Todavía podemos cambiar el rumbo

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♦ UN DIÁLOGO ENTRE TITO NAROSKY Y ELIO DANIEL RODRIGUEZ (Parte 5)

♦ (Los textos que seguidamente se reproducen son continuación del dialogo denominado «La duda y el mañana», publicado también en Noroeste Salvaje)

NOS QUEDA UNA OPORTUNIDAD

Amigo Tito:

Recuerdo que cierta vez, una maestra de primaria, en un acto escolar, se paró frente a todos y dijo algo que me conmocionó: que en el año 2000 los robots harían el trabajo que a la gente le costaba hacer y que, de esa manera, el hombre tendría más tiempo para disfrutar de las cosas bellas de la vida.

Yo tendría unos 8 o 9 años. No lo puse en duda, pero creo que algo en las palabras de la docente me sonaron extrañas, porque las recordé siempre, tratando de ver en los datos de la realidad aquella anticipación; no lo cuestioné del todo de inmediato –era solo un niño entonces–, pero desde aquella vez busqué la exactitud o equivocación  de tal comentario en los hechos de todos los días. Me preguntaba: ¿Realmente sería así? ¿Iba yo en camino del mundo ideal? ¿Había sido elegido por el destino para vivir uno de los momentos más cómodos y satisfactorios de la historia de la humanidad?

La respuesta a mis preguntas ya me había quedado escrita, o esbozada al menos, bastante antes del momento del paso de un milenio a otro. Se veía entonces que los robots no iban a hacerles la vida mejor a los hombres sino que para muchos de ellos iban a representar una seria amenaza para el mantenimiento de sus fuentes laborales, su salario, su tranquilidad y, por ende, su alegría. No iba a haber más vacaciones, iba a haber más desocupación e ingresos más empobrecidos por la feroz competencia para llegar a puestos de trabajo cada vez en mayor medida ocupados por maquinas sin días descanso ni sueldos anuales complementarios ni huelgas. Eso se vislumbraba a fines del siglo XX, y eso iba a hacerse notorio con mayor fuerza en el siglo XXI.

Pero ¿por qué aquella maestra nos había dicho eso? Pienso que fundamentalmente por dos motivos posibles: un diagnóstico de la situación equivocado o por algo que muchas veces ocurre: la idealización de lo desconocido.

Tendemos a idealizar en cierta medida el futuro. Tengo un amigo que piensa que en unos años la ciencia encontrará una “cura” para la muerte, o por lo menos –según dice–, logrará que la gente viva 500 años, y sé de algunos que sostienen que el Cambio Climático no es inconveniente ya que la ciencia encontrará la solución. Creemos que mañana será mejor, que alguien hallará la fórmula perfecta, que los problemas de hoy en poco tiempo más dejarán de existir y que el camino será sólo ascendente en logros. Pero humildemente me inclino a pensar que caemos nuevamente en un error.

El hombre es parte de la trama que está destruyendo. Lo que le pase al mundo nos pasará a nosotros. Si hay debacle, no podremos permanecer ajenos a ella. Y todo parece indicar que marchamos a un problema de dimensiones que cuesta imaginar. Vemos el iceberg, pero no estamos torciendo el rumbo; muchos están completamente seguros que más temprano o más tarde  –o quizás justo a tiempo– nos podremos salvar.

Vivimos apiñados en ciudades cada vez más atestadas de personas. Desde el año 2008, hay más personas viviendo en sitios urbanizados que en el medio rural; este es un hecho inédito en la historia de la humanidad y ya sabemos lo que el hacinamiento produce en los seres vivos. La agudización de ciertas enfermedades infecciosas parece ser una consecuencia que, al menos en parte, tiene relación con esto.

Y ya que ha surgido este tema, es cierto que la medicina, por ejemplo, ha avanzado. Pero los problemas que hemos visto en los últimos años parecen demostrarnos que en la balanza las soluciones pesan menos que los problemas. Creo no equivocarme si digo que el impacto de una multiplicidad de agentes patógenos es una amenaza creciente, desde hace muchos años, para las poblaciones humanas.

