Sarmiento y las garzas

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UNA MISIÓN POCO CONOCIDA DEL PRÓCER

Por Elio Daniel Rodríguez

En sus últimos años de vida, Domingo Faustino Sarmiento había visto intensificado su amor por la naturaleza, aunque el cuyano siempre fue una persona sensible a pesar de su aparente rudeza y el serio rostro con el que siempre es representado.

En las postrimerías del siglo XIX, la moda imponía años difíciles para ciertas aves. Sobre las garzas, y particularmente sobre la garza blanca (Ardea alba), posaron sus ojos personas interesadas en sus plumas, y fundamentalmente en las denominadas aigrettes, relacionadas con la exhibición sexual de los miembros de la especie. Se trata de unas cuarenta plumas, que poseen las barbas despeinadas y que nacen en la región dorsal; crecen en ambos sexos, pero solo en la época de reproducción.

Las plumas eran buscadas con el objeto de satisfacer la creciente demanda que las mismas habían comenzado a tener, ya que su uso constituía uno de los últimos dictados de la moda.

Los considerables precios que se pagaban por las plumas de estas aves motivaron que mucha gente se lanzara a conseguirlas para venderlas. Para ello, esperaban la época de la reproducción, con el fin de que las aves ya tuvieran desarrolladas las mencionadas aigrettes. Entonces, un número importante de personas rodeaba las lagunas y los esteros en los que nidificaban las garzas, en numerosas ocasiones de noche, e iluminándolas con faroles, repentinamente y armadas con palos, les daban muerte.

La luctuosa mercancía iba a parar muy lejos del hábitat natural de estas aves espléndidas, donde el mundo vivía el optimismo de la Belle Époque, aquel periodo de la historia que se extendió desde el final de la Guerra Franco-Prusiana, en 1871, hasta el estallido de la primera Guerra Mundial, en 1914. Por entonces, las mujeres lucían en sus sombreros y vestidos las plumas de las aves, que eran masacradas lejos de sus miradas.

Preocupado por ésta situación, el “cuyano alborotador”, pidió, a mediados de la década de 1880, ser nombrado Juez de Paz de Junín, y uno de los motivos  que esgrimió fue el de querer hacer algo para salvar a las garzas de las lagunas de ese lugar, que estaban en peligro.

El hombre, que había dedicado su vida a la espada y a la pluma, a la enseñanza y a la guerra, y que había sido maestro y presidente de la Nación, ahora se proponía, hacia el final de sus días, una misión más: la de ayudar a esas bellezas blancas que estaban siendo masacradas para adornar el vestuario de señoras distinguidas.

Las garzas desaparecieron de vastas zonas, y sólo en parte lograron recuperarse muchos años después, ya en el siglo XX, cuando la costumbre pasó de moda. Para entonces, Sarmiento ya hacía mucho que había ingresado en el panteón de los grandes próceres argentinos.

Bibliografía:

– Narosky, Tito. 1984. La garza blanca. Fauna Argentina. Fascículo n° 4. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires.

– Galván Moreno, C. 1961. Radiografía de Sarmiento. Editorial Claridad. Buenos Aires.

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