Observando el nido del tangará común

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♦ EL HOGAR DE UNAS HERMOSAS AVECITAS

♦ El tangará común es un ave de atractivo colorido –aunque macho y hembra son bastante diferentes– y está presente en una gama de ambientes que van de las selvas a las sabanas, pasando por los bosques y las áreas pobladas. La construcción del nido es un esmerado trabajo de ambos miembros de la pareja y dar con uno de ellos es tarea difícil debido al extraordinario disimulo con el que lo realizan.

Macho de tangará común, Euphonia chlorotica, junto al nido. Nótese el extraordinario disimulo con el que estas aves construyen el receptáculo que servirá para la incubación de los huevos y la crianza de los pichones. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ 30 – 06 – 2018

♦ Casi a fines de un mes de julio una pareja de tangará común (Euphonia chlorotica) se disponía a construir su nido. Observé que un macho y una hembra de la especie se empeñaban en poner a punto su construcción para la época de cría que ya se avecinaba.

El lugar elegido no era la profundidad del monte ni un sitio no frecuentado or seres humanos, sino todo lo contrario; habían elegido hacerlo en una gruesa rama de un palo borracho, a unos cuatro metros y medio del suelo, en una plaza céntrica de la ciudad de Salta, ajenos al ir y venir de los cientos de transeúntes que todos los días caminaban por el lugar. De hecho, esta ave es común en parques y jardines urbanos, donde, a pesar de no ser demasiado vista por su tamaño pequeño y por moverse generalmente en las ramas altas de los árboles, puede ser escuchada con su voz de contacto simple y repetida.

El tangará común es un pequeño tráupido, que sólo llega a los 9 cm. de longitud, y que habita las selvas, los bosques, las sabanas y los poblados, siendo posible observarlo en parques y jardines. En Argentina se distribuye desde el norte hasta Mendoza, San Luis, Córdoba, Entre Ríos, Santa Fe y delta del Paraná (De la Peña, 2012).

Hembra de tangará común, Euphonia chlorotica. Los dos miembros de la pareja colaboran en la construcción del nido. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

El nido que construía la pareja era una estructura globular, con una entrada lateral orientada hacia el oeste, y las aves lo confeccionaban, valiéndose de la forma de una planta epifita que crecía sobre la corteza, con fibras vegetales, hojas secas y telas de araña.

Los dos integrantes de la pareja se encargaron del transporte de los materiales y de la construcción del nido. Cuando llegaban –ya que casi invariablemente lo hacían los dos al mismo tiempo–,  uno de los miembros del casal ingresaba al nido y el otro permanecía vigilante en las ramas contiguas, aguardando su turno para entrar. A veces, yo llegaba a notar que, mientras un ave permanecía en el interior del nido, éste vibraba a fuerza de golpes que con su cuerpo el ave daba desde adentro para ir perfeccionando el interior.

El tangará común es una especie vistosa, pero es el macho el que presenta el más destacado colorido. Este tiene la cabeza negruzca con reflejos violáceos, a excepción de la frente, que es de un color amarillo intenso, al igual que el pecho y el vientre; el dorso, en tanto se presenta negro-azulado. La hembra, en tanto, es menos vistosa y tiene el dorso oliva-grisáceo, con la frente amarilla y la cara amarillento-olivácea. Los flancos y el abdomen son amarillos, y el centro del pecho y vientre, blancuzcos.

Tangará común, Euphonia chlorotica, hembra, incubando. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

En conjunto, el futuro hogar de la familia consiste en una estructura muy mimética, que difícilmente pudiera ser descubierta, a pesar de que para la época del año en que se efectuaron las observaciones a las que aquí me estoy refiriendo, el árbol elegido se encontraba totalmente desprovisto de hojas.

Durante las horas en que permanecí observando el nido me fui acercando al conocimiento de la vida íntima de estas hermosos aves y en una ocasión fui testigo de una disputa en la que uno de los adultos expulsó a un ejemplar de la misma especie, que había llegado a la zona, aproximándose casi a las puertas del nido; no obstante, el combate aéreo se desarrolló a tal velocidad,  que sólo pude distinguir que se trataba de dos machos, uno de los cuales perseguía al otro, hasta que se alejaron rápidamente de mi vista.

Habiendo pasado un mes desde las primeras observaciones, y ya casi concluido el mes de agosto, la actividad de construcción del nido continuaba. Noté que los adultos siempre se acercan al lugar desde las ramas superiores del árbol, aproximándose de a poco, saltando y volando de rama en rama, hasta llegar al sitio del futuro alojamiento de los huevos. En cambio, cuando se alejan del mismo, lo hacen en un vuelo rápido y directo hacia las ramas altas de los árboles vecinos.

Algunas veces veía sólo a la hembra, que llegaba al nido, se introducía en él y permanecía allí, en ciertas ocasiones, por lapsos de tiempo de hasta unos 25 minutos en actitud de incubación.

Así como ambos miembros de la pareja colaboran en la construcción del nido, también ambos unen fuerzas para la crianza de los pichones. En la imagen se observa a un macho alimentando a las crías. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Durante los primeros días de un mes de septiembre observé que, al menos la hembra, seguía aportando materiales para el nido. Para mediados de ese mes ya se hacía evidente que el llamado de la primavera había sido respondido y comenzaban a crecer las hojas del palo borracho en el que se instalaba el nido, mientras que pocos días más tarde, el acelerado desarrollo de las mismas ya me dificultaba la visualización de la entrada de la estructura que confeccionaban las aves. Para entonces, la hembra permanecía más tiempo en el interior del nido, siendo visitada periódicamente por el colorido macho.

A comienzos del mes de octubre la hembra ya parecía estar dando calor a los pichones, y el macho llegaba a alimentarlos introduciendo la cabeza en el nido cuidadosamente. Se podía observar, incluso, también a la hembra haciendo lo mismo. De todos modos, los pichones no eran aún visibles desde mi punto de observación.

Para el día 9 del mismo mes, el nido parecía vacío, pero al llegar los adultos y asomarse a la entrada del nido se lograban distinguir dos piquitos abiertos, y sendas bocas rojas, reclamando comida. Primero recibieron alimentación de parte del macho y luego de la hembra.

A mediados de octubre los pichones habían crecido ya lo suficiente como para detectar la presencia de los padres que se aproximaban al nido, viéndoselos entonces asomarse ansiosos y hambrientos. Los padres llegaban a alimentar a los pichones cada 15 a 25 minutos; faltaba poco para que los pequeños abandonaran su primer hogar.

Un tangará común, Euphonia chlorotica, macho, transportando materiales durante la etapa de construcción del nido. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Bibliografía:

  • De la Peña, Martín R. 2012. Citas, observaciones y distribución de Aves Argentinas. Serie Naturaleza, Conservación y Sociedad Nº7. Edición Biológica. Santa Fe, Argentina.

  • Rodríguez, Elio Daniel. 2012. Aves del cerro San Bernardo y de las serranías del este de la ciudad de Salta. Fondo Editorial. Salta, Argentina.

 

 

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