¿Qué se necesita para ser un fósil?

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♦ CONSERVARSE NO ES TAN SENCILLO

♦ Por Elio Daniel Rodríguez

♦ 16 – 05 – 2020

Restos fósiles de un braquiópodo del extinto orden Orthida, procedentes del cerro San Bernardo, Salta. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
Restos fósiles de un braquiópodo del extinto orden Orthida, procedentes del cerro San Bernardo, Salta. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

♦ Todavía bastante niños, pero ya un poco adolescentes, solíamos visitar los sábados a la tarde el cerro San Bernardo. Allí recorríamos las banquinas del camino que se dirige a la cumbre, prestando atención a cada roca que encontrábamos al costado del camino o en las laderas contiguas, que trepábamos apenas. Así pasábamos, mis amigos de entonces, mi hermano y yo, nuestras horas de la siesta; entre sueños paleontológicos, el canto de los pájaros, un sol a veces recio que nos castigaba mientras viajaba hacia las montañas de oeste y alguna pregunta de un caminante curioso.

Sabíamos –no sé muy bien gracias a qué referencia– que allí había fósiles; pero, después de varias excursiones, no lográbamos dar con ninguno. Sin embargo, un día de 1983 hallamos por primera vez un pequeño testimonio convertido en piedra de la vida de ese lugar hace cientos de millones de años; eran los restos de un braquiópodo perfectamente reconocible en una roca.

Es difícil de comprender la profunda emoción que siente en un momento como ese un muchacho que hasta ese instante solo había visto algo parecido en una enciclopedia o, tal vez, en algún programa de la televisión, si no se vivió de niño el primer descubrimiento de un fósil. Es algo maravilloso y mágico, porque, entre otras cosas, constituye un evento que convierte a cualquiera en el primer ser humano que ve eso que encontró.

Estromatolito fósil en cercanías del dique Cabra Corral, Salta. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
Estromatolito fósil en cercanías del dique Cabra Corral, Salta. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

¿Qué es exactamente un fósil?

Todos hemos escuchado hablar de fósiles, y de hecho se trata de una palabra muy usada tanto en su contexto específico como así también, a veces, de manera metafórica, pero quizás no todos sepan a lo que concretamente se refiere el término. No obstante, debe señalarse en primer lugar que lamentablemente no existe una definición exacta, clara, contundente y unívoca de lo que es un fósil.

Algunos lo relacionan con cualquier estructura de la que se conserven restos o huellas en el seno de cuerpos rocosos, ya se trate de estructuras biológicas como de otra índole. De alguna manera, este concepto es tan amplio que se hace complicado saber a qué exactamente se refiere y qué deja afuera.  Pero con una definición de carácter un poco más restringido, las cosas se tornan algo más claras. Así, podemos decir que se entiende por fósil todo resto o huella de alguna forma de vida pasada.

Esta conceptualización hace totalmente asimilable la idea, tanto para el profano como para el experto, pero no aclara de manera definitiva la cuestión. Es obvio que el cuerpo de un animal convertido en piedra, que aparece al partir una roca, es un fósil, pero, ¿es igualmente fósil un mamut congelado o un insecto inmovilizado y muerto en ámbar desde hace miles de años? Sí, también se consideran fósiles.

Podemos pensar entonces que son fósiles sólo los restos o huellas de organismos que alguna vez existieron y que actualmente están extintos, pero eso no es del todo exacto ya que hay fósiles de organismos que actualmente habitan el planeta. Por otra parte, debe recordarse que nuestra definición restringida no solo hablaba de restos sino también de huellas, así es que también hay fósiles de polen, de mudas de animales, hay pisadas fosilizadas, madrigueras fósiles y hasta fósiles de excrementos; ¿quién no podría divertirse con todo eso?

Entonces, desde el punto de vista paleontológico y a los fines que aquí nos interesan, a pesar de que adoptemos una definición en cierta medida limitada de lo que es un fósil, nos encontramos con que el concepto es acotado y al mismo tiempo amplio. Es acotado porque nos estamos refiriendo a restos de organismos o huellas de actividad biológica; es amplio porque no importa que hablemos de restos o huellas preservados en roca, hielo, alquitrán, arena, ámbar o ceniza volcánica. Y es también bastante amplio porque no siempre, para ser considerado fósil, un organismo tuvo que cambiar su composición química, lo que sí ocurre cuando se “petrifica” pero no cuando, por ejemplo, se congela.

Pequeños fósiles del trilobite Parabolina frequens argentina, procedentes de Tilcara, Jujuy. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.
Pequeños fósiles del trilobite Parabolina frequens argentina, procedentes de Tilcara, Jujuy. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

La insuficiencia del registro fósil

El registro fósil es en esencia insuficiente porque la fosilización es un evento excepcional. La mayor parte de la vida no se fosiliza, y además –me entenderá perfectamente el lector– son comparativamente muy pocos, una mínima fracción, los fósiles que son hallados y llegan hasta nosotros expuestos en la vitrina de un museo o presentados en las páginas de un libro o en la pantalla del televisor.

Normalmente, cuando logran conservarse fosilizadas, sólo lo hacen las partes duras de los organismos, mientras que las partes blandas casi siempre se pierden sin dejar rastro. Un problema adicional, por supuesto, es que no todos los organismos tienen partes duras y esa es la razón por la que resulta verdaderamente difícil encontrar fósiles pertenecientes a determinados grupos biológicos.

