Un viaje de adolescencia

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SALGO DE LA PROVINCIA: MIS TÍOS

Por Martín R. de la Peña

Mis padres eran docentes y nuestra familia contaba y cuenta con varios maestros. Lo eran de vocación y en consecuencia nunca se angustiaron por ser llamados a ejercer en lugares que por alejados les permitían enseñar a gente casi marginada de la civilización.

Para mí, tal vez con un criterio un poco egoísta, era una felicidad tener familiares lejos de casa. Venía como anillo al dedo para mi espíritu aventurero, y ello me permitió conocer muchos lugares del país que posiblemente hubieran interesado muy poco a una gran mayoría, pero que resultaron ideales para mis intenciones y forma de vida.

Otras  gentes, paisajes y costumbres; tierras vírgenes con plantas y animales que hasta  entonces me eran desconocidos, a no ser por fotos o referencias, eran poderosos atractivos para mis ansias de aventuras. Felizmente, los parientes ausentes fueron siempre generosos para las invitaciones y mis padres nunca opusieron sus temores a los viajes.

Varias tías, maestras, entre ellas “Meche” y “Chichina” siempre me regalaban libros con cuentos de animales. Otra de ellas, Irma, fue a desempeñarse en Pozo del Tigre, una modesta localidad en el centro de la provincia de Formosa. Su hermana Beatriz, decidió visitarla y en la necesidad de compañía, fui el feliz elegido.

Lógicamente, no conocía aquellos lugares y la posibilidad de llegar hasta ellos me fascinaba. Mucho antes de partir tenía preparada mi valija, mientras la imaginación volaba en busca de lo que podría encontrar por aquellas soledades.

En algún momento pensé que el viaje no se concretaría. Si bien era firme la voluntad de Beatriz por ver a Irma, eran sabidas las dificultades que por aquel año 1956 significaban los malos caminos y los deficitarios medios de transporte. Yo no admitía inconvenientes: mi preocupación era que el viaje finalmente se concretara. Vivía entonces sacando cuentas de las horas que faltaban para emprender la marcha.

Un día partimos, para poner fin a mis angustias. Lo hicimos desde  Santa Fe; en un tren de irritante lentitud, que paró sistemáticamente en todas las estaciones de la línea a Resistencia. Llegamos a la capital chaqueña, y tomamos un colectivo que por caminos de tierra nos llevaría hasta la ciudad de Formosa. Con él, por terrenos polvorientos, cruzamos montes y palmares; después el río Bermejo en un viejo lanchón.

Aunque el destartalado ómnibus, por los ruidos de su motor y carrocería, prometía dejarnos varados en cualquier momento, el viaje era entretenido. Por lo pronto, no sólo personas conformaban el pasaje, sino  también gallinas y otras aves. Además era vehículo aprovisionador de numerosos almacenes que surgían a la vista –a veces de improviso– entre las arboledas; y también servía como correo, para acercar correspondencia a destino.

El colectivero era  un personaje singular para mí, aunque pudiera ser común para otros. En cada parada de las muchas que atormentaban a los viajeros, aprovechaba para conversar con la gente. Se interesaba por la salud de sus semejantes y dejaba mensajes para parientes, amigos o apenas conocidos.

El calor dentro del viejo rodado era a ratos insoportable y como subían más pasajeros de los que bajaban, el hacinamiento era cada vez mayor. Yo permanecía silencioso, mientras mi tía Beatriz se apantallaba con un viejo abanico, reliquia de familia, rezongando a ritmo de rezo por tono y continuidad.

Entre tantas paradas, cargas y descargas, mensajes, conversaciones y buenos deseos, fue corriendo el tiempo y llegamos tardísimo a Formosa. Pernoctamos en un hotel de galerías con arcadas que daban a un patio con palmeras, semejante a los vistos en las películas de misterio filmadas en Marruecos. Al día siguiente reemprendimos la marcha en un tren que, con destino final Salta, nos iba a dejar en Pozo del Tigre.

Nuestro deseo de llegar tornaba a esta etapa en una lentitud agobiadora. El tren estaba formado por viejos y chirriantes vagones que resultaban sumamente incómodos, pero era el único medio de transporte seguro de la zona, ya que los caminos de tierra eran malos y, por sus desniveles, hasta las garúas los dejaban intransitables. Había que aceptar pues aquel tren, como lo hicieron por años todas aquellas personas que completaban el pasaje cada vez que se ponía en marcha.

En el trayecto  seguíamos mi tía y yo, de sorpresa en sorpresa. En cada estación, subían mercachifles de todas las edades, hombres, mujeres y niños, ofreciendo la más variada línea de mercaderías: empanadas, pan, tortas, chipá, zapallos, corderos, chivitos y hasta pequeñas jaulitas con pájaros y animales.

Incluso el agua se vendía en aquel tren de mi inolvidable juventud. Los rostros curtidos de aquellas gentes, iban y venían por los atestados vagones con olla y cucharón, ofreciendo un vaso del líquido a un peso de aquel entonces y con el agregado de limón, costaba un poco más.

Por momentos el viaje era realmente una pesadilla. Por eso respiramos hondo cuando se nos dio el aviso de una llegada y vimos al cartel indicador con el esperado “Pozo del Tigre”. Nuestra alegría fue enorme al ver a Irma y su esposo, que, con rostros sonrientes, agitaban sus manos en señal de bienvenida. Pareció eterno el abrazo de las dos hermanas y fue jubiloso el saludo que di a quienes serían nuestros anfitriones.

El intercambio de noticias entre Irma y Beatriz fue inmediato, como  comienzo de una charla que se haría permanente. La bonhomía y buena disposición de mi tío, al que llamábamos Tito, se puso en evidencia de inmediato; satisfizo todas mis ansias de conocer y para ellos me llevó por los montes diariamente, poblados por muchísimos animales y sonorizado por vaya a saber cuántas especies de aves. Fauna y flora eran lujuriosas en aquellos parajes que uno creía alejados de la mano de Dios.

En esos días había aparecido en Pozo del Tigre un hombre que cumplía la triste misión de cazar animales para los zoológicos y circos. Vi en su poder pumas, tapires, pecaríes, yacarés, gatos monteses y una infinidad de aves que habían perdido su libertad.

Sentí tristeza por los cautivos. Ya entonces experimenté pena de ver aquellos seres creados para saltar y correr en generosa despliegue por los montes, selvas y  campos, atados, soga en cuello o encerrados en pequeñas jaulas que les impedían mínimos movimientos. Era el triste triunfo del hombre, nacido para cuidarlos, y que vencía sobre ellos sojuzgándolos. Quizás todos esos animales terminaron sus vidas bien alimentados, pero llegaron a la muerte privados del mejor don: ser libres y moverse a voluntad por los ilimitados predios que les regaló la naturaleza, la madre generosa de la creación.

Habían dejado de ser dueños de sus destinos, pasando al cautiverio. Fueron robados de sus ambientes para ser convertidos en piezas de exposición para entretenimiento del hombre de la ciudad.

Sin dudas, un triste destino que impone una crítica dura para el amo y señor, el hombre, que no supo, que no sabe administrar los bienes que el Supremo le cedió como dote al darle la vida. Es por el despilfarro tan poco inteligente y egoísta de lo que fue abundante y parecía interminable, que muchas especies de animales desaparecieron y otras desaparecerán.

Es doloroso saber que nuestra juventud sólo pueda conocer algunas especies visitando un zoológico o un museo. Es lamentable ver cuando algún irresponsable caza por el simple placer de matar o por negocio y posa orgulloso y desvergonzadamente junto a la presa con el arma que utilizó. Es un crimen que nunca recibe el castigo que merece.

Aquello de que “nuestros derechos terminan donde empiezan los de los demás” debe regir también la relación hombre-animal, aunque estos no tengan oportunidad de protesta. Nuestros descendientes tendrían entonces la oportunidad de gozar de las magnificencias de la naturaleza como gozaron nuestros antepasados y parcialmente nosotros.

Tras esa protesta, que muchas veces me hacen repetir los simples recuerdos, rememoro una visita que con Tito hicimos a los aborígenes de la zona. Visitamos las tribus de matacos y de los pilagáes, que casi en la indigencia, vivían en las cercanías del poblado. Ofrecían realizar algunos trabajos, vendían leña y mostraban sus habilidades en manualidades que casi regalaban a los interesados, por un precio no acorde con sus esfuerzos.

Con ellos cambiamos algunas palabras. Pero resultaba difícil entendernos, por mayor que fuera nuestra atención y voluntad para hacerlo. Recuerdo a un niño que parecía intentaba –quizás fue ilusión– darme un mensaje especial.

Así pasaron aquellos días en Pozo del Tigre, asistiendo a la vida dura y sacrificada de muchos, pero también a la generosidad de la naturaleza. Este viaje tuvo sabor a aventura y me dejó muchas enseñanzas.

El regreso a nuestra casa fue similar al viaje de ida. También puso a prueba nuestra paciencia, sobre todo la de mi querida tía Beatriz, que generalmente presentaba “al mal tiempo, buena cara”; algunas veces un rezongo, pero nunca el desánimo.

 

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