmente en su libro “Andanzas de un naturalista” (1980) Gunnar Höy y Francisco Contino, dos grandes ornitólogos que durante décadas trabajaron en esta parte de nuestro norte argentino estudiando la vida de las aves.

♦ Por Martín R. de la Peña

Así se veía la ciudad de Salta desde el cerro San Bernardo en 1977 – Fotografía: Martin R. de la Peña

♦ Cada lugar de nuestro país, por supuesto, tiene sus be­llezas particulares; entre ellas se cuentan los pájaros, dis­tintos según se trate del norte o del sur, entre montañas o en playas marinas, en climas fríos o cálidos.

El noroeste argentino, con sus características eleva­ciones, es también pródigo en lo que hace a cantidad, va­riedad y belleza de las aves, y así resultó exitosa una ex­cursión ornitológica de la que participé en 1977. Había si­do invitado a ella desde Salta por Gunnar Höy, que cumplía funciones en el Museo de Ciencias Naturales de esa ciudad. Don Gun­nar, a pesar de su edad, lucía una gran fortaleza física, y gentil y amable, demostró sus amplios conocimientos sobre aves cada vez que se lo solicitamos.

Cabildo Histórico de Salta – Fotografía: Martin R. de la Peña

Fui acompañado, además, por Horacio Lazzarini, siem­pre interesado en este tipo de aventuras. Llegados a Salta y antes de iniciar la excursión, visitamos a Francisco Con­tino, excelente dibujante de aves y destacado técnico en filmaciones. Resultó muy interesante estar con él, ya que nos expuso sus distintas técnicas para filmar la vida de las aves.

La excursión comentada comenzó por la Quebrada de Escoipe, bordeando un río que daba origen a lugares mag­níficos, enmarcados por montañas cubiertas de vegetación.

Quebrada de Escoipe. Fotografía: Martín R. de la Peña

En una advertimos la presencia de una “viudita de río”, que, con su característica banda blanca en el ala, se desplaza de piedra en piedra; lo hacía siempre cerca del agua, dan­do la impresión de andar rondando su nido, que adosa a las paredes rocosas.

El curso de agua era cruzado una y otra vez por puen­tes que, por lo menos desde lejos, parecían hechos para el paso de trenes y no para el de automóviles.

Llegó la hora del almuerzo y vacilamos para elegir el lugar. Había muchísimos indicados y, finalmente, opta­mos por la sombra que nos brindaba una gruta en la mon­taña, cerca de una pequeña cascada.

Martín R. de la Peña en Valle Encantado. Fotografía: Martín R. de la Peña

Entre bocado y bocado se entabló una interesante conversación, que suspendimos ante la presencia de una “remolinera castaña”. Se trata de un ave muy parecida a un casero, a la que vimos buscar vivamente insectos en las orillas de un charco. Los tres permanecimos inmóviles y en silencio hasta que el pajarito se acercó tanto que casi podíamos to­carlo con las manos.

En el mismo momento se acercó un “picaflor de cola larga”, haciéndonos oír el zumbido característico que pro­ducen sus alas, tan pequeñas como hermosas.

Las aves de aquella región deben haber visto pocas veces al hombre, ignorando totalmente la ¡existencia de ri­fles, gomeras, jaulas y pega-pega! Por eso, y como no so­mos enemigos naturales de ellos -aunque algunos lo pa­recen- nos consideraron seguramente como simples inte­grantes del paisaje y por eso siguieron con sus costumbres naturales, sin temores ni recelos. No los defraudamos; ni siquiera nos movimos. Para nuestro solaz, se agregaron otros visitantes de la cascada y del charco, y a todos arri­mábamos miguitas de pan y restos de comida.

Otra vez en marcha, el ascenso se hizo dificultoso por el esfuerzo a que obligábamos al rodado. El motor reca­lentaba y debimos parar frecuentemente, en pausas que aprovechábamos para contemplar a los dueños de aquellos lugares. Un “picaflor gigante” pasó orgullosamente a un cos­tado y se dejó admirar como para que apreciáramos su ta­maño e hiciéramos comparaciones con sus pequeños y ve­loces hermanos.

Seguimos subiendo, alertas al apunamiento, y por el serpenteante camino que nos llevaba por la Cuesta del Obispo nos aproximamos a los 3.600 metros de altura. Mi­ramos hacia abajo y, una vez superada la impresión de vértigo, apreciamos la imponente belleza de aquellos agres­tes lugares. Estábamos tan alto que nuestra vista apenas divisaba el comienzo de la cuesta y el camino que había­mos recorrido se perdía en sus incontables y caprichosas vueltas.