Normalmente, un organismo tiene pocas chances de que se fosilice alguna de sus partes, incluyendo las más duras. Un organismo pequeño de cuerpo blando, al cabo de pocos días de haber muerto, desaparece por completo debido al ataque de las bacterias, y pocos meses bastan para que grandes organismos hayan sido devastados por el accionar de carroñeros, el trabajo de los descomponedores y el desgaste que producen los agentes meteorológicos. La formación de un fósil es un hecho azaroso, complejo y difícil, y esto es así incluso para los organismos con partes duras, ya se trate de dientes, huesos, madera o exoesqueletos.

Hasta que un organismo o parte de él, fosilizado, llega hasta nosotros tienen que ocurrir varias y complejas circunstancias. Es por cierto obvio que lo primero que tiene que pasar –aunque lamentablemente eso no es muy complicado y viene pasando desde hace miles de millones de años– es que el organismo muera. Pero después de muerto es cuando las cosas se ponen “divertidas” –bueno, es sólo una forma de decir–, ya que debe quedar enterrado rápidamente; si esto no ocurre, los restos quedarán expuestos la suficiente cantidad de tiempo como para que los carroñeros y los descomponedores hagan el trabajo que saben hacer y del organismo no quede vestigio alguno. Si se produce, en cambio, un enterramiento rápido, las fuerzas destructivas del ambiente no actuarán con eficacia y crecerán las posibilidades para la fosilización. En el mejor de los casos, el organismo muerto debería haber quedo enterrado en el sitio en que expiró y no haber sido transportado, o haberlo sido lo menos posible.

En el caso de los fósiles cuyos cuerpos quedan enterrados en arcilla, arena o barro, es la erosión la que se encarga de suministrar esos materiales. Es decir que sin erosión no habrá fosilización de este tipo –debe recordarse que hay otros tipos de fosilización, como la que se produce por congelamiento o porque, por ejemplo, el animal quedo atrapado en ámbar–. Por su parte, la acción del agua, el viento, el calor y el frío es el combustible necesario para que eche a andar la maquinara de la erosión. El agua y el viento desgastan las rocas, incluso las más duras; los cambios de temperatura, pueden partirlas, reduciéndolas a pedazos cada vez más pequeños. Los cantos rodados, los guijarros, la arena y el cieno son productos de la erosión. Esta es la materia prima de la que se hacen los sedimentos, que son arrastrados por los arroyos y los ríos y depositados en lagunas, lagos o el mar en forma de sucesivas capas, que, llegado el caso, cubren los restos de los seres vivos candidatos a fosilizarse.

Para los organismos que viven en tierra las chances de fosilizarse decrecen de manera notoria; imaginen lo que tiene que pasar para que un enorme dinosaurio quede rápidamente enterrado. No obstante, increíblemente, a veces pasa y llegan hasta nosotros impresionantes testimonios de criaturas gigantescas de otros tiempos, aunque generalmente solo se trata de algunos huesos o dientes. El hecho de que la erosión juegue un papel bastante importante y hasta crucial en los procesos de fosilización, nos permite entender que por una simple causa relacionada con la gravedad de la Tierra, los seres vivos de tierras bajas son los mejores candidatos a fosilizarse y los habitantes de las altas montañas sean los más esquivos a hacerlo.

Una vez enterrados, los sedimentos siguen acumulándose encima y, en la medida en que las sucesivas capas se van sumando una sobre la otra, la presión va en aumento. Si de lo que estamos hablando es de un esqueleto, por ejemplo, sus partes más débiles colapsarán por el peso y el cúmulo de huesos irá quedando bastante aplanado; mientras tanto, el sedimento se irá transformando en roca.  No obstante, todavía tendrá  que sortear el paso del tiempo, y salir airoso a los procesos destructivos que operan en la corteza terrestre.

Es posible después de todo esto que el fósil, ya constituido como tal, haya tenido el “sueño de los justos”, en tranquilidad, hasta ir acercándose hasta nuestros días. Si es así, entonces podrán actuar fuerzas naturales que lo vayan acercando a la superficie, la erosión posiblemente lo deje al descubierto y sigan operando sobre él las fuerzas de la naturaleza hasta que no quede el más mínimo rastro de su existencia. Y así, podrían haber pasado millones de años, y un sinnúmero de amenazas felizmente sorteadas, para que finalmente el fósil se pierda para siempre una vez «llegado» a la superficie. Sin embargo, otra cosa puede todavía ocurrir: que alguien lo descubra. Pero no tiene que ser cualquiera, por supuesto; eso sería más fácil. Para que llegue hasta nosotros expuesto en un museo o almacenado en una colección paleontológica el fósil debe ser hallado por alguien que entienda acabadamente qué cosa es aquello.  Si no sucede exactamente eso, después de haber sorteado con éxito la amenaza de los carroñeros y los descomponedores, después de haber logrado salir airoso a la destrucción que tantas veces ocasionan las fuerzas que actúan en la corteza terrestre, y luego de haber sido “elegido” por el destino para un sueño milenario y para volver a quedar al descubierto por alguna causa, si no lo encuentra alguien que sepa lo que es y lo recoja, sobre el fósil comenzará a actuar la erosión, la misma que lo ayudó a trasponer la barrera de los milenios o las eras, y, poco a poco, del testigo mudo de los tiempos extensos de la historia geológica de la Tierra no quedará ni tan solo un pálido esbozo.

Agradecimiento:

Expreso mi sincero agradecimiento a la bióloga Josefina Aris, por su inestimable ayuda en la determinación de los restos cuyas fotografías ilustran este artículo.

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