Pisadas en las rocas

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♦ HUELLAS DE DINOSAURIOS DE LA  QUEBRADA DE ACHERAL

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ 25 – 11 – 2018

El geólogo Ricardo Alonso y el autor de este artículo, Elio Daniel Rodríguez, junto a la pared rocosa que contiene las huellas de la quebrada de Acheral. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Hacia una cita con la prehistoria

Hacia el sur, el Valle de Lerma va empalideciendo en amplitud y, de pronto, para quien se desplaza por la ruta nacional 68, casi sin que viajero alguno lo note, resulta engullido por la quebrada de las Conchas. Pero antes que ello ocurra, el valle exhala su último aliento en un sitio en el que se emplaza un pequeño pueblo por mucho tiempo casi olvidado y dueño de un nombre, si se quiere, algo sorprendente. Se trata de Alemanía, con acento en la “i”, aunque no está muy claro por qué este sitio fue bautizado así.

El lugar está situado a 99 km de la ciudad de Salta y a 1175 msnm, y marca el límite que separa al valle de Lerma de la quebrada de las Conchas, llamada turísticamente quebrada de Cafayate, ya que conduce a esa localidad vallista.

Para llegar al caserío, debe atravesarse un puente sobre el río Las Conchas. Se destaca allí una vieja estación de trenes, que representa un testimonio silencioso de sus años de gloria, si es que cabe la expresión. Es que hacia comienzos del siglo XX Alemanía veía llegar los rieles y el prometido progreso, pero apenas comenzada la década de 1970 se despedía de  las ilusiones construidas, sumergiéndose en un letargo de muchos años, del que recién en los últimos tiempos parece estar emergiendo tímida y lentamente, tal vez lo justo y necesario como para que no se la considere un “pueblo fantasma”.

A unas cuantas horas de caminata, transitando senderos apenas marcados, se halla un testimonio, impreso en la roca, que habla de animales que supieron habitar estos lugares hace mucho tiempo atrás, cuando el paisaje era muy diferente y el mundo se encontaba dominado por los dinosaurios.

Elio Daniel Rodríguez sostiene una roca que contiene impresas, después de decenas de millones de años, los registros fósiles de grandes grietas de desecación. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Sugerencias y recomendaciones

Si ha de intentarse la travesía, útil es saber que de Alemanía debe salirse bien provisto de agua, por cuanto el camino para llegar a los registros fósiles puede resultar algo largo y agotador, dependiendo tanto una cosa como la otra de la capacidad física, de la experiencia de cada participante de la excursión y, por qué no también, del talento del guía para orientarse entre la vegetación y las elevaciones serranas.

No obstante, el lugar de destino no se encuentra demasiado lejos; se trata de una pared rocosa que contiene una serie de pisadas de dinosaurio, perfectamente visibles en el borde de un pequeño arroyo que baja de los cerros y que durante varios meses al año permanece completamente seco. Es una caminata de unas dos horas y media, manteniendo un buen ritmo, hasta dar con aquel sorprendente sitio de importancia paleontológica. Después de llegar a una quebrada y de introducirse en ella, el visitante ha de encontrar la senda adecuada que lo lleve a otra, que específicamente es la quebrada de Acheral, en donde se encuentran las huellas. Pero para ello, se hace necesario recorrer trayectos en los que casi la senda se pierde en el monte, otros en los que definitivamente deja de existir, suelos bastante arenosos que dificultan un poco la marcha, y, por momentos, un monótono paisaje, que a veces plantea un serio desafío a las capacidades de orientación necesarias para llegar al objetivo.

Si al leer estas líneas, algún lector entusiasta está pensando en concretar por sus medios la experiencia para contemplar esa maravilla de tiempos lejanamente prehistóricos, lo primero en lo que deberá pensar seriamente, como ya he señalado, será en la posibilidad de transportar en el transcurso de esta caminata la mayor cantidad de agua apta para su consumo como le sea posible, sobre todo en los meses más secos del año, por cuanto ese es un bien vital que escasea en estos sitios, y un mal cálculo puede traer aparejados problemas considerables, que, no está de más advertir, hasta pueden poner en riesgo la salud de algunas personas; como le ha pasado a quien esto suscribe, que tuvo que vérselas con los efectos de un angustiante cuadro de incipiente golpe de calor, con los consecuentes dolor de cabeza, falta de apetito, calor sofocante, enrojecimiento de la piel y agitación hasta varias horas después de terminada la travesía. No obstante, con cuidado, tomando las previsiones adecuadas y con el acompañamiento de una persona que conozca el camino, la aventura puede convertirse en agradablemente inolvidable.

No están recomendados los calzados que dejen muy expuestos los pies al rigor de los elementos, por cuanto reinan aquí las plantas xerófilas, adaptadas a largos periodos de sequía y, por tanto, provistas de largas y penetrantes espinas.

Párrafo aparte merecen los constantes desniveles en el terreno, que agregan otra dificultad al desplazamiento, pero que algunas veces permiten apreciar también la aparición ante nuestros ojos de hermosos paisajes, con la escabrosa  silueta del cerro Quitilipi recortada acaso sobre un cielo azul.

Aspectos geológicos y paleontológicos

En el transcurso del camino hacia las huellas, y prestando la debida atención, pueden observarse en ciertas partes del terreno, nódulos de yeso, en la forma de llamativas acumulaciones blanquecinas, que emergen de entre la tierra pardo-rojiza. También es posible contemplar, en algunos sectores de las laderas serranas, hermosos ejemplos de estromatolitos fósiles de gran tamaño, más alguno que otro pequeño, que incluso puede encontrarse en el lecho de algún curso de agua, arrastrado por los elementos y la fuerza de la gravedad desde las elevaciones colindantes.

Un estromatolito es una estructura cuya formación obedece a la combinación de factores orgánicos y sedimentarios. Su origen y desarrollo es el fruto de la actividad de poblaciones microbianas, dominadas típicamente por cianobacterias, que se establecen en aguas someras bajo la forma de una película o tapete de microorganismos sobre una superficie y que van atrapando y fijando partículas de sedimentos e induciendo la precipitación de minerales, especialmente carbonatos (Gómez, 2012). Con el tiempo, este proceso produce como resultado la formación de láminas que se van disponiendo unas sobre otras, resultando en formas diversas de tamaño considerable.

Estromatolito fósil. Fotografía. Elio Daniel Rodríguez.

En el actual territorio argentino se localiza un amplio registro de estructuras estromatolíticas fósiles, pero también se han encontrado en nuestro país estromatolitos en actividad, en ambientes muy difíciles para la vida en general. La historia de su descubrimiento es un ejemplo de los curiosos acontecimientos que, a veces, ocurren en el mundo de la ciencia.

En 2009 hacía ya cinco años que la Dra. María Eugenia Farías venía trabajando en el estudio de la microbiología de los salares y lagunas de la Puna. Había recorrido y estudiado estos ambientes desde Jujuy hasta La Rioja, lo que condujo las investigaciones a sitios como Laguna Vilama, en Jujuy, Laguna Verde, en Catamarca, Laguna Brava en La Rioja o Tolar Grande, en Salta. En febrero de aquel año formó parte de una expedición, integrada principalmente por científicos de la Universidad de Colorado, que iba a estudiar las formas de vida en las fumarolas de los volcanes Socompa y Llullaillaco. Ella se preparó lo más intensamente que pudo para la experiencia, pero los otros integrantes del equipo eran montañistas de experiencia, que en algunos casos habían hecho cumbre en picos del Himalaya o en el Aconcagua, la elevación más importante de América, y cuando ascendieron al volcán Socompa, acompañó al grupo hasta los 5500 msnm, pero comenzó a preocuparse ante la perspectiva de tener que pasar la noche en semejantes alturas, lo que la decidió a bajar, movida por el temor de no sentirse bien y poner en problemas al resto del equipo. Pasó la noche en el campamento base, y al otro día, subió a una camioneta y comenzó a recorrer la Laguna Socompa. Tenía esta vez mucho tiempo para estudiar el sitio y comenzó a ver todo con atención y detenimiento, lo que, en un momento dado, derivó en que advirtiera unas llamativas rocas rosadas al borde de la laguna, con cierto aspecto brillante y pegajoso. Cuando se acercó a ellas, percibió un olor a ácido sulfhídrico, parecido al de un huevo pudriéndose, y a metano, como el del barro en descomposición; las tocó y las notó blandas, y al partirlas se percató de que no se trataba de piedras sino de ¡estromatolitos! (Rodríguez 2010).

Corte transversal de un estromatolito fósil. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Los estromatolitos supieron arreglárselas evidentemente muy bien para sobrevivir tan largo tiempo sobre la faz de la Tierra; los más antiguos que se conocen datan de hace unos 3500 millones de años, en los comienzos de la vida, y sorprendentemente perviven hasta nuestros días (interpreto que quizás representan algo así como una metáfora de que el mundo pertenece y ha pertenecido siempre a las bacterias y no a los seres humanos, que, quiérase o no, somos –en tiempo geológico– unos recién llegados y que presuntuosamente nos consideramos tantas veces amos y señores de la vida). Pero si bien es cierto que han sabido atravesar las eras y los eones de una manera espectacular, también es cierto que su presencia en el mundo actual es sólo la sombra de lo que supo ser durante un larguísimo lapso de tiempo en el pasado. De hecho, fueron muy comunes durante el extenso periodo precámbrico (Alonso et al. 2000) y hoy sólo sobreviven en muy contados lugares alrededor del globo.

Por algunas buenas razones, los estromatolitos y las cianobacterias, que forman parte de su cubierta exterior cuando están activos, son sumamente interesantes. En su fascinante libro Qué es la vida, Lynn Margulis y Dorion Sagan explican que el oxígeno no se acumuló en la atmósfera hasta que se produjo la evolución de las cianobacterias, que comenzaron a utilizar la energía de la luz solar para descomponer moléculas de agua (H2O) obteniendo así hidrógeno. Al combinar el hidrógeno con átomos de carbono del dióxido de carbono (CO2), que abundaba, las cianobacterias podían fabricar acido desoxirribonucleico (ADN), proteínas, azúcares y otros componentes celulares. Estas bacterias necesitaban luz y se expandieron por las aguas iluminadas de la Tierra arcaica, liberando en el proceso, a esa atmósfera tan distinta de la que conocemos hoy, enormes cantidades de oxígeno molecular (O2), resultante de la deshidrogenación del agua (Margulis & Sagan 1996).

Las bacterias fueron, entonces, protagonistas ineludibles de la actual conformación  atmosférica que conocemos, al hacer desaparecer dióxido de carbono del aire y crear oxígeno, estableciendo con ello las condiciones necesarias para el florecimiento de las formas de vida que se abrirían paso posteriormente en el planeta, incluyéndonos por supuesto a nosotros mismos. A propósito de ello, es realmente llamativo pensar que en su tiempo, los estromatolitos “envenenaron” su mundo con “nuestro” vital oxígeno, y que nosotros, hoy por hoy, estamos lanzando –y con ello contaminando el planeta–  enormes cantidades del dióxido de carbono que esos antiguos organismos tanto precisaban para su proliferación.

Camino a las huellas de la quebrada de Acheral un árbol crece asentando sus raíces sobre un estromatolito fósil de decenas de millones de años. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Siguiendo camino, otro vestigio del pasado remoto que puede encontrarse en algunas rocas son las elocuentes grietas de desecación. Estas marcas nos dicen que en aquel lugar donde se formaron existió alguna vez posiblemente un charco o un cuerpo acuoso como una laguna o lago, cuya superficie iba disminuyendo, o que un aguacero muy fuerte dejó acumulada agua en ciertos sitios, y que luego el agua retrocedió o se evaporó, el barro comenzó a secarse y al hacerlo disminuyó su volumen, es decir, se encogió. Así finalmente la superficie se rompió y quedó formado, como si de un rompecabezas se tratara, un conjunto con secciones muchas veces de bordes rectos. Posteriormente, los intersticios  entre las diferentes “piezas del rompecabezas” fueron rellenados con otros sedimentos, todo el conjunto quedó sepultado y, con un poco de ayuda del destino, se endureció, hasta convertirse en una roca que llegó a nosotros como un resto fósil de un muy antiguo evento o condición climática.

Destino: las huellas

Pero a pesar de lo interesante que pueden resultar para el especialista y el profano algunos puntos en el trayecto hacia las huellas, seguramente son ellas, para la mayoría, las que concitarán mayor atención y para quienes irá dedicada la esforzada caminata, por cuanto esas huellas son el registro, legado tras decenas de millones de años, de un grupo de vertebrados que cautiva la imaginación de grandes y chicos y de los que no cesan de realizarse descubrimientos espectaculares: los dinosaurios.

Para los paleontólogos, las huellas constituyen restos indirectos de la vida de otros tiempos, diferentes de los restos directos, consistentes, por ejemplo, en huesos convertidos en roca, que comenzaron el largo proceso que los condujo hasta nuestros días cuando el animal expiró. Comparativamente, las huellas son diferentes; fundamentalmente porque nos están hablando de un animal vivo, en su medio ambiente y haciendo las cosas de todos los días, pero también nos ayudan a develar su tamaño, sus hábitos sociales, el modo en que caminaba y a qué velocidad, y muchas otras cosas.

Es la paleoicnología la rama de la ciencia que estudia las huellas dejadas por los organismos del pasado. Pero, ¿cómo es que una simple huella puede llegar hasta nosotros sin ser barrida antes por el viento o borrada por el agua?

Lo primero que debió de ocurrir es, por supuesto, que un animal haya caminado o se haya posado sobre una superficie húmeda y algo blanda; y sólo algo, porque para que la huella quede bien marcada, y eventualmente preservada, el sustrato no tuvo que ser ni muy duro ni muy blando. Luego, ésta huella debió haber quedado expuesta a la influencia del sol y la atmosfera para, de este modo, secarse. Mientras esto ocurría, es decir, mientras el sedimento se secaba, la huella se fue endureciendo y, por lo tanto, se convirtió en más resistente a la acción de los agentes erosivos que podían actuar sobre ella. Después, otros sedimentos se depositaron encima, formando una nueva capa, cubriendo la impresión de la huella y, con algo de suerte, preservándola del paso del tiempo. Con el transcurrir de los años –muchos, por cierto–, la capa de sedimento portador de las huellas hubo de quedar cubierta por nuevas capas, lo que implicó un enterramiento profundo de la huella, que luego, tras millones de años, pudo reaparecer en superficie ya transformada en roca dura. No obstante, este no es un proceso simple y depende de varios factores, entre los que se cuentan, por ejemplo, la velocidad de enterramiento de las huellas y las propiedades físicas del sustrato.

En la provincia de Salta se conservan numerosos ejemplos de huellas de dinosaurios. En 1968, Mario Raskovsky descubrió las primeras en el sector norte del Valle del Tonco; luego el Dr. Ricardo N. Alonso, en compañía de Ricardo Bustos, encontró pisadas en el extremo sur del mismo valle, en la entrada a la mina Don Otto, y en otra quebrada cercana; también, en una quebrada denominada El Antigal, que finaliza en la del Toro, geólogos alemanes encontraron huellas de dinosaurios; otras fueron encontradas en la vieja cantera El Sauce, cerca de El Bordo; y fue Daniel Starck, un geólogo de YPF el que descubriera las de la quebrada de Acheral, en las proximidades de Alemanía (Alonso 2007)

Daniel Starck realizó el descubrimiento de estas huellas en 1987, y veinte años más tarde volvió al sitio del hallazgo en compañía de sus hijos para verlas nuevamente. En la época en que fueron encontradas, él era Geólogo Ayudante en la Comisión Geológica 4 de YPF, asentada en la ciudad de Salta. Estas Comisiones Geológicas eran grupos destinados a realizar tareas de geología de “campo”, con especial dedicación a la recolección de información para ser utilizada en las distintas etapas de la exploración petrolera. Justamente, durante el año 1987, la CG4 estuvo realizando trabajos de mapeo geológico en el valle de Lerma con el objetivo de que estos sirvieran de soporte para la perforación de pozos exploratorios en la zona, deviniendo todo esto en una propuesta de perforación del pozo Coronel Moldes, perforado en 1990 y que resultó seco. Durante esas tareas de mapeo, a Daniel Starck le correspondió relevar distintas quebradas del flanco este del sector sur del valle de Lerma, entre ellas la quebrada de Acheral, y fue en esas circunstancias, acompañado por un ayudante y chofer, en que se produjo el hallazgo.

El geólogo Daniel Starck junto a las huellas de dinosaurios por él descubiertas. Las piquetas señalan la ubicación de dos de ellas. Fotografía: Gentileza Daniel Stark.

Starck ya conocía las huellas del Tonco, por lo que no le costó mucho esfuerzo darse cuenta de qué se trataba lo que veía. Estaba muy contento con el hallazgo; obviamente para un geólogo siempre es motivo de alegría descubrir cosas como esta, e informó de las huellas a su jefe, Gustavo Vergani, con quien volvió a los pocos días al sitio para tomar algunas fotografías. Luego comunicó la novedad al geólogo Ricardo Alonso, con el que regresó una vez más al sitio, y la noticia fue dada a conocer públicamente a través de una nota aparecida en diario El Tribuno, de Salta (Com. pers. Stark 2014).

En Dinosaurios salteños y argentinos, un libro para el que tuve el placer de realizar algunas ilustraciones, su autor, el Dr. Ricardo N. Alonso, señala que las huellas de dinosaurios nos hablan no sólo de las características paleobiológicas del animal que las produjo sino también del tipo de ambiente que habitaba. En el capítulo específico dedicado a las huellas de la quebrada de Acheral destaca que el dinosaurio que dejó su impronta de millones de años se movía entonces por la playa de un cuerpo de agua en la que se depositaban arenas calcáreas. Justamente Alonso y la Lic. Susana Malanca dirigieron una tesis que tuvo por objeto el estudio de estas icnitas fósiles y cuyo autor fue Héctor Sánchez Rioja, por entonces estudiante de la carrera de Geología de la Universidad Nacional de Salta (UNSa).

En su tesis profesional titulada “Estudios de las icnitas de dinosaurios de la Formación Yacoraite (Cretácico Superior) en la Quebrada del Acheral (Salta): su implicancia paleobiológica y paleoambiental”, de 2004, Sánchez Rioja indica que el dinosaurio que produjo las huellas se desplazaba, hace entre 75 y 71 millones de años, sobre un sedimento fangoso, merodeando una zona de playa, a la búsqueda, presumiblemente, de agua o de alimento, y que posteriormente la superficie sobre la que se movilizaba quedó cubierta por un depósito arenoso, lo que impidió la destrucción de las marcas y favoreció su preservación. Se trata de una rastrillada de cinco icnitas tridáctilas con diferente grado de conservación y de 42 cm de largo en promedio. En la misma superficie se identificaron una icnita aislada y otras dos de menor tamaño, que corresponderían a individuos del mismo género, conjeturando en este caso el autor del trabajo que la impresión de mayor tamaño pertenecería a un individuo adulto, mientras que las otras, de tamaño menor, habrían sido producidas, tal vez, por un ejemplar juvenil. Sánchez Rioja propuso para el dinosaurio que produjo las huellas el nombre de Achelarichnus leonardii, haciendo referencia el nombre del género a la quebrada donde se descubrieron las pisadas y siendo el epíteto especifico un homenaje al Dr. Giussepe Leonardi, el paleontólogo que más contribuyó al estudio de la icnología de los dinosaurios en América del Sur.

Los estudios efectuados en el lugar, además permitieron establecer que la talla del animal era  mediana –se estableció una altura en la cadera de 1,68 m–, que se movía bípedamente, y que su desplazamiento tenía una velocidad de 5,52 Km/h en dirección N-S.  Por último, cabe destacar que el dinosaurio que produjo la rastrillada de la quebrada de Acheral pertenecería a un animal del suborden de los terópodos y al infraórden de los carnosaurios, que conformaban en líneas generales un grupo de dinosaurios carnívoros robustos y de gran talla, que dejaron icnitas de gran tamaño y aspecto masivo, que se corresponden con la robustez  de sus patas.

Un trazo de tiza ayuda a contornear la huella impresa en la roca. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Fuentes consultadas:

Alonso, Ricardo N; Taruscelli, Euenio E. y Navamuel, Ercilia. 2000. Cabra Corral, geología, arqueología e historia. Gofica Editora. Salta, Argentina.

Alonso, Ricardo N. 2007. Dinosaurios salteños y argentinos: un fascinante capítulo en la historia de la Tierra.  Crisol Ediciones. Salta.

Farías, María Eugenia. 2012. Microorganismos que viven en condiciones extremas en lagunas altoandinas. Ciencia Hoy. Vol. 21 Nº126: 26-33

Gómez, Fernando J. 2012. La biósfera primitiva, la tierra actual y vida extraterrestre. Ciencia Hoy. Vol. 22 Nº128:21-27.

Margulis, Lynn y Sagan, Dorion. 1996. Qué es la vida. TusquetsEditories. Barcelona.

Rodríguez, Elio Daniel. 2010 (Viernes 26 de marzo). Estromatolitos en la Puna, entrevista a María Eugenia Farías. Semanario Nueva Propuesta. Salta, Argentina.

Sánchez Rioja, Hector Santiago S. 2004. Estudio de las icnitas de dinosaurios de la Formación Yacoraite (Cretácico Superior) en la Quebrada del Acheral (Salta): su implicancia paleobiológica y paleoambiental. Tesis profesional. Universidad Nacional de Salta, Facultad de Ciencias Naturales, Escuela de Geología.

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