La ciencia médica ha hecho progresos incuestionables, pero mientras escribo estas líneas, y ante un escenario nuevo como el que plantea una enfermedad producida por un coronavirus, las autoridades nos obligan a  refugiarnos en nuestras casas. Quizás suene un poco humillante en pleno siglo XXI huir de un virus, y esta situación nos pone ante el escenario de que, ante determinadas circunstancias –al menos si uno piensa que están totalmente acertados los conocimientos y estrategias de acción de quienes toman esas decisiones, lo que no todos están de acuerdo en sostener–, parece que nuestra capacidad de respuesta puede flaquear.

En este marco de situación, mientras el mundo está enfrentando algo que se ha anunciado como una  pandemia, la gente enferma, algunos mueren por la enfermedad o por causas relacionadas con la agudización del hambre en un mundo en cuarentena, millones se quedan sin poder trabajar, cientos de miles ven derrumbarse el sueño de sus vidas o lo que construyeron generación tras generación, una multitud creciente sufre depresión o angustia y el horizonte es tan absolutamente incierto que da temor.

Lo que sea que nos ha puesto ante este desafío nos obliga a actuar y quizás también nos mueva a pensar. Es difícil para el hombre cambiar su esencia. Su espíritu –¿instinto?– de dominación lo ha llevado a habitar los más diminutos rincones del planeta y a cambiarlo, pero en ese espíritu de dominación puede estar también la clave de su propia autodestrucción.

¿Hay entonces lugar para la esperanza o no? Siempre hay lugar, por supuesto; y de eso se trata la esperanza.  Pero para ver el futuro con esperanza pienso que las cosas deberían empezar a cambiar y para ello es condición indispensable que el hombre mismo cambie. Las soluciones no van a venir solas ni en manos de la dirigencia política.

Cambiar es difícil pero no imposible. Su espíritu de dominación, ha llevado a los seres humanos a imponerse en el mundo y transformarlo a su antojo y de acuerdo a sus conveniencias, pero si no sabemos domeñar esa parte constitutiva de nuestro ser, seguiremos pagando consecuencias muy importantes y cada vez más difíciles de afrontar. Las mismas herramientas que nos posicionaron como “amos y señores de la Creación” hoy son, tal vez, nuestra mayor amenaza. Porque no fuimos moldeados por la evolución tanto para el disfrute de la vida como para la acumulación material; no tanto para la vida como para la dominación. Si entre otras cosas no nos damos cuenta de que debemos vivir más que dominar y que debemos disfrutar más que acumular, el destino será tarde o temprano oscuro.

Lo bueno es que todavía tenemos tiempo; que podemos cambiar aunque sea difícil. Que podemos hacer de este planeta un paraíso para nuestras cortas vidas y para las vidas de otros que vendrán después de nosotros. No está todo perdido aún, aunque ya hemos perdido bastante. Y por ello, no debemos dejar pasar más tiempo, ni permitir que más especies especies se vayan sin remedio, ni que el mundo se convierta, cada vez más, en un lugar extraño.

Elio Daniel Rodríguez, 27 de julio de 2020.

NO ESTÁ MUERTO QUIEN PELEA

Querido Daniel:

Aunque la frase “no está muerto quien pelea” está pensada para el hombre, la tomaré prestada para referirme a la naturaleza, para plantas y animales, a los que di por derrotados en mi última nota, influido seguramente por el historiador Yuval Harari, en su obra “De animales a dioses”. Me dejé convencer, aunque siempre luché contra la idea popularizada por nuestros libros más sagrados, de que somos a imagen y semejanza de una divinidad, de modo que generosamente y sin un dejo de humildad, nos convertimos en semidioses. Nunca lo creí, pero caí en brazos de una hipótesis que nos halaga.

