Pavas, charatas y muitúes

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♦ CRÁCIDOS

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ 14 – 12 – 2019

Pava de monte común, Penelope obscura. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
Pava de monte común, Penelope obscura. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Integrantes del orden Galliformes, los crácidos conforman una familia de aves que incluye los géneros Ortalis (chachalacas, guacharacas, charatas), Penelope, Chamaepetes, Oreophasis, Penelopina, Aburria y Pipile (pavas de monte, pavas negras, guans), y Pauxi, Crax, Nothocrax y Mitu (muitúes, paujiles, curassows). Se trata de una familia de aves neotropicales, integrada por especies grandes, básicamente frugívoras y que viven en el bosque. Desde el punto de vista de su conservación, los crácidos constituyen la familia aviar con más especies en peligro en el Neotrópico.

Son aves con un origen antiguo. Restos fósiles de un ave atribuida a la familia fueron hallados en Wyoming, Estados Unidos, y corresponden a un espécimen pequeño,  que vivió hace unos 50 millones de años. Otros restos fósiles hallados en América del Norte demuestran que crácidos muy parecidos a las chachalacas (Ortalis) de la actualidad han existido al menos desde el Oligoceno superior. Probablemente fue mucho antes del Pleistoceno que llegaron a América del Sur, donde tuvieron una mayor diversificación (del Hoyo, 1994).

Pava garganta blanca, Pipile grayi. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
Pava garganta blanca, Pipile grayi. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Típicamente neotropicales, la especie que alcanza las más altas latitudes en el hemisferio norte, la chachalaca común o chachalaca del golfo (Ortalis vetula) llega en su distribución hasta los Estados Unidos, donde puede hallársela en un área bastante limitada al sur de Texas, habitando matorrales y bosques de ribera; en tanto, la distribución más austral la alcanza la pava de monte común (Penelope obscura), llegando hasta la zona del delta del río Paraná y áreas cercanas, en la provincia de Buenos Aires, Argentina.

Físicamente, presentan cuerpos voluminosos y cabeza pequeña, con cuellos delgados, alas más bien cortas y redondeadas y cola larga y ancha. En su coloración predominan los tonos sombríos, con preponderancia del pardo, pardo-negruzco, negro, negro-azulado y castaño, pero algunas especies, entre otras características, presentan el vientre posterior y las subcaudales blancos, y hay otras que tienen el pecho o las partes dorsales o la cola elegantemente barrados, o las plumas de ciertas zonas marginadas de blanco, o que ostentan llamativas crestas tupidas conformadas por plumas enruladas hacia adelante, o ceras del pico amarillas o azules, o notorios parches alares blancos, o áreas de piel desnuda en la cara azul-celestes o amarillas, o garganta y pliegues gulares rojos, o protuberancias en la cabeza en forma de higo o de cuerno.

Muitú, Crax fasciolata, macho. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
Muitú, Crax fasciolata, macho. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

En términos generales, no son destacados voladores, y sus desplazamientos son cortos, limitándose sobre todo a traslados de un árbol a otro o de una ladera a la contigua en una quebrada estrecha. Si se observan en vuelo, lo más común es que se vea realizando el trayecto aéreo a un integrante del grupo por vez, lo que además permite a los observadores estar atentos al paso en vuelo de la siguiente ave una vez que se detectó la primera.

Los “baños” tanto de polvo como de sol no son infrecuentes aparentemente en al menos varias especies de crácidos. He registrado a pavas de monte (Penelope obscura) tomar baños de polvo y a charatas (Ortalis canicollis) exponerse en sus horas de descanso a los rayos del sol. En uno y otro caso parece que tal actividad se relaciona con el cuidado de las plumas y con la contribución que brindan, tanto los baños de polvo como la exposición a los rayos de sol, al control de ectoparásitos de las aves.

Charata, Ortalis canicollis, descansando en un árbol. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
Charata, Ortalis canicollis, descansando en un árbol. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Los sonidos que producen los crácidos pueden ser muy intensos, como es el caso de las charatas (Ortalis canicollis), cuyas vocalizaciones, efectuadas a coro y bien coordinadas por los miembros de una pareja o por los integrantes de un grupo numeroso, son respondidos desde la distancia por otro grupo de la misma especie. En muchas especies, la tráquea es alargada, a veces considerablemente, lo que se traduce en el incremento de la intensidad de sus vocalizaciones (Del Hoyo, op. cit.).

Si bien la alimentación de los crácidos está basada fundamentalmente en frutas, también consumen flores, hojas, brotes, semillas e invertebrados. Esto se debe a que, en muchos de los territorios que habitan, la estación seca es prolongada y la oferta de frutos durante parte importante del año es inexistente o muy limitada, por lo que las aves deben aprovechar otros recursos alimenticios. Como ejemplo, puede citarse el caso de la pava de monte común (Penelope obscura), que en el mes de agosto y principios de septiembre, en las zonas que coincide en su distribución con el lapacho rosado (Handroanthus impetiginosus) recurre para alimentase a las copas de los mismos, dando cuenta con fruición de importante cantidad de sus flores. También he observado a individuos de la especie durante el mes de octubre consumir invertebrados –casi seguramente hormigas– en el suelo, mientras se daban baños de polvo.

Pava de monte común, Penelope obscura, descansando. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
Pava de monte común, Penelope obscura, descansando. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Aunque se sabe que el papel que juegan los crácidos en la dinámica de los bosques tropicales es de suma importancia, no se conoce todavía en profundidad el rol que cumplen en la dispersión y depredación de semillas (Brooks, 2006).

Desde el punto de vista de su conservación, los crácidos son, como ya se indicó, la familia  con mayor número de especies amenazadas en el Neotrópico, y la situación para su supervivencia a largo plazo es muy preocupante. Por una parte, los bosques tropicales están retrocediendo como consecuencia de la expansión de la frontera agropecuaria o la creciente urbanización de vastas áreas. Por otra, históricamente se ha procedido a su caza tanto como medio de subsistencia por parte de algunas comunidades como también, más modernamente, por mera “práctica deportiva”; pero  cuando la caza es intensa y constante las especies de crácidos más grandes se ven amenazadas porque sus nidadas son pequeñas, el tiempo que necesitan los jóvenes para crecer es extenso y los territorios de cría son grandes. Russell Mittermeier (Brooks, 2006) ha indicado que “estas aves, conjuntamente con los primates Ateline y los tapires, son bioindicadores increíblemente precisos de la sostenibilidad con que se extraen los recursos en una región determinada” agregando que “si el hábitat es remoto y está en buena forma, pero faltan crácidos, es muy probable que la región esté sobreexplotada”.

Mientras que la pava de monte común, Penelope obscura, habita áreas boscosas y selváticas, la charata, Ortalis canicollis suele encontrarse en terrenos de árboles un tanto bajos y de matorrales. Sin embargo, ambas especies a veces pueden encontrarse en los mismos sitios. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
Mientras que la pava de monte común, Penelope obscura, habita áreas boscosas y selváticas, la charata, Ortalis canicollis suele encontrarse en terrenos de árboles un tanto bajos y de matorrales. Sin embargo, ambas especies a veces pueden encontrarse en los mismos sitios. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Es obvio que casi cualquier conservacionista o enamorado de la vida salvaje puede contentarse con sólo dos razones para que se vele por la conservación de estas fascinantes criaturas. Por una parte, está el derecho intrínseco, que le asiste a todo ser vivo, a existir y desarrollarse como individuo y como especie más allá de cualquier significación que pueda tener para los hombres.  Por otro lado, el goce espiritual y estético que puede experimentarse siendo testigos de la vida intima de estas maravillosas aves, constituye un argumento en sí muy potente como para que procuremos su conservación. Sin embargo, esto que acabamos de exponer, podría decirse que es común a todas las aves, y además, habrá muchos, seguramente, que no se contenten simplemente con este tipo de razonamientos y deseen otros, digamos, más contundentes y de orden más práctico. Pues a ellos cabe decirles que los crácidos cumplen funciones ecológicas muy importantes, como, por ejemplo, ser dispersores y depredadores de semillas, y así tener un rol destacado en el mantenimiento y configuración  de los bosques que habitan como ya fue indicado, aunque nuevos estudios en este sentido todavía tienen muchos datos para revelarnos. Ahora bien, además de la importancia ecológica que tienen estas aves, su presencia, utilizada con prudencia, implica un impacto favorable en la economía familiar en numerosas comunidades de regiones poco desarrolladas, como un recurso valioso, en términos de alimentación, para poblaciones criollas e indígenas de muchos países de América. Por otro lado, el ecoturismo y específicamente el turismo orientado a la observación de aves en libertad tiene en los crácidos a especies clave y que conforman un atractivo de gran valía para ofrecer a los visitantes. De hecho, el contar con poblaciones saludables de crácidos en un sitio determinado es un argumento de peso para promocionar un área como destino turístico natural, lo que, por último, puede aportar al desarrollo de poblaciones rurales postergadas.

La pava de monte común, Penelope obscura,, se mueve fundamentalmente en la parte de media de los árboles. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
La pava de monte común, Penelope obscura,, se mueve fundamentalmente en la parte de media de los árboles. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Bibliografía:

– Brooks, Daniel M (Editor). 2006. CONSERVING CRACIDS: THE MOST THREATENED FAMILY OF BIRDS IN THE AMERICAS. Miscellaneous Publications of The Houston Museum of Natural Science, Number 6. Houston, Texas.

De la Peña, Martín Rodolfo. 2015. AVES ARGENTINAS. INCLUYE NIDOS Y HUEVOS. Ediciones UNL – EDUDEBA. Santa Fé / Buenos Aires.

Del Hoyo, Josep; Elliott, Andrew & Sargatal, Jordi. 1994. HANDBOOK OF THE BIRDS OF THE WORLD. Vol. 2. Lynx Edicions. Barcelona.

– Edwards, Ernest Preston. 1998. THE BIRDS OF MEXICO AND ADJACENT AREAS. University of Texas Press. Austin.

– Narosky, Tito & Di Giacomo, Alejandro G. 1993. LAS AVES DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES, DISTRIBUCIÓN Y ESTATUS. Asociación Ornitológica del Plata / Vazquez Mazzini Editores / L.O.L.A. Buenos Aires.

Narosky, Tito & Yzurieta, Darío. 2010. AVES DE ARGENTINA Y URUGUAY. GUÍA DE IDENTIFICACIÓN. EDICIÓN TOTAL. Vazquez Mazzini Editores. Buenos Aires.

Rodríguez, Elio Daniel. 2012. AVES DEL CERRO SAN BERNARDO Y DE LAS SERRANÍAS DEL ESTE DE LA CIUDAD DE SALTA. Fondo Editorial. Salta.

– Rodriguez Mata, Jorge; Erize, Francisco & Rumboll, Maurice. 2006.  AVES DE SUDAMERICA – GUIA DE CAMPO COLLINS. Letemendia. Buenos Aires.

Tordoff, H.B. & J.R. MacDonald. 1957. A NEW BIRD (FAMILY CRACIDAE) FROM THE EARLY OLIGOCENE OF SOUTH DAKOTA. Auk 74: 174–184.

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