Cuesta del Obispo Altura 3.620 m. Fotografía: Martín R. de la Peña

Algunos metros más adelante tuvimos que tomar un desvío para bajar al Valle Encantado. Bastan allí unos minutos para apreciar lo justo del nombre; por momentos, nos sentimos dueños de todas sus bellezas, y por otros, intrusos en un paraíso donde el silencio sólo admitía el trino de los pájaros.

Todo hace pensar,  en ese paraje, que Dios reina muy cerca y lo cuida celosamente luego de haberle dado vida.

Motor recalentado, auto detenido. Cuesta del Obispo. Fotografía: Martín R. de la Peña.

 

Las montañas aportan lo suyo, pues muchas, curiosa­mente erosionadas, habían cobrado raras formas, separa­das por estrechos pasajes y con el piso cubierto por un prolijo tapiz de corto pasto.

Por momentos nos asombrábamos del número de pá­jaros que surgían delante nuestro, como si quisieran dar­nos la bienvenida. Unos cantaban con todas sus fuerzas, otros llamaban por su hermosura. Nuestra capacidad de asombro no se colmaba, porque a cada paso aparecía otra nueva belleza, otro matiz de color o de sonido.

Íbamos de sorpresa en sorpresa. Horacio me llamó para señalar un nido ubicado detrás de helechos que col­gaban de una roca. Sabíamos lo que debíamos hacer: nos escondimos para esperar la llegada de los dueños y estable­cer fehacientemente a quién pertenecía. No pasó mucho tiempo y un picaflor de cola larga ocupó su puesto para la incubación. Sus dos huevitos blancos, como perlas, puestos en algodonoso receptáculo apenas se veían.

Tras nuestro examen, nos retiramos cuando dos “chinchillones” llamaron nuestra atención. Son animales muy parecidos a las chinchillas, aunque con mayor tamaño, lo que explica su nombre; tienen en las patas unas formacio­nes especiales que les permiten caminar con facilidad por las piedras, saltando y corriendo, sin peligro de caerse.

En el otro lado del valle, en una pequeña planta cu­bierta de flores rojas, vimos después libando, un picaflor puneño, collar verde oscuro y pico ligeramente curvo. Era el “picaflor serrano”, habitante de aquellas al­turas.

Nos faltaba encontrar su nido y el hallazgo lo hizo Don Günnar. Estaba suspendido del techo de una estrecha gruta, a considerable altura en la empinada montaña en la que estábamos.

Desfilaron ante nuestra vista el “carpintero de las pie­dras”, que buscaba hormigas en el suelo, y la “palomita de ojos desnudos” llamada así por tener a estos órganos rodea­dos de amarillo; notamos que al volar hace un ruido fuerte con las alas, similar al de las perdices.

También aparecieron el “yal negro” y el “yal plomizo” y después, para postre o premio de nuestras observaciones, como nota majestuosa en el firmamento, el “cóndor” o “rey de los Andes”, quien de alguna manera, nos pareció que presidía aquella asamblea de pájaros.

Una pausa en la Cuesta del Obispo; conversan G. Höy y Martín R. de la Peña. Fotografía: Gentileza Martín R. de la Peña.

Muchas veces deseamos fervientemente saber escalar montañas porque en tal caso nuestro viaje, ampliamente positivo, podría haber resultado más fructífero todavía por la cantidad de aves que habitan en las alturas y que en grietas o huecos construyen sus nidos. Llegamos hasta algunos, pero nuestra falta de experiencia -y a veces mie­do- nos obligó a desistir de muchos intentos.

Las horas corrieron velozmente. Algo superior nos mantenía en el Valle Encantado y nos obligaba a continuar con nuestras observaciones. El lugar transmitía tranquili­dad, paz, sosiego. No pensábamos en el cansancio físico para no perder tiempo en pausa alguna; queríamos adue­ñarnos mentalmente de todo lo que veíamos, grabarnos para siempre la imagen de aquella soberbia belleza.

Sólo cuando fue ineludible, reemprendimos el camino. Lo hicimos con tristeza, prometiéndonos retornar una y otra vez para compartir con las aves aquellos lugares de ensueño.

Al pasar por Cachipampa, a medida que avanzába­mos, la vegetación se hacía de tamaño menor. Por la on­dulada meseta transitamos la recta Tim-Tim de varios kiló­metros de extensión, flanqueada de grandes y sólidos car­dones que dan la impresión de ser soldados en vigilante actitud.

La aridez de aquella zona hacía que el número de aves disminuyera paulatinamente, sobre todo teniendo en cuen­ta que momentos antes habíamos pasado horas en un verdadero paraíso alado.

Cachi, pintoresca localidad situada a orillas del Río Calchaquí y desde donde se divisan los nevados del mismo nombre, fue el punto final de aquella jornada inolvidable.

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