Hoy escribo encerrado en mi departamento, acobardado por la presencia en la calle de un ente invisible, una insignificancia que ni siquiera merece el título de ser vivo, que se ha adueñado del mundo, y frente al cual, por el momento, estamos reducidos al conteo de los enfermos y muertos que produce, y a calcular la caída de nuestra economía. Y espero que también la de nuestro orgullo. ¡Así que aquella cacareada omnipotencia está enfrentando una zoonosis, como le ocurre, de tanto en tanto, a vacas, cerdos o gallinas! Perdón, no debería decir zoonosis sino pandemia, pues aquel término está reservado a los animales, y nosotros no lo somos. ¿No lo somos? Creo que el Covid 19 no se enteró y nos habló más, acerca de nuestro verdadero lugar en el plan de la vida, que los más afamados filósofos. Hizo caso omiso de nuestra excepcional inteligencia, de nuestra acendrada espiritualidad, de esa condición de soberanos supremos en el orbe, en el que solo por casualidad o por un divertimiento de los dioses, nos parecemos tanto a un chimpancé. ¿O es que este ser inferior trata de imitarnos? Esta ironía intenta, simplemente, reubicarnos en el lugar de primates que nos corresponde y desde allí observar nuestro desarrollo como especie, nuestras singularidades y las irrenunciables  características biológicas y psíquicas. Tras ese inevitable baño de humildad, despojados de los títulos auto-conferidos que nos separan del resto de los seres vivos, recién entonces podremos analizar nuestro destino de animales inteligentes, inventores de armas que pusieron de rodillas a elefantes o rinocerontes, por ejemplo, pero que no pudieron con misérrimos virus.

Partamos de que la vida es una. Por el momento ni siquiera conocemos que exista, aunque es muy probable alguna forma parecida en otros lugares del universo infinito (perdón señores matemáticos). De modo que por lo que sabemos, pertenecemos a una comunidad muy reducida, contra la que embestimos ciegamente. La vida es un extraordinario milagro y todas sus formas tienen, de acuerdo a mi humilde concepción, valor moral equivalente. Asesinamos sin castigo, esclavizamos sin remordimiento, cosificamos plantas y animales como si solo nosotros mereceríamos existir.  La única justificación sería el derecho inalienable al alimento, a nuestra subsistencia como especie. Pero aquí entra en juego la demografía. Miles de millones de individuos de una sola especie de primates es un verdadero despropósito natural. Pero es que nosotros, temibles guerreros, le venimos ganando la partida a la naturaleza. ¿La pandemia será acaso un intento de contraofensiva? No lo creo, porque supongo que nuestro rival, el mismo que nos alimenta, no usa un equivalente de la inteligencia.

Más de una vez se me ocurrió pensar si otra especie, por caso ratas, o para evitar dolorosas comparaciones digamos leones, gobernasen la Tierra, sometiendo a las demás formas. Incluso, sojuzgando a un grupo de antropoides muy inteligentes pero incapaces de enfrentar el orden mundial. ¿Qué ocurriría? Pues supongo que lo mismo. Ratas o leones se multiplicarían exponencialmente, se alimentarían de cuanto existiese, matarían  o esclavizarían a sus rivales. Es probable que no construyeran ciudades ni aparatos para vuelos interplanetarios, pero tal vez no los necesitasen. La pregunta que me hago es si actuarían moralmente de algún modo diferente. Si cuidarían el entorno, si respetarían el ambiente en el que viven. Si no estarían, como nosotros, enfermos de especismo. Pues creo que no harían nada muy diferente, y esa es probablemente la mejor coartada que tiene el hombre, que no puede escapar a su condición; que su inteligencia no alcanza, mayoritariamente, para entender que el daño que le hacemos al entorno, nos lo estamos infringiendo al mismo tiempo a nosotros.

Pero a las ratas o a los leones, sería inútil que les escribiésemos alegatos, apelando, en última instancia, a su capacidad intelectual. No nos entenderían. Genéticamente están imposibilitados de hacerlo. Nosotros no. Espero entonces que el mismo virus que reduce nuestra economía, u otro, incremente al mismo tiempo nuestra sensibilidad. Nos dé una lección inolvidable.

Esa es mi última esperanza.

Tito Narosky, 29 de julio de 2020.

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