Por Ricardo N. Alonso

Doctor en Ciencias Geológicas (UNSa-CONICET)


Para los expertos en las aves del noroeste argentino el nombre de Gunnar Höy es conocido, pero no lo es tanto para la creciente cantidad

de personas, aficionadas a esta clase zoológica, que viven en nuestra región, el noroeste argentino. Ricardo N. Alonso traza aquí una semblanza de este noruego, que un día llego a Salta y dedicó su vida a estudiar sus especies aladas.

A pesar de haber sido el más grande experto en aves que tuvo Salta, la vida y obra del ornitólogo noruego Gunnar Arturo Höy (1901-1996) ha pasado casi desapercibida. Diré que en 1973 comencé a estudiar geología en la recién creada Universidad Nacional de Salta. Algunas de las clases se impartían

Gunnar Höy en su lugar en el Museo de Ciencias Naturales de Salta – De su album particular

en el Museo de Ciencias Naturales, viejo edificio en la zona del Parque San Martín (Mendoza N° 2). El Museo había perdido para entonces gran  parte de su esplendor y ya no lucía las valiosas y hermosas colecciones arqueológicas, mineralógicas, geológicas y otras que supo tener cuando su mentor fue Amadeo Rodolfo Sirolli, quién lo iniciara a comienzos de la década de 1950.

Siendo niño visité muchas veces el museo y siempre me llamaba la atención ver esas vitrinas de madera que iban desde el piso hasta el techo y que estaban llenas de objetos arqueológicos, principalmente las urnas funerarias, hachas de piedra, puntas de flecha y otros útiles y herramientas de las distintas culturas que habitaron el Valle de Lerma, el Valle Calchaquí y otros rincones de la provincia en tiempos anteriores a la llegada de los conquistadores españoles.

Gunnar Höy – Dibujo de Arremon flavbirostris – De sus papeles personales – Gentleza de Andrés Höy, foto de Elio Daniel Rodríguez

También había huesos de los grandes mamíferos del Pleistoceno, como mastodontes, megaterios y gliptodontes, que vivieron en Salta y se extinguieron unos diez mil años atrás. A pesar de que para comienzos de la década de 1970 el Museo no era lo que supo ser, conservaba todavía una rica colección taxidérmica formada principalmente por aves y algún que otro mamífero así como una gran boa. El atractivo mayor del Museo era un bebé cíclope que se guardaba en un gran frasco de vidrio en un escaparate especial dispuesto a tal fin. Este bebé, un caso teratológico, tenía un solo gran ojo en la frente y había sido donado al museo para su exposición. Allá por la década de 1980 arreciaron las críticas de la mano de algunas mujeres embarazadas, las cuales quedaron fuertemente impresionadas por la vista de este pobre humano y su deformidad, lo que llevó a que las autoridades del Museo lo retiraran de la exposición.

En un despacho a la vuelta de la vitrina del cíclope tenía su lugar de trabajo Gunnar Höy, un ornitólogo y taxidermista noruego llegado al país después de la Segunda Guerra Mundial. Lo recuerdo como un hombre parco, medianamente alto, rubio encanecido y de ojos celestes, muy educado, vestido siempre de riguroso delantal blanco. Era extremadamente puntual. Llegaba al museo a las ocho de la mañana. A las diez desayunaba una fruta y al mediodía almorzaba un sándwich de pan blanco con queso. Bebía agua como única bebida y se retiraba a las cinco a su hogar. Esto lo hacía un hombre metódico, frugal, responsable y disciplinado, un verdadero asceta de la ciencia. Era muy difícil verlo caminando por los pasillos o conversando con alguien, salvo con alguno de sus colegas, como Francisco Contino o Jorge Samaniego. Por el contrario, pasaba largas horas encerrado en su oficina describiendo las aves, estudiando, preparándolas para su conservación taxidérmica y sobre todo dibujándolas. Gunnar era un dibujante exquisito. Uno miraba las pinturas que realizaba de las aves y podía ver el esplendor de los colores, la vivacidad de los ojos, la plasticidad de los cuerpos, la levedad de las plumas, en fin una pintura realista que expresaba y condensaba hasta los más nimios detalles. Sus pájaros y aves parecían que estaban vivos y sólo les faltaba cantar. Tenía, y me mostró, una gran carpeta de láminas de aves que había dibujado y que estaba muy contento porque había recibido entonces una oferta importante para su publicación en una editorial alemana.

Creo que envió el material pero este se perdió en el camino y la edición de esa magnífica obra nunca llegó a su fin. Era además un reconocido experto en nidificaciones y huevos de aves y muchas veces el museo se engalanó con la visita de reconocidos ornitólogos de fama internacional. Comencé a frecuentar a Gunnar allá por 1976. Esto en razón de que un amigo ya fallecido, el geólogo Eduardo Carbajal que para entonces trabajaba en la ex Boroquímica Samicaf, en sus trabajos de exploración geológica para la búsqueda de yacimientos de boratos en la Puna Argentina, había encontrado una laja de arenisca roja que tenía perfectamente conservadas una media docena de huellas de aves. El lugar del hallazgo era en las capas rojas de la isla de Farallón Catal, en el salar del Hombre Muerto.

Nadie sabía entonces la edad geológica de esas capas, pero el sólo hecho de tener huellas de aves fósiles era un indicativo de que estas podían pertenecer al Terciario. Cuando Gunnar las vio dijo no tener dudas que pertenecieron a un caradriforme, esto es un grupo de aves entre los que se encuentran los teros, chorlitos, avocetas, y otros. La cuestión era saber ahora a que representante de la familia de los carádridos correspondían esas huellas fósiles o icnitas. Con la ayuda de Gunnar comencé el trabajo de comparación, tomando en cuenta la forma de las patas de las aves actuales, en base a los ejemplares embalsamados en el Museo y otros de la propia colección de Gunnar, y luego compararlos con huellas actuales y con las huellas fósiles de que disponíamos.

Finalmente concluimos que era un tero nuevo al que bautizamos como “Reyesichnus punensis”, tomando el género como homenaje al Dr. Celso Reyes quién fuera profesor de estratigrafía de la Facultad de Ciencias Naturales de Salta y la especie por haber sido encontrada en la Puna. El trabajo se dio a conocer en 1978 y se publicó en 1980 (Alonso, R.N., Carbajal, E. y Raskovsky, M., 1980. Hallazgo de icnitas (Aves, Charadriiformes) en el Terciario de la Puna Argentina. II Congreso Argentino de Paleontología y Bioestratigrafía y I Congreso Latinoamericano de Paleontología (Buenos Aires, 1978). Tomo III, pp. 75-83). Por el tipo de ave se dedujo que las capas pertenecían al Mioceno. En la década de 1980 pudimos datar radiométricamente a la formación portadora de las huellas fósiles y en base a trazas de fisión sobre zircones se obtuvo una edad absoluta de 15 millones de años, corroborando la edad Mioceno. Gunnar Höy dejó como legado una extraordinaria colección taxidérmica en el Museo de Ciencias Naturales de Salta. Publicó además decenas de artículos sobre las aves del NOA, desde la selva y el chaco hasta la Puna, tanto en revistas científicas nacionales como internacionales de gran prestigio, entre ellas Fieldiana, Journal of Ornithology, The Auk, Physis, y otras, con artículos en noruego, alemán, francés, inglés y español. Gunnar Höy, en silencio y desde su humilde cubículo en el Museo de Ciencias Naturales, puso a Salta con sus investigaciones en el mapa de la ornitología mundial.

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