♦ VOLVAMOS A MIRAR EL MUNDO

Los adultos debemos fortalecer el lazo de unión entre los niños y el universo salvaje. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ Recuerdo que el otoño era un bullicio de tordos renegridos, que, de a cientos o miles tal vez, parloteaban en las ramas de los plátanos de “20 de Febrero” y “Alsina”; que en las noches calurosas volaban las langostas alrededor de las luces de la calle; que miraba tres “estrellas” que casi me hipnotizaban cuando subía al techo de mi casa por las noches sólo con el propósito de reconocer las constelaciones ¡Ahí estaba Orión y sus tres estrellas marcando la parte media de su cuerpo! Mi mamá las llamaba “Las tres Marías”, pero yo sabía que esos tres destacados puntos luminosos eran el cinturón del cazador.

Había hecho un mapa del cielo nocturno, en el que cada noche, durante mucho tiempo, fui agregando estrellas con sus diferentes intensidades lumínicas –marcadas en puntos más pequeños o grandes–, tal como yo las veía desde ¡la Tierra!, y, con ciertas dificultades, bajo el tanque de agua, tenía mi propia estación meteorológica, donde medía temperatura ambiente, dirección de los vientos y hasta cantidad de lluvia caída.

En aquellos tiempos, un vecino explotaba una finca en Anta, y cuando veía que llegaba de algún viaje desde ella, apenas estacionaba su camioneta F100, salía raudamente a revisar el tejido de metal que protegía el radiador para recolectar las infortunadas mariposas que habían sucumbido pegadas allí durante el trayecto.

Y por supuesto había juegos de escondidas, “la piyadita”, cuentos de misterio por las noches, fútbol unas dos veces por semana, y en algunas ocasiones excursiones a los baldíos de la zona a la búsqueda de tesoros desconocidos.

El mundo no estaba tan lleno de cosas, la tecnología no lo había colmado todo, no existían tantos “objetos del deseo” para pugnar por tener ni tanta diversión retransmitida para ver, que no nos quedara tiempo para pensar y mirar el cielo o los pájaros. Había espacio para el aburrimiento y para la creatividad, la experimentación, la búsqueda y el hallazgo.

Me surgen, casi sin querer, algunas preguntas: ¿Por qué tantos jóvenes hoy no saben decidir un futuro para sus vidas? ¿Por qué nada los atrapa? ¿Por qué les cuesta tanto a los padres ayudar a sus hijos a encontrar aquello a lo que deberán dedicarse cuando sean mayores? Ver caminar con un pedazo de  hoja recién cortado a la hormiga camino al hormiguero puede ser ciertamente tedioso o fascinante; todo depende de nuestra mirada.

Recuerdo las palabras de Wyne Dyer: “Cuando cambias tu forma de mirar las cosas, las cosas que miras cambian” ¿Les estamos dando el suficiente tiempo a los chicos y jóvenes para aprender a mirar el mundo que los rodea? Posiblemente hemos fortalecido en ellos la capacidad de conmiseración hacia los seres vivos, pero tengo mis dudas acerca de si hemos sabido mostrarles que el mundo salvaje, por ejemplo, es maravilloso, que la vida en cualquiera de sus formas es fascinante, que es poesía en estado puro y que vale la pena detenerse a admirarla.

Yo no sé cómo puede hacerse, pero sería bueno que los más pequeños encuentren el tiempo para deshacerse al menos por un momento de la tecnología que tiene todo resuelto o de las series de TV que los encadenan a un sillón. Que salgan a ver el mundo, que se sienten  sobre una piedra y vean pasar las nubes, las mariposas y las semillas de cardo. Al principio, como cuando se prueba cualquier cosa por primera vez, surgirán caras extrañas, pero creo estar seguro si les digo que en poco tiempo hallarán sabores que no imaginaban, bellezas que no presentían y deseos que nunca llegaron a sospechar.

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