Qué vemos cuando vemos

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Un pequeño hongo crece cerca de un río en la Quebrada de Escoipe, Salta. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

♦ POR UNA MEJOR MIRADA DE NUESTRO DERREDOR

 ♦ “Siempre me asombra la cantidad de personas, de diferentes partes del mundo, que parecen no advertir para nada a los animales que les rodean. Para ellos, las selvas tropicales o las sabanas, o las montañas en que viven, aparentemente carecen de fauna. No ven más que un paisaje estéril. Cuando más me impresionó esto es cuando estuve en la Argentina.”

♦ Del libro Encuentro con animales, de Gerald Durrell (1958)

Las aguas de un arroyo se han congelado en un lugar remoto de la Puna argentina. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Por Elio Daniel Rodríguez

♦ Qué vemos cuando vemos un paisaje natural. Cómo procesan nuestros sentidos el sinnúmero de elementos, factores y circunstancias que se nos presentan cuando nos sumergimos en un ámbito salvaje o alterado en alguna medida por el ser humano, pero que aún conserva naturaleza. Qué logramos ver desde nuestras casas o trasladándonos al trabajo de este planeta que nos cobija y al que le somos en gran medida tan indiferentes. Al decir verdad, me animaría a decir que casi todos vemos muy poco.

Es relativamente común que la gente se interese por saber cómo estará el tiempo mañana o comente con los compañeros del trabajo o con familiares en la mesa del domingo la lluvia del día anterior, el rayo que quemó algún electrodoméstico o el granizo que se ensaño con el automóvil carente de un adecuado refugio.

Pero las observaciones del mundo a nuestro alrededor parecen quedarse casi siempre ahí. Es raro que alguien mencione un día de octubre que ya florecieron los seibos o que cuente que vio a las golondrinas recién llegadas desarrollando sus acrobáticos vuelos a la caza de insectos. Estamos verdaderamente ciegos a muchas de las cosas que la vida natural tiene para ofrecernos, incluso en el seno mismo de nuestras ciudades. O acaso, quién se pone  a pensar, cuando atraviesa la Plaza 9 de Julio, en lo hermosamente florecido que puede estar el palo borracho frente a la catedral durante algún  momento del año o en lo lindo que huelen los naranjos cuando se anuncia la primavera.

Es posible encontrar belleza hasta en las piedras tapizadas de líquenes a la orilla de un río. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

Viajando por alguna ruta en el campo, es raro que alguien aminore la marcha más que para ver los carteles indicadores al costado del camino, y la mayoría pasa por alto al carancho que devora un animal muerto en la banquina o a la tijereta que, posada en alguna rama, pone una nota de distinción en el lugar.

Cuando las serranías del este de la ciudad comienzan a verdear después de las primeras lluvias de la temporada pocos lo advierten, y de las langostas y grillos que se han ido ya de las calles de la ciudad casi nadie se acuerda. Cuántos de nosotros nos hemos preguntado últimamente cuándo fue que dejamos de apreciar el luminoso vuelo de una luciérnaga.

Tenemos ojos para muchas cosas, pero seguramente no los suficientes para algunas de las más bellas que puede mostrarnos el mundo en el que vivimos.  ¿Sucederá lo mismo en todo el mundo o será solo un problema de argentinos el que vayamos  concentrados más en las baldosas o en la pantalla del celular que en el cielo azul? Las palabras de Gerald Durrell, que anteceden este escrito, tal vez nos sirvan para reflexionar sobre el asunto.

Un pequeño hongo crece cerca de un río en la Quebrada de Escoipe, Salta. Fotografía: Elio Daniel Rodríguez.

